Capítulo 1 Él, Con Mi Hermana?

La habitación del hotel olía a sexo y a perfume caro.

Jamsel tenía a Mariana contra el ventanal. La ciudad brillaba a sus espaldas, pero ninguno de los dos miraba hacia afuera. Él la sostenía por las caderas con un ritmo lento, profundo, casi deliberado. Ella gemía bajito contra su cuello, las uñas clavadas en su espalda a través de la camisa.

—Más despacio —susurró Mariana—. Quiero sentirte.

Él obedeció. Redujo la velocidad, pero cada embestida fue más intensa. Su mano subió por la espalda desnuda de ella hasta enredarse en su cabello rojizo. La besó con una urgencia que yo nunca había recibido en casi un año de matrimonio. Mariana respondió con la misma hambre, como si llevaran meses esperando ese momento exacto.

Cuando terminaron, se quedaron apoyados contra el cristal, respirando agitados. Jamsel apoyó la frente en el hombro de ella durante unos segundos.

—Tengo que irme —dijo en voz baja.

—Lo sé.

Mariana se acomodó el vestido con calma. No había prisa en sus gestos. Sabía exactamente lo que era: el secreto, el riesgo, el privilegio de ser la elegida aunque no llevara el anillo.

Jamsel se abrochó la camisa mirándola.

—Esta noche hay cena con tus padres. No llegues tarde.

Ella sonrió, esa sonrisa pequeña y peligrosa que solo le dedicaba a él.

—Nunca llego tarde cuando se trata de fingir.

Yo no debía haber abierto esa puerta.

El mensaje anónimo había llegado a las once de la noche. Solo una dirección y una hora. El hotel más exclusivo de la ciudad. Penthouse del último piso. Sin nombre. Sin número visible. Subí en el ascensor privado con el corazón latiéndome en la garganta. Cada piso que subía se sentía como una decisión que no podía deshacer.

La puerta estaba entreabierta. Escuché primero los gemidos. Bajos. Húmedos. Inconfundibles. Empujé con la yema de los dedos.

Los vi el tiempo suficiente para entenderlo todo. No necesité más detalles. El sonido de piel contra piel, la forma en que él le hablaba al oído, la manera en que ella arqueaba la espalda y echaba la cabeza hacia atrás… fue suficiente. Vi cómo sus manos la sostenían con una familiaridad que nunca había usado conmigo. Vi cómo ella le devolvía cada movimiento con una confianza que solo se tiene cuando algo se ha repetido muchas veces.

Cerré la puerta con el mismo silencio con el que la había abierto. Bajé por el ascensor como si nada hubiera pasado. En el lobby nadie me miró. Nadie sabía que acababa de ver a mi esposo con mi hermana.

En el auto, de regreso, me obligué a no llorar. Las lágrimas se me habían secado en la garganta. Solo sentí un frío preciso, como cuando firmas un documento sabiendo que estás firmando el final de algo. El conductor no preguntó nada. Yo tampoco hablé. Miré por la ventana las luces de la ciudad y pensé en todo lo que había entregado.

Mi apellido. Mi firma en aquel contrato de negocios. Mi cuerpo en la cama nupcial. Mi corazón, estúpido y esperanzado, creyendo que algún día Jamsel podría mirarme como yo lo miraba a él.

Llegué al apartamento. Nuestra casa. La de cristal y mármol que compartíamos desde la boda. Las luces estaban apagadas. Jamsel todavía no había vuelto. Seguramente seguía en esa habitación, limpiándose el rastro de mi hermana de la piel.

Me quité los zapatos y caminé descalza hasta el ventanal del salón. La ciudad brillaba abajo, indiferente. Apoyé la frente contra el cristal y dejé que las imágenes me golpearan una y otra vez.

Recordé la primera vez que supe que lo amaba.

Había sido seis meses antes de la boda. Una cena de negocios interminable. Cuando por fin terminó, él se quitó la corbata, se arremangó la camisa y pidió una botella de vino barato. Me habló durante horas de cosas que no tenían nada que ver con acciones ni contratos. De un viaje que hizo solo a los veintidós años por la costa de Portugal. De un perro labrador que tuvo de niño y que se llamaba Simón. De lo mucho que odiaba las corbatas y las sonrisas obligatorias. Yo lo escuché en silencio, y de pronto entendí que el hombre detrás del CEO era alguien a quien podía querer de verdad. El contrato ya estaba sobre la mesa. Los abogados ya habían discutido cada cláusula. Yo lo firmé igual. No por obligación. Porque creí que el amor podía crecer dentro de un documento si ambas partes ponían de su parte.

Qué estúpida había sido.

Saqué el teléfono. Busqué el contacto de Alejandro Vargas, el abogado de la familia. El mismo que había revisado el prenupcial. El mismo que sabía exactamente cuánto valía cada acción, cada propiedad, cada cláusula. Marqué.

Sonó cuatro veces antes de que contestara. Su voz era ronca, todavía medio dormida.

—¿Valeria? Son las tres y media de la mañana…

—Lo sé. Discúlpame por la hora, Alejandro. No habría llamado si no fuera urgente.

Hubo un silencio breve. Escuché el crujido de sábanas y el clic de una lámpara al encenderse.

—Habla. Estoy escuchando.

Me senté en el borde del sofá de cuero blanco. Las piernas me temblaban un poco, pero la voz me salió clara.

—Necesito que tramites el divorcio. Lo antes posible. Quiero que prepares todos los papeles esta misma mañana. Separación de bienes según el prenupcial. No voy a pelear por nada que no me corresponda, pero tampoco voy a dejar que me quiten lo mío. Y quiero que nadie se entere hasta que los documentos estén listos para firmar.

Alejandro tardó un segundo en responder.

—¿Estás segura? Puedes esperar unas horas, pensarlo con la cabeza fría…

—Estoy segura. Lo vi con mis propios ojos. No necesito más pruebas. Solo necesito que actúes rápido y en silencio.

—Entendido. ¿Hay algo más que deba saber?

Miré mi mano izquierda. El anillo de compromiso brillaba bajo la luz tenue del salón.

—Nada más por ahora. Solo… hazlo. Y gracias por levantarte.

Colgué. El silencio del apartamento se volvió más denso. Dejé el teléfono sobre la mesa de centro y me quité el anillo. Lo dejé sobre el tocador, exactamente en el centro, donde él lo vería si alguna vez volvía a mirar.

Después me senté otra vez frente al ventanal, abracé las rodillas contra el pecho y esperé el amanecer.

Por primera vez en mucho tiempo, no esperaba que nadie viniera a salvarme.

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