Capítulo 3 El Colmo De La Hipocresía
Pasé el día en piloto automático.
Cancelé la reunión de las once con una excusa vaga. No podía sentarme frente a un equipo de expansión y hablar de proyecciones trimestrales cuando mi matrimonio se estaba deshaciendo en silencio. Me quedé en el apartamento. Ordené la maleta pequeña que había preparado la noche anterior: documentos importantes, ropa básica, el teléfono secundario que nadie conocía. El resto podía quedarse. Las joyas, los vestidos de gala, los regalos de aniversario… pertenecían a una mujer que ya no existía.
A media tarde Alejandro llamó.
—Los documentos están listos —dijo sin rodeos—. Prenupcial respetado al milímetro. Separación limpia. Solo faltan las firmas. ¿Estás segura de que quieres hacerlo esta misma noche?
—Completamente.
—Valeria… una vez que lo entregues en público, no hay marcha atrás. El escándalo va a ser inmediato.
—Lo sé.
—Estaré allí a las ocho. Te entregaré la carpeta en persona.
Colgué. Me quedé mirando la pantalla apagada durante unos segundos. Después fui al baño, me duché con agua más bien fría y me miré al espejo mientras el vapor se disipaba. Los ojos seguían cansados, pero la expresión ya no era de alguien que espera ser rescatada. Era la de alguien que había tomado una decisión y estaba dispuesta a cargar con ella.
Me maquillé con precisión quirúrgica. Base ligera, delineado perfecto, labios en un rojo discreto. Recogí el cabello en un moño bajo que dejaba el cuello descubierto. Elegí el vestido negro de corte sencillo, el que no pedía atención pero tampoco la rechazaba. Los pendientes de diamantes que Jamsel me había regalado en el aniversario de seis meses. El mismo día en que, ahora lo sabía con certeza, probablemente había salido de la cama de Mariana para venir a casa y besarme en la frente.
Cuando el sol empezó a bajar, el conductor ya me esperaba en la entrada. Subí al auto sin mirar atrás. Mientras avanzábamos por la ciudad, miré por la ventana los edificios, los semáforos, la gente cruzando las calles. Todo seguía igual. Solo yo había cambiado de lugar dentro de esa misma ciudad.
El salón del hotel estaba lleno cuando llegamos. Cristales, champagne, risas moduladas, trajes oscuros y vestidos que costaban lo que algunos ganaban en un año. Entré del brazo de Jamsel. Él sonreía con esa seguridad natural que siempre había tenido en público. Yo también sonreí. La prensa tomó dos o tres fotos cerca de la entrada. Alguien del círculo de negocios se acercó a saludarnos. Otro nos felicitó por “la solidez de nuestra unión” y por lo bien que se veía el acuerdo entre las dos familias. Yo asentí, bebí un sorbo de champagne y sentí cómo el líquido se me atascaba un segundo en la garganta.
Y entonces la vi.
Mariana estaba al otro lado del salón, conversando con la esposa de un senador. Llevaba un vestido color vino que le abrazaba el cuerpo con precisión. El cabello rojizo suelto, la sonrisa fácil, la mirada inocente. Exactamente la misma expresión que había tenido de niña cuando negaba haber roto algo. Exactamente la misma que había tenido la noche anterior mientras le pedía a mi esposo que fuera más despacio.
Nuestros ojos se encontraron durante un segundo. Ella levantó la copa en un saludo discreto, como si fuéramos simplemente hermanas que se querían. Yo devolví el gesto. Mis dedos no temblaron. La sonrisa no se quebró.
Jamsel notó el intercambio. Su mano, que descansaba en la parte baja de mi espalda, se tensó apenas un instante. Después volvió a la normalidad. Como todo en él.
Durante la siguiente hora circulamos. Saludamos. Sonreímos. Hablamos de inversiones, de filantropía, de vacaciones que nunca íbamos a tomar juntos. Cada vez que alguien mencionaba lo “perfecta” que éramos como pareja, yo asentía y bebía un poco más. Mariana se mantenía a una distancia elegante, pero no demasiado lejos. De vez en cuando la veía mirar a Jamsel cuando creía que nadie la observaba. Él nunca le devolvía la mirada en público. Era demasiado inteligente para eso.
En un momento dado me quedé sola junto a una de las columnas de mármol. El ruido del salón se volvió un murmullo lejano. Saqué el teléfono y miré la hora. Las ocho y cuatro. Alejandro debía de estar por llegar.
Conté los días que faltaban para que el divorcio fuera oficial.
Tres, si Jamsel firmaba esta misma noche.
Cinco, si se resistía.
Guardé el teléfono y respiré hondo. El aire olía a flores caras y a champagne. A mi alrededor la gente reía, brindaba, fingía. Yo también fingía. Solo que esta vez el disfraz tenía fecha de caducidad.
Cuando Jamsel regresó a mi lado, me ofreció el brazo otra vez.
—¿Todo bien? —preguntó en voz baja, sin realmente mirarme.
—Perfecto —respondí.
Sonreí.
Y por primera vez desde que firmé aquel contrato, la sonrisa no me costó nada.
