Capítulo 6 Los Destruiré.
El séptimo día en Positano seguí mirando el mar.
No abrí el cajón. No recargué el teléfono. No hice ninguna lista de nombres ni de deudas. Había dicho la verdad en voz alta, frente a todos los que importaban en esa ciudad, y eso había sido suficiente. El resto ya no me pertenecía. Me lo repetí varias veces mientras el café se enfriaba entre mis manos, como si necesitara convencer a una parte de mí que todavía quería pelear, que todavía quería verlos caer de cerca.
Alejandro llamó al teléfono fijo de la casa alquilada el octavo día. No sé cómo consiguió el número. Su voz sonaba cansada, pero clara.
—Los papeles están firmados —dijo sin preámbulos—. Jamsel firmó ayer por la tarde. El divorcio quedará registrado en cuanto el juzgado lo procese. Según el prenupcial, conservas todo lo que era tuyo antes del matrimonio y una parte pequeña de lo generado durante el año. Él no va a pelear. No le conviene el desgaste.
Hice una pausa larga. El viento traía olor a sal y a hierba seca.
—¿Y lo demás?
—Se está cayendo solo. Las acciones bajaron casi un cuarenta por ciento en cuatro días. Dos socios importantes ya se retiraron formalmente. Tu padre está intentando renegociar deudas con bancos que de pronto se volvieron muy cautelosos. Jamsel pasa el día en reuniones para evitar que el consejo lo remueva. Mariana… digamos que las invitaciones se le acabaron. Nadie quiere acercarse demasiado al escándalo.
Asentí aunque él no pudiera verme.
—Gracias, Alejandro.
—¿Vas a regresar?
Miré el agua. Las olas seguían rompiendo contra las rocas con el mismo ritmo paciente e indiferente de siempre.
—No.
Colgué. Me quedé un rato largo en silencio, con el auricular todavía apoyado contra la oreja aunque la línea ya se había cortado. Después fui a la cocina, abrí una botella de vino blanco barato que había comprado dos días atrás y me serví una copa. No brindé por nadie. No brindé por la caída de nadie. Solo bebí despacio, sintiendo el sabor limpio y ácido que se expandía en la boca.
Esa noche dejé la puerta de la terraza entreabierta. El sonido del mar entró en la habitación como una presencia constante, casi física. Me acosté encima de la cama sin cambiarme del todo y cerré los ojos. No soñé con hoteles de lujo ni con voces ahogadas ni con anillos brillando sobre mármol negro. Soñé con agua en movimiento y con una terraza vacía. Cuando desperté, la luz del amanecer ya entraba por la puerta abierta y por un momento no supe en qué país estaba. Después lo recordé. Y el recuerdo no dolió tanto como esperaba.
Al día siguiente caminé hasta el pueblo por el sendero de piedra. El sol calentaba la nuca. Compré pan todavía caliente, dos piezas de fruta, un poco de queso y otra botella de vino. La mujer de la tienda me sonrió con naturalidad, sin el más mínimo gesto de reconocimiento. Ese pequeño acto me dio un alivio tan físico que casi tuve que apoyar la mano en el mostrador para no tambalearme. Aquí nadie sabía mi apellido. Nadie esperaba que yo fuera la esposa perfecta, ni la hija responsable, ni la hermana comprensiva que siempre sonreía. Aquí solo era una mujer que había alquilado una casa blanca por un mes y que pagaba en efectivo.
Regresé por el mismo sendero, más despacio. Me senté otra vez en la terraza con la bolsa todavía en el regazo. El sol empezaba a inclinarse y el cielo se tiñó de naranja y rosa sobre el agua. Saqué el vino, me serví otra copa y dejé que el tiempo pasara sin empujarlo. Por primera vez en mucho tiempo no tenía prisa por que llegara la noche ni miedo de que llegara la mañana.
Pensé en el contrato que había firmado casi un año atrás. En la forma en que había justificado cada ausencia de Jamsel, cada sonrisa distante, cada noche en la que él llegaba olíendo a algo que no era su colonia habitual. En cómo convertí el amor en una espera infinita y educada. Esa espera se había terminado. Ya no había nada que esperar de él. Ya no había nada que negociar con Mariana. Ya no había una versión de mí misma que tuviera que proteger para mantener en pie la mentira familiar y el prestigio de dos apellidos.
El teléfono seguía dentro del cajón de la mesita de noche.
Las llamadas, los mensajes de voz, las versiones distorsionadas de lo que había ocurrido en aquel salón… todo eso continuaría sin mí durante semanas, tal vez meses. La gente hablaría. Inventaría detalles. Juzgaría. Después se olvidaría, como siempre ocurre.
Yo, mientras tanto, tenía por delante un mes de casa alquilada, un mar que no pedía explicaciones y la certeza tranquila, casi física, de haber elegido correctamente.
No necesitaba destruirlos con mis propias manos.
La verdad ya lo estaba haciendo.
Me quedé sentada hasta que el cielo se volvió violeta y las primeras luces del pueblo empezaron a encenderse en la ladera. El viento se había vuelto más fresco. Envolví la chaqueta alrededor de los hombros y apoyé la cabeza en el respaldo de la silla de mimbre.
Por primera vez desde que firmé aquel documento, no esperaba que nadie viniera a salvarme.
Y por primera vez, no lo necesitaba.
Esa noche, antes de dormir, abrí la libreta que había comprado en el pueblo y escribí solo tres líneas:
«Hoy no abrí el cajón.
Hoy no respondí.
Hoy fue suficiente.»
Cerré la libreta, la dejó sobre la mesa y apagué la luz.
El sonido del mar siguió entrando por la puerta entreabierta, constante e indiferente, como si hubiera estado esperándome todo el tiempo.
