Capítulo 5 Liberada de esos Traidores
No volví al apartamento.
Desde el auto llamé a Alejandro. Le pedí que enviara a alguien de su confianza a recoger lo poco que me importaba: documentos personales, una maleta con ropa básica y el teléfono secundario. El resto podía quedarse. Las joyas, los vestidos de gala, los relojes, los regalos de aniversario… todo eso pertenecía a una mujer que ya no existía. Él no hizo preguntas innecesarias. Solo confirmó que se encargaría.
—¿Adónde vas? —preguntó al final.
—Lejos.
Colgué. Pedí que me llevaran directamente al aeropuerto. Compré el primer vuelo internacional disponible que saliera esa misma madrugada. Destino: Roma. No tenía un plan elaborado. Solo sabía que necesitaba océano de por medio y silencio.
Mientras esperaba en la sala VIP, apagué las notificaciones del teléfono principal. No quería ver los mensajes de mi padre. Ni las llamadas perdidas de Jamsel. Ni los intentos de Mariana de justificarse o de llorar a través de la pantalla. Todo eso podía esperar. O no llegar nunca.
El avión despegó cuando el cielo todavía estaba oscuro. Me recosté en el asiento junto a la ventanilla y miré cómo las luces de la ciudad se hacían cada vez más pequeñas hasta desaparecer entre las nubes. Por primera vez en años no tenía una agenda. No tenía una sonrisa obligatoria que mantener. No tenía que calcular cuántas horas faltaban para que Jamsel llegara a casa ni cuántas mentiras tendría que aceptar esa noche.
Aterrizé en Roma con las primeras luces del amanecer. El cansancio era físico, pero la mente seguía despierta. Alquilé un auto y conduje hacia el sur sin un destino fijo, solo siguiendo la costa. Terminé en un pequeño pueblo cerca de Positano, donde las casas blancas se aferraban a los acantilados y el mar era de un azul tan intenso que dolía mirarlo demasiado tiempo. Alquilé una casa sencilla con terraza abierta al vacío. Pagué un mes por adelantado en efectivo. La dueña no preguntó nombres ni razones. Solo me entregó las llaves y me deseó buen descanso.
El primer día no puse alarma.
No miré el teléfono.
No avisé a nadie de que había llegado.
Cuando el sol ya estaba alto, abrí el único cajón de la mesita de noche, guardé el teléfono dentro y lo cerré con llave. Después salí a la terraza con una taza de café que preparé a tientas en la cocina pequeña. Me senté en una silla de mimbre y miré el mar.
Abajo, las olas rompían contra las rocas con un ritmo constante e indiferente. El aire olía a sal, a limón y a sol caliente sobre la piedra. No había mensajes que responder. No había un esposo al que esperar. No había una hermana a la que sonreír mientras escondía la rabia. No había padres calculando el costo reputacional de cada una de mis decisiones.
Me quedé sentada allí hasta que el café se enfrió. Después fui a la cocina, preparé algo simple y regresé a la terraza. El tiempo se volvió elástico. Las horas no empujaban. Solo pasaban.
Al atardecer del segundo día abrí el cajón otra vez, solo para comprobar que el teléfono seguía apagado. Lo dejé donde estaba. Cerré.
Esa noche dormí con la puerta de la terraza entreabierta. El sonido del mar entró en la habitación como una presencia constante y ajena a todo lo que había dejado atrás. No soñé con hoteles ni con voces ahogadas ni con anillos brillando sobre mármol. Soñé con agua y con silencio.
Al tercer día caminé hasta el pueblo. Compré pan, fruta, un poco de queso y una botella de vino blanco barato. La mujer de la tienda me sonrió con naturalidad, sin reconocer mi apellido ni mi historia. Por un momento sentí un alivio tan físico que casi tuve que apoyarme en el mostrador.
Nadie aquí sabía quién era yo. Nadie esperaba que sostuviera una imagen. Nadie necesitaba que fuera la esposa perfecta ni la hija responsable ni la hermana comprensiva.
Regresé a la casa con las bolsas y me senté otra vez en la terraza. El sol empezaba a bajar y el cielo se tiñó de naranja y rosa sobre el agua. Abrí el vino y me serví una copa. No brindé por nada. Solo bebí despacio, sintiendo el sabor ácido y limpio.
Pensé en el contrato que había firmado hacía casi un año. En la forma en que había justificado cada concesión. En cómo había convertido el amor en una espera infinita. Ahora esa espera se había terminado. Ya no había nada que esperar de Jamsel. Ya no había nada que negociar con Mariana. Ya no había una versión de mí misma que tuviera que proteger para mantener en pie una mentira familiar.
El teléfono seguía dentro del cajón.
Las llamadas, los mensajes, las versiones distorsionadas de lo que había ocurrido en aquel salón… todo eso continuaría sin mí durante un tiempo.
Yo, mientras tanto, tenía por delante un mes de casa alquilada, un mar que no pedía explicaciones y la certeza tranquila de haber elegido correctamente.
Por primera vez desde que firmé aquel documento, no esperaba que nadie viniera a salvarme.
Y por primera vez, no lo necesitaba.
