Capítulo 7

Punto de vista de Seraphina

—¡Mamá!

Daniel se liberó del regazo de Christian Blackthorne y corrió hacia mí en cuanto crucé la puerta principal.

Respiré tranquila, atrapando su cuerpo contra el mío en un abrazo con un solo brazo. Presioné su cabeza contra mi pecho, sintiendo su pequeño corazón latir con fuerza.

Él estaba bien, a salvo. Mi familia me había fallado de innumerables maneras, pero al menos lo habían protegido a él. Me sentía muy agradecida por eso.

—Hola, mi amor —susurré entre sus rizos.

Se apartó de mí y miró mi brazo herido envuelto en vendas y un cabestrillo. Entonces, su rostro se tensó. —Estás lastimada —dijo con voz temblorosa.

Negué con la cabeza, sosteniendo su mejilla para desviar su mirada. —Estoy bien, mi amor. —Presioné su cabeza contra mi pecho de nuevo, besando su cabello—. Estoy bien.

Se aferró a la tela de la blusa que le había pedido prestada a una enfermera y un escalofrío pareció pasar de su cuerpo al mío.

—No te preocupes, mamá. —dijo con voz apagada—. Yo te cuidaré.

Cerré los ojos a medida que una lágrima se deslizaba por mi mejilla. —Sé que lo harás, mi vida. —Este era un niño fuerte y hermoso, que me amaba en un mundo donde nadie más lo hacía—. Nos cuidaremos el uno al otro.

—¿Esos son tus modales? —La voz de Leona interrumpió nuestro momento—. ¿Entras a mi casa sin siquiera saludar?

Levanté la mirada y vi a los Blackthorne sentados en el sofá. La mirada de Leona era tan penetrante como siempre. Antes, esta misma mirada me habría hecho disculparme a toda prisa para probar que era digna. Al mirarla a ella y a Christian, esperé que se activara esa parte patética de mí que siempre buscaba su validación, pero... no pasó nada.

No tenía miedo, ni ira, solo una aceptación vacía. El caos de este día había cambiado algo en mí. Era como si se hubiera activado un interruptor dentro de mí y tan solo... ya no me importaba nada.

Esta familia me había dejado sin ningún rastro de energía y ya me había cansado de desangrarme por ellos.

Acaricié los rizos de mi hijo. —Despídete de tus abuelos, mi amor—ordené con voz firme.

Daniel bajó los brazos con mala gana de mi cintura y caminó hacia Leona y Christian.

Intenté ignorar cómo el hombre rodeaba la cintura de su esposa, lo natural que era su afecto. En mi vida pasada, yo había soñado como tonta que Kieran me sostuviera así algún día.

Ese recuerdo casi me hizo reír.

Una vez que Daniel se despidió de sus abuelos con un abrazo, lo tomé de la mano y salí de la casa en silencio, pero…

Hablando de vistas que me dañaban los ojos.

La familiar camioneta negra G-Wagon de Kieran estaba estacionada en la entrada. Se encontraba de pie al lado del pasajero y lo observé tomar la diminuta cintura de Celeste para ayudarla a salir del auto.

Ella se apoyó en su hombro con ambas manos y lo miró con adoración. Él le devolvió la mirada con una ternura que nunca me había mostrado.

Esperé a que los celos y la amargura me contrajeran el estómago, pero de nuevo, solo hubo una sensación de vacío. Nada más que un dolor sordo detrás de mis ojos.

—¿Es por ella?

La voz calma de Daniel me detuvo en seco. Me giré hacia mi hijo y lo vi observando a Kieran y Celeste. Tenía una expresión vacía y los ojos oscuros entrecerrados. —¿Es por ella que mi papá nos dejará?

Inhalé con fuerza. Celeste se había mudado antes de que Daniel naciera, así que él nunca la había visto. Me preguntaba si alguno de nuestros padres le había hablado de su tía, la mujer cuyo hombre, según decían, su madre le había robado.

Justo entonces, Kieran y Celeste nos vieron. Un músculo de su mandíbula se tensó y apartó la mano de su cintura. Una expresión fugaz cruzó el rostro de Kieran y debía haber estado alucinando por los analgésicos porque se parecía un poco a... ¿culpa?

Recordé la pregunta que le había hecho a Kieran cuando mencionó lo del divorcio de la nada.

—Es por Celeste, ¿verdad?

—No —me había mentido él—, claro que no.

Fingí una sonrisa mientras sostenía la barbilla de Daniel. —No, mi vida —también mentí con una voz demasiado alegre—. Claro que no.

Estas palabras me sabían a ceniza. Odiaba mentirle a mi hijo, pero odiaba mucho más la idea de que saliera lastimado de alguna manera. La relación tensa entre Kieran y yo era un asunto entre nosotros dos. No quería exponer a Daniel a ningún drama innecesario.

Mi hijo relajó los hombros. Me había creído, al menos por ahora.

—Ven. —Tomé su mano para alejarnos.

Noté de reojo que Daniel levantó la mano en un pequeño saludo a su padre. Yo seguí de largo, pero el peso de la mirada de cierta persona me quemaba entre los omóplatos...

Se sentía tan caliente como para dejarme una cicatriz


—¿Estás bien, mamá? —me preguntó Daniel, tirando un edredón grueso sobre mis hombros—. ¿Necesitas algo más?

Sonreí. No había bromeado al decir que me cuidaría: me abría las puertas, me había ayudado a tomar un incómodo baño con toalla con la ropa puesta, e incluso había metido un plato de macarrones con queso en el microondas. Estaba frío en el centro, pero lo devoré todo como si fuera un plato gourmet.

—Solo una cosa más.

Levanté el edredón, palmeando el espacio a mi lado. Él sonrió y, con los ojos un poco en blanco, se metió. Casi nunca dormíamos en la misma cama debido a que él era "demasiado grande para dormir acurrucado".

En mi opinión, tal cosa era imposible. Mientras yo estuviera viva, él sería mi bebé y siempre tendría la edad y el tamaño perfectos para acurrucarnos.

Pasé mi brazo herido con cuidado alrededor de su cintura y él lo abrazó. —¿Todavía te duele?

Escondí su cabeza bajo mi barbilla. —No cuando estoy contigo.

Hubo un silencio suave en el que Daniel deslizó un dedo sobre la venda sin pensarlo. —¿Mamá? —dijo con suavidad después de un rato.

—¿Mmm?

—Cuando crezca... Cuando tenga a mi lobo, te prometo que te protegeré.

Mi garganta se hizo un nudo por la emoción y cerré los ojos con fuerza para contener las lágrimas que se acumulaban en la superficie.

En mi mente, destellaron los rostros de mi supuesta familia: el dolor fingido de mi madre y la indiferencia exasperante de Kieran. Diez años desperdiciados tratando de ganarme su amor, rogando por migajas a personas que me verían morir de hambre con todo el gusto.

No obstante, entonces…

Recordé los colmillos de ese renegado. Luego una sombra saltó entre nosotros y unos brazos fuertes me levantaron mientras un tatuaje rozaba mi mejilla.

También las risitas de las enfermeras cuando les pregunté por mi salvador: "¿Ah? ¿Ese Alfa? Te cargó como si estuvieras hecha de cristal."

Era un Alfa que protegía a los débiles, había salvado a muchos otros lobos en ese ataque, sobre todo a Omegas.

Eso solo generó un sinfín de preguntas. Los fuertes no solían molestarse protegiendo a los débiles, más aún porque no lo conocía de ninguna parte. Entonces, ¿quién era este Alfa con una fijación por los lobos débiles?

—Quienquiera que haya sido... espero poder agradecerle algún día —Rocé las vendas de mi brazo con mis dedos—. Por proteger a la pequeña Sera, sin loba e indefensa.


Daniel seguía dormido cuando me desperté temprano a la mañana siguiente. Resoplé en voz baja, acariciando su cabello con amor.

—Sí claro, demasiado grande para dormir acurrucado—murmuré. Estaba envuelto alrededor de mí como un bebé koala.

Mis músculos me dolían y mi espalda me ardía como el demonio. Aun así, me arrastré hasta la cocina, tomé una caja de Hungry Jack y comencé a preparar el desayuno.

Apenas había servido el primer panqueque en el plato cuando alguien llamó a la puerta.

Miré el reloj: eran las seis y media. No solo era temprano, sino que también era inusual, considerando que acabábamos de mudarnos a esta casa y no se me ocurría nadie que nos visitaría a esta hora.

Tal vez Kieran, pero…

Me reí para mí misma ante el pensamiento tan ridículo.

Sin embargo, cuando abrí la puerta, la risa se atoró en mi garganta.

De pie frente a mí, con los hombros anchos ocupando toda la entrada, se encontraba un hombre que nunca había visto en mi vida. No obstante, lo que me dejó atónita fue la impactante sensación de familiaridad que sentí al verlo.

Entrecerré los ojos contra el sol de la mañana, que brillaba sobre mi cara y oscurecía sus rasgos. Como si notara mi incomodidad, se movió a un lado para bloquear el sol y, de repente, pude verlo con claridad.

Tenía el cabello negro azabache recogido en un moño bajo, ojos azul oscuro como el cielo nocturno, un rostro demasiado atractivo y...

Jadeé a medida que mis ojos se posaban en su brazo derecho, cubierto de un remolino de tinta negra.

Era él, el Alfa que me había salvado la vida.

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