Capítulo 5 CAPÍTULO 5: AMENAZA

Serena

Mi cabeza no deja de dar vueltas alrededor de todo lo que ha pasado. Se siente como un mal sueño del que no consigo despertar. Mi esposo me engañó durante todo este tiempo y, para empeorar las cosas, descubro que también me ha estado robando a mí y a mi familia.

Y luego está el accidente, que cada vez parece menos un accidente.

Las lágrimas vuelven a correr por mis mejillas cuando imagino que Austin realmente quiere verme muerta. Prefiere eliminarme antes que enfrentar las consecuencias de todo lo que ha hecho. El hombre que amaba es un monstruo.

Y ese hermano... Ese extraño y misterioso hombre que apareció de pronto y que todavía no sé si es una especie de ángel guardián o un verdugo mucho peor que el hombre con quien compartía la cama.

Suspiro. Apenas consigo dormir durante la noche. Entre el dolor que todavía recorre mi cuerpo y todos los pensamientos que se amontonan en mi cabeza, descansar resulta imposible. Ahora el sol comienza a asomarse en el horizonte y las noticias hablan del accidente que sufrí.

Veo las imágenes del automóvil destrozado, prácticamente reducido a cenizas, y todavía no consigo entender cómo pude salir viva de ahí.

Pero hay algo extraño. Los periodistas no confirman mi identidad. Siguen diciendo que no se sabe quién es la víctima y que permanece hospitalizada, debatiéndose entre la vida y la muerte.

¿Eso será obra de Damian? Él dijo que podía hacerlo, pero todavía me cuesta creer que realmente tenga tanto poder.

Intento ponerme de pie para ir al baño y, apenas apoyo los pies, una punzada de dolor me atraviesa el vientre.

—¡Señorita! ¡No se levante!

Una enfermera entra casi corriendo al verme.

—Quiero ir al baño.

—Está demasiado delicada. Todavía no puede caminar sola. Yo la ayudaré.

Después de que la enfermera me ayuda, regreso a la cama y espero a que salga de la habitación. Entonces saco la carpeta con las condiciones del acuerdo que Damian me dejó.

Solo pensar en él hace que mi estómago se tense. Abro el documento y empiezo a leer. La primera cláusula ya me incomoda.

«La cónyuge se compromete a colaborar con el señor Damian Blackwood en todo aquello que resulte necesario para el cumplimiento de sus objetivos.»

Frunzo el ceño y paso la página.

«La cónyuge acepta participar en un matrimonio real, asumiendo todos los deberes, derechos y obligaciones inherentes a la condición de esposa.»

Me quedo mirando esa parte durante varios segundos.

«La cónyuge no podrá mantener relaciones sentimentales o sexuales con terceros mientras permanezca vigente el presente contrato.»

Abro los ojos de par en par.

—¿Qué demonios...? —sigo leyendo.

«La cónyuge deberá desempeñar plenamente el papel de esposa del señor Damian Blackwood, tanto en el ámbito público como en el privado.»

Siento que las mejillas me arden, y entonces llego a una de las últimas condiciones.

«La cónyuge no tendrá derecho alguno sobre la fortuna personal del señor Blackwood.»

Bien. Al menos eso me deja claro que no pretende comprarme con dinero, pero la siguiente cláusula hace que se me corte la respiración.

«No se permitirá la concepción de hijos durante la vigencia del contrato. En caso de embarazo, la cónyuge deberá interrumpirlo.»

Mi mano tiembla sobre el papel.

—¿Qué?

Vuelvo a leerlo, convencida de que lo entendí mal. No, eso es exactamente lo que dice.

—Está loco si piensa que voy a acostarme con él —murmuro para mí misma.

Cierro la carpeta de golpe. No. Ni loca firmaría esto. Aceptar sería como condenarme a otra sentencia de muerte. Al menos a Austin lo amaba, entregué mi vida a ese hombre porque creía conocerlo. Pero Damian... No sé absolutamente nada de él ni de qué es capaz.

No sé cuáles son sus verdaderas intenciones y mucho menos sé qué clase de hombre se esconde detrás de esa máscara.

Vuelvo a guardar la carpeta en el cajón donde estaba y paso el resto del día prácticamente sin probar bocado. Todo permanece tranquilo, pero eso cambia cuando cae la noche.

Me doy cuenta porque una enfermera deja la puerta de mi habitación semiabierta y puedo ver parte del pasillo desde la cama.

Al principio no le doy importancia. Hasta que veo a uno de los hombres de seguridad de Austin en la recepción.

Siento que el alma me abandona el cuerpo. Me levanto como puedo y me apoyo en el marco de la puerta.

—Estoy buscando a esta mujer. ¿Está aquí? —pregunta el hombre.

—No lo sé, señor. ¿Cuál es su nombre?

—Serena Caldwell.

Mi corazón se dispara. No puede ser. ¿Realmente me están buscando?

Sacudo la cabeza.

—Relájate, Serena. Tal vez solo quiere saber si estás bien —susurro, aunque ni siquiera yo consigo creerlo.

La chica de la recepción le explica que tal vez podría ser la mujer que llegó la noche anterior, aquella de la que nadie sabe nada.

El hombre le pide algo y ella se aleja durante unos segundos. Entonces lo veo caminar directamente hacia mi habitación.

El pánico y la adrenalina me obligan a reaccionar, me escondo detrás de los parantes de la habitación justo cuando él entra, es ahí cuando noto la jeringa.

Se me hiela la sangre. No, esto es una pesadilla… vino a matarme. Realmente vinieron a terminar el trabajo. Austin... Austin me quiere muerta.

Retrocedo un paso, pero cometo el error de golpear una silla. El ruido hace que el hombre se gire inmediatamente y sus ojos encuentran los míos.

Me quedo paralizada. Camina hacia mí mientras una sonrisa maquiavélica se dibuja lentamente en su rostro.

—Ahí estás —canturrea.

—No, por favor... Austin es mi esposo. Él nunca haría algo así. Por favor...

Mi voz se quiebra mientras retrocedo, pero él no responde, continúa avanzando. Cierro los ojos, convencida de que este será mi final.

Entonces escucho un golpe seco. Abro los ojos justo a tiempo para ver a un hombre desconocido abalanzarse sobre él.

—¡Señorita, corra! ¡Corre!

Salgo de la habitación como puedo, aunque el dolor me atraviesa con cada paso. Las lágrimas me nublan la vista mientras corro por el pasillo.

Algunos pacientes me miran con extrañeza, pero no me importa, solo quiero salir de aquí.

Corro sin saber siquiera hacia dónde voy, buscando a alguien que pueda ayudarme. Cuando alcanzo la misma calle por la que entran y salen los vehículos del hospital, alguien me toma por la espalda.

Pego un grito, pero antes de que pueda defenderme, una mano firme me gira y un brazo se cierra alrededor de mi cintura, pegándome contra un cuerpo sólido.

—Tranquila. Soy yo.

Levanto la mirada y vuelvo a encontrarme con él… Damian Blackwell. Por un instante olvido incluso cómo respirar.

Su máscara continúa cubriendo la mitad de su rostro. La otra mitad permanece impasible, fría, mientras sus ojos recorren rápidamente los alrededores, buscando cualquier amenaza.

Su brazo sigue rodeándome la cintura, como si estuviera completamente convencido de que nadie volverá a tocarme mientras él esté ahí.

—Ya estás a salvo. Vamos.

No hay ternura en su voz, simplemente lo dice como una orden. Y, por alguna razón, le creo. Antes de que pueda protestar, Damian se inclina y me levanta en brazos.

Un brazo pasa por debajo de mis piernas y el otro sostiene mi espalda con una facilidad que me deja sin palabras. Mi cuerpo choca con su pecho.

Puedo sentir la firmeza de sus músculos incluso a través de la ropa. El olor de su perfume me envuelve y, por un instante, mi mente deja de pensar en Austin, en la jeringa y en el hombre que acaba de intentar matarme. Solo puedo sentir los brazos de Damian alrededor de mí.

Su mandíbula permanece tensa y sus ojos están fijos al frente. Ni siquiera parece afectado por mi peso ni por la desesperación con la que me aferro a su ropa.

—Damian...

Es lo único que consigo murmurar. Él baja la mirada hacia mí durante un segundo.

—No hables.

Su tono es bajo, firme. Vuelve a caminar, me lleva hasta el automóvil sin apresurarse, como si tuviera todo bajo control. Abre la puerta y me acomoda en el asiento antes de cerrarla.

Segundos después, se sienta detrás del volante y el motor ruge. Damian arranca a toda velocidad y se aleja del hospital rumbo a un lugar que desconozco.

Las lágrimas continúan corriendo por mis mejillas mientras miro por la ventana. Ahora lo entiendo. Mi única alternativa es aceptar la propuesta de este hombre. Si no lo hago, será cuestión de tiempo para que Austin consiga lo que quiere.


Casi una hora después llegamos a una mansión en las afueras de Nueva York. He fingido dormir durante todo el trayecto para no tener que responder las preguntas de Damian.

El automóvil se detiene, escucho cómo abre su puerta y rodea el vehículo. Unos segundos después, abre la mía.

—Abre los ojos, preciosa. Llegamos.

Su mano aparece frente a mí. Grande, firme. La miro durante unos segundos y mi corazón vuelve a palpitar como loco, pero termino colocando mi mano sobre la suya.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos y me ayuda a bajar. Cuando entramos, un grupo de sirvientes aparece inmediatamente.

—Llévenla arriba y llamen al doctor Kirck.

—Sí, señor.

Volteo hacia Damian. Por un instante quiero decirle que no sé si puedo confiar en él, pero solo consigo hablar en un hilo de voz.

—Gra... gracias.

Damian baja la mirada hacia mí.

Su expresión es de hielo. No hay una sonrisa ni amabilidad, solo esa mirada oscura que parece atravesarme.

—No me agradezcas. Ahora tienes una deuda conmigo, preciosa.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo