Capítulo 6 CAPÍTULO 6: CAUTIVA

Serena

Despertar en una cama desconocida empieza a convertirse en una costumbre que detesto.

Abro los ojos despacio y me quedo mirando el techo durante unos segundos, intentando recordar dónde estoy. Entonces siento una punzada en el vientre y otra en las costillas que me obliga a apretar los dientes.

Todo vuelve a mi cabeza de golpe: el hombre de la jeringa, la huida desesperada por los pasillos del hospital y los brazos de Damian rodeándome mientras me sacaba de allí.

Me llevo una mano a la frente y suspiro. No sé qué habría pasado si él no hubiera aparecido, pero prefiero no imaginarlo.

Lo que sí sé es que ahora estoy en su casa, bajo su protección y, según sus propias palabras, tengo una deuda con él.

Una deuda que todavía no he aceptado pagar.

Con esfuerzo, me incorporo y descubro que alguien ha dejado varias prendas sobre un sillón. No son mías. Me acerco despacio y encuentro una nota encima.

Póntelas. Te espero abajo.

Ni siquiera firma, pero eso no es necesario.

—Mandón de mierda —murmuro.

Reviso la ropa. Hay unos pantalones negros de tela suave y una blusa color vino, además de ropa interior nueva. Al menos alguien tuvo la consideración de pensar en eso. Me visto con cuidado, procurando no hacer movimientos bruscos, y me miro en el espejo.

Tengo mejor aspecto que ayer, aunque las marcas del accidente siguen ahí. Me recojo el cabello y respiro hondo antes de salir.

Si voy a compartir el mismo techo con Damian Blackwell, necesito dejarle claro que no pienso convertirme en una muñeca a la que pueda dar órdenes.

El problema es que, cuando llego al comedor, él está sentado a la cabecera de una mesa que parece preparada para alimentar a un ejército.

Hay frutas cortadas, pan recién hecho, mantequilla, tocino, huevos, miel, mermeladas, varios tipos de queso, té y jarras de jugo. El aroma me recuerda que prácticamente no he comido desde el accidente.

Mi estómago ruge.

Damian levanta la mirada de su teléfono. Lleva una camisa negra con las mangas dobladas hasta los antebrazos y los primeros botones abiertos. Su cabello está ligeramente húmedo, como si acabara de ducharse.

Maldita sea. ¿Por qué tiene que verse así a estas horas de la mañana?

Sus ojos recorren mi ropa antes de detenerse en mi rostro.

—Siéntate. —Hace un gesto hacia la silla que tiene al lado.

Yo decido ignorarlo y camino hacia el extremo opuesto de la mesa. Apenas estoy a punto de apartar la silla cuando su voz me detiene.

—No ahí.

Me vuelvo hacia él.

—¿Perdón?

Damian deja el teléfono sobre la mesa y me mira con una tranquilidad que me irrita todavía más que si estuviera gritándome.

—Aquí, Serena.

Señala la silla a su lado.

—Hay más de diez sillas en esta mesa.

—Y yo te he pedido que te sientes en esa.

Lo observo, esperando que añada algo más, pero se limita a sostenerme la mirada. Ni siquiera parece considerar la posibilidad de que me niegue. Aprieto los labios.

No pienso discutir con un hombre que parece disfrutar cada vez que consigue salirse con la suya. Además, me duele demasiado el cuerpo como para convertir el desayuno en una batalla.

Me acerco y ocupo la silla que me señala, dejando una distancia prudente entre nosotros.

Damian vuelve a tomar su teléfono, como si el asunto hubiera quedado resuelto. Lo odio un poco por eso.

También odio que el simple hecho de estar sentado a su lado me haga tan consciente de su presencia. Es demasiado grande, demasiado seguro de sí mismo. Incluso en silencio consigue que parezca que todo el comedor le pertenece.

Miro la comida. Quiero servirme un poco de todo, pero me contengo.

—¿Qué es todo esto?

—El desayuno.

Lo miro de reojo.

—Sé reconocer un desayuno.

—Entonces no entiendo la pregunta.

Respiro hondo. Voy a necesitar mucha paciencia para soportarlo.

—Todavía no he aceptado firmar nada. No tengo por qué estar aquí.

Damian deja el teléfono y se vuelve hacia mí.

—No eres mi prisionera, Serena. Puedes marcharte cuando quieras. —Por un instante, siento alivio. Hasta que añade—: pero si decides hacerlo, estarás por tu cuenta.

La tranquilidad desaparece de inmediato.

Bajo la mirada hacia mis manos. No necesito que me recuerde lo que ocurrió anoche. Todavía puedo escuchar la voz de aquel hombre diciéndome que corriera.

—¿Qué quisiste decir con que estoy en deuda contigo?

Damian toma un trozo de pan, lo unta con mantequilla y se lo lleva a la boca. Mastica sin prisa antes de responder, como si mi pregunta no tuviera ninguna urgencia.

—Me debes la vida. —Se limpia los dedos con una servilleta—. Dos veces, para ser exactos.

Lo miro, desconcertada.

—¿Dos veces?

—La primera fue en el accidente. La segunda, anoche.

—¿Y qué significa eso? ¿Qué debo aceptar tu absurdo trato porque me salvaste?

Damian gira el rostro hacia mí. Sus ojos se detienen en los míos y, durante un instante, tengo la incómoda sensación de que puede ver todo lo que intento esconder.

—No. Significa que sigues viva para poder tomar una decisión.

Su respuesta me desarma lo suficiente para que tarde en contestar.

—Entonces, ¿por qué insistes tanto en que me case contigo?

—Porque en el fondo sabes que quieres vengarte de Austin.

Mi garganta se cierra.

Quiero negarlo. Quiero decirle que no me importa lo que Austin haga, que no quiero volver a verlo y que lo único que deseo es alejarme de todo esto, pero las palabras no salen.

Una parte de mí sigue aferrada al hombre que creía conocer. La otra recuerda las mentiras, el dinero robado y la posibilidad de que hubiera preferido verme muerta antes que perderlo todo. El dolor me oprime el pecho.

Damian no intenta consolarme. No me ofrece palabras amables ni finge comprender lo que siento. Se limita a observarme durante unos segundos y después empuja hacia mí una cesta de pan.

—Come. Necesito que te recuperes.

—¿Necesitas?

—No pienso perder el tiempo cuidando a una mujer que se desmaya cada vez que intenta caminar.

Abro la boca, indignada.

—¡No me desmayé!

Una de sus cejas se alza ligeramente.

—Todavía.

Lo miro con ganas de arrojarle el pan a la cabeza. Él, en cambio, se levanta, se acomoda los puños de la camisa y recoge su teléfono.

—Come todo lo que puedas. El doctor vendrá a revisarte.

—¿Eso es todo?

Damian se detiene detrás de mi silla. Por un momento, creo que va a decir algo más, pero solo baja la mirada hacia mí.

—Por ahora.

Su mano roza el respaldo de mi silla cuando se inclina lo justo para que su voz llegue únicamente a mis oídos.

—Y no vuelvas a levantarte sola si te duele el cuerpo. No tengo intención de llevarte otra vez en brazos por toda la casa.

Se incorpora antes de que pueda responder y se marcha. Me quedo mirando el lugar por donde desaparece.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo