Capítulo 2 Se Acabo la burla.
El amanecer llegó sin que yo hubiera cerrado los ojos.
Me quedé sentada en el sofá hasta que la luz grisácea empezó a filtrarse por los ventanales. El anillo seguía sobre el tocador, exactamente donde lo había dejado. No lo toqué. Tampoco miré el teléfono más de lo necesario. Alejandro había prometido moverse rápido; yo solo tenía que esperar.
El silencio del apartamento era distinto al de otras madrugadas. Ya no era el silencio de la espera, ese que se llena de justificaciones y de esperanzas tontas. Ahora era un silencio limpio, casi quirúrgico. Había cortado algo la noche anterior y todavía sentía el borde de esa decisión.
Recordé otra noche, meses atrás. Habíamos vuelto de una gala. Jamsel se había quitado la chaqueta, se había arremangado la camisa y me había pedido que me sentara con él en la terraza. Hablamos de cosas triviales: una película que ninguno de los dos había visto, un restaurante nuevo que acababan de abrir cerca del río, el ruido de la ciudad a esa hora. En un momento él se quedó callado y me miró de verdad, sin la máscara del CEO. Me dijo que a veces odiaba lo predecible que se había vuelto su vida. Yo le respondí que a mí me gustaba la previsibilidad si significaba tenerlo cerca. Él sonrió. Esa sonrisa pequeña, casi sorprendida, fue una de las que me hicieron creer que todavía había espacio para nosotros dentro del contrato.
Ahora esa memoria dolía con precisión quirúrgica. Cada detalle se volvía una prueba de lo mucho que me había engañado a mí misma.
A las siete y media escuché la llave en la puerta.
Jamsel entró como si aquella fuera una mañana cualquiera. Traje ligeramente arrugado, corbata floja, el aire de quien acaba de cerrar un negocio importante. No me miró de inmediato. Dejó las llaves sobre la consola de la entrada, se quitó la chaqueta y solo entonces se giró hacia el salón.
Yo seguía en el sofá, todavía con el vestido negro de la noche, el cabello suelto y los pies descalzos. Él no preguntó nada. Ni por qué estaba despierta a esa hora. Ni por qué no me había cambiado. Ni por qué mi mirada estaba fija en la ciudad y no en él.
Simplemente caminó hasta la mesa de centro y dejó sobre ella un sobre grueso de cartulina crema.
—Estaba afuera, en la puerta —dijo, como si fuera lo único relevante.
Abrí el sobre con calma. Dentro había una invitación grabada en relieve. Letras doradas. Logo de una fundación que ambos conocíamos demasiado bien. Una cena de gala. Esa misma noche.
—¿Una cena? ¿Esta noche? —pregunté, manteniendo la voz neutral.
—Sí. Ya sabes qué hacer. Habrá prensa. Ponte algo elegante.
Asentí una sola vez.
Claro. Solo fingir.
Él se pasó una mano por el cabello y se dirigió hacia el pasillo que llevaba a los dormitorios.
—Voy a ducharme y salir de nuevo. Tengo una reunión a las nueve. No me esperes para desayunar.
No respondí. Escuché el agua de la ducha encenderse. Escuché cómo se movía por el baño con la misma naturalidad de siempre, como si no llevara encima el olor de mi hermana. Cuando salió, ya vestido con un traje fresco, se detuvo un segundo en el umbral del salón.
—Valeria.
Levanté la vista.
—Esta noche no llegues tarde. Y sonríe. Hay inversionistas importantes.
—No llegaré tarde —respondí.
La puerta se cerró con un clic suave. El apartamento volvió a quedar en silencio.
Me levanté despacio. Recogí el sobre y lo dejé junto al anillo sobre el tocador. Después fui al baño, me lavé la cara con agua fría y me miré al espejo. Los ojos estaban cansados, pero ya no estaban rotos. Había algo más duro detrás de ellos. Algo que no estaba dispuesta a entregar otra vez.
Saqué el teléfono y escribí un mensaje breve a Alejandro:
«Confirma que los papeles estén listos antes de las ocho de la noche. Los necesito esta misma noche. Si es posible, tráelos personalmente al evento.»
La respuesta llegó dos minutos después:
«Estarán. Te los llevaré yo mismo.»
Guardé el teléfono. Me senté otra vez frente al ventanal y miré la ciudad mientras el sol terminaba de salir. Las torres de cristal empezaban a reflejar la luz dorada. El río se volvía plateado. Todo se veía perfecto desde aquí arriba. Igual que nuestro matrimonio se había visto perfecto desde fuera.
Pensé en Mariana. En la forma en que había sonreído contra el cuello de Jamsel. En cómo le había dicho que nunca llegaba tarde cuando se trataba de fingir. Pensé en todas las cenas familiares en las que ella se había sentado a mi lado, riéndose, preguntándome por el trabajo, actuando como la hermana menor consentida. Pensé en cuántas veces yo había defendido su “libertad” frente a nuestros padres.
El asco fue lento y frío.
Me levanté, fui al vestidor y abrí el armario. Elegí el vestido negro más sencillo que tenía. Uno que no delatara nada. Cabello recogido. Maquillaje preciso. Pendientes de diamantes que él me había regalado el día de nuestro aniversario de seis meses. El mismo día en que, ahora lo sabía, probablemente había estado con ella horas antes.
Cuando terminé de vestirme, me miré una última vez en el espejo de cuerpo entero. La mujer que me devolvía la mirada parecía la misma de siempre: elegante, controlada, impecable. Solo yo sabía que por dentro ya no quedaba casi nada de esa esposa paciente que esperaba ser amada.
Bajé al auto que ya me esperaba. Mientras el vehículo se alejaba del edificio, miré por la ventana el reflejo de la ciudad.
Por primera vez desde que firmé aquel contrato, el peso en el pecho se había vuelto un poco más ligero.
Ya no esperaba que Jamsel cambiara.
Ya no esperaba que el amor creciera dentro del documento.
Solo esperaba los papeles.Y la hora de dejar de fingir.
