Capítulo 7 El eco del escándalo

Todos esos días en Positano sentía que mi vida por fin estaba cambiando. Me sentía libre, o al menos estaba aprendiendo a serlo. Pero la tregua duró poco. Las notificaciones en la madrugada me despertaban con una insistencia violenta. Al principio intentaba ignorar el zumbido sobre la madera de la mesita de noche, pero la costumbre siempre terminaba ganando. No podía evitar mirar la pantalla, inundada de alertas de prensa y mensajes desesperados de mi madre.

A través del cristal de la pantalla, observaba los titulares que anunciaban el desplome de las acciones de la empresa de Jamsel. Mi declaración en el cóctel había sido el detonante. Ver que el imperio que ayudé a sostener con mis propios recursos empezaba a tambalearse sin mi capital me provocaba una mezcla extraña de alivio y vértigo. Sabía perfectamente que yo los había levantado y ahora los estaba dejando caer.

Mis padres me rogaban en sus textos que volviera, que emitiera un comunicado, que salvara el apellido. Al leerlos, no sentía rabia, sino un vacío helado. Me daba asco darme cuenta de que, incluso en la ruina, seguían viéndome como una chequera. Dejé el teléfono boca abajo. En el silencio de la habitación, me alegraba saber que Jamsel estaba pagando el precio de su traición, y por primera vez en mi vida, su desesperación no me provocaba la más mínima culpa.

Ese día la curiosidad pudo más que mi prudencia y terminé respondiendo la llamada desesperada de mi madre.

—Valeria, cariño. ¿Cómo estás? Por fin respondes —su voz me llegó distorsionada por la distancia, cargada de urgencia.

—Mamá. ¿Qué quieres?

—Cariño, por favor, regresa. Te necesitamos. Tu padre tuvo un colapso por la presión de las acciones y está ingresado en estado crítico. Los socios nos han dado la espalda y Jamsel no sabe cómo frenar al consejo. Necesitamos que vuelvas y retires la demanda de divorcio para calmar el mercado.

Su voz se quebró al final, rozando el llanto. La escuché sin mover un solo músculo de la cara. Sentí una náusea física, un desprecio profundo que me subió desde el estómago. Mi padre estaba en un hospital y la solución de mi madre era pedirme a mí que regresara a salvar los negocios de Jamsel. No había una sola pregunta sobre cómo estaba yo, ni un rastro de vergüenza por lo que me habían hecho.

No le respondí nada. Corté la llamada a la mitad de su siguiente súplica. Me quedé mirando el auricular con una certeza absoluta: por primera vez en mi vida, sus problemas ya no eran los míos. Comprendí, con una claridad que dolió pero que también me liberó, que nunca les importó la hija herida. Solo les importaban mi dinero y el patrimonio. Yo siempre fui el sacrificio.

Necesitaba sacar ese veneno de mi cuerpo, así que salí a caminar. El sendero de piedra hacia el muelle estaba empinado, pero el esfuerzo físico me ayudó a centrarme. Respiré hondo. El aire de Positano me llenó los pulmones con un olor limpio a sal, a pino y a tierra húmeda. Miré el agua azul, tan inmensa y ajena a mis miserias. Mientras ellos se ahogaban en el caos que ellos mismos habían provocado al otro lado del océano, yo caminaba bajo el sol. Mi nueva paz no era perfecta, todavía tenía bordes afilados, pero era mía. Y nadie iba a volver a quitármela.

Los siguientes días me reuní con Leonardo, un asesor financiero local, para desvincular mis últimas cuentas de las de Jamsel. El proceso fue lento; Leonardo apenas hablaba mi idioma y mi italiano todavía era torpe. Nos citamos en una pequeña cafetería cerca de la plaza del pueblo para revisar los documentos. Entre tecnicismos legales y barreras del lenguaje, la frustración empezó a ganarme.

Ahí fue donde conocí a Matteo.

Estaba en la mesa de al lado y, al notar mi dilema con los términos financieros, se acercó con amabilidad y me ofreció su ayuda con la traducción. Su tono era tranquilo, ajeno a cualquier pretensión. Durante el resto de la reunión, sirvió de puente entre Leonardo y yo, desarmando los nudos del contrato sin pedir nada a cambio.

Tras la marcha de Leonardo, Matteo me señaló mi taza vacía.

—Te vendría bien otro café —dijo con una sonrisa ligera—. Esta vez sin contratos de por medio.

—Me vendría de maravilla, gracias —acepté sin pensarlo demasiado. Necesitaba estirar esa sensación de normalidad un poco más.

Nos quedamos en la terraza, viendo a la gente pasar bajo el sol de la tarde. La conversación fluyó con una facilidad que me resultó casi incómoda; no estaba acostumbrada a hablar sin medir cada una de mis palabras. Sin embargo, a los pocos minutos, la pregunta inevitable llegó.

—¿Y qué hace una mujer como tú en Positano a mitad de año? —me preguntó—. No pareces la típica turista que viene a tomar fotos y marcharse en tres días.

Miré el fondo de mi taza. Sentí el impulso automático de mencionar los negocios familiares, el holding y el peso de un apellido que en mi país abría cualquier puerta. Pero recordé el asco que me daba esa vida. Recordé a Jamsel, a Mariana y la voz fría de mi madre mendigando mi dinero. Si diciendo la verdad, destruiría la burbuja. Así que decidí mentir.

—Solo necesitaba distancia —dije, sosteniéndole la mirada—. Soy diseñadora independiente. Terminé un proyecto agotador y decidí tomarme un año sabático. Buscaba un lugar tranquilo para empezar de cero.

—¿Diseñadora? —asintió, analizándome con curiosidad—. Eso explica por qué miras el mar como si intentaras descifrar su estructura. ¿Y cuál es tu nombre completo? Si se puede saber.

—Valeria Silva —mentí.

Inventé un apellido común, uno que no significara nada para nadie. Al pronunciarlo, sentí una punzada de culpa en el pecho, pero fue sustituida de inmediato por un alivio profundo. No le estaba mintiendo a él para hacerle daño; me estaba protegiendo a mí.

—Un placer, Valeria Silva —respondió él, levantando su taza en un brindis silencioso—. Bienvenida a Positano. Aquí el tiempo se mueve más despacio, ideal para los que buscan olvidar el ruido.

Sonreí y choqué mi taza con la suya. Matteo continuó contándome que era pintor y que pasaba buena parte de sus días recorriendo el pueblo en busca de paisajes que pudiera llevar a sus lienzos. Después habló de algunos rincones tranquilos de Positano que solía visitar para pintar, sin sospechar que, con su ignorancia y su cortesía, su desconocimiento de mi apellido era exactamente lo que yo necesitaba para respirar.

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