Capítulo 8

Punto de vista de Seraphina

—Hola, Sera.

Su voz era profunda y suave, con un leve tono divertido. Aunque tal vez era porque lo estaba mirando con los ojos a punto de salir de mis cuencas.

Como no me moví ni dije nada, soltó una risa ahogada. El sonido retumbó en el espacio entre nosotros. —Creo que te encontré en un mal momento. Regresaré...

Se giró para irse, pero jadeé y salí de mi asombro. —¡Espera!

Se dio la vuelta con una ceja levantada.

—Eres... tú.

Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa. —Lucian Reed. —Extendió el brazo tatuado, esperando mi respuesta.

De manera automática, extendí mi brazo no herido y tomé su mano. Era grande, cálida y envolvía la mía por completo. —Seraphina Bl... —No, ya no era Blackthorne, ni tampoco Lockwood. Además, él ya sabía mi nombre.

—Eh... Pasa, por favor —dije. Me aparté de la entrada e hice un gesto hacia el interior.

—Gracias —respondió, cruzando el umbral. Me superaba en altura, casi tanto como Kieran, así que di un paso atrás por instinto.

—Por... aquí.

Lo llevé a la sala de estar y le indiqué que se sentara en el sillón.

Se sentó como si fuera un trono. Algo me decía que podría dejarse caer sobre un montón de barro y, aún así, verse majestuoso.

Miró alrededor, observando la sala de estar: el papel tapiz de flores, los sofás que no combinaban entre ellos y las mesas de centro que, de manera curiosa, iban a juego.

—Tu casa es encantadora.

Yo no podía saber si era sarcasmo, pero resté importancia al comentario. —Así vino la casa, acabo de mudarme.

Apenas terminé de hablar, bajé la mirada. ¿Por qué le estaba contando mis asuntos privados a este extraño?

—¿Cómo están tus heridas? —preguntó, señalando mis vendas con un gesto de su cabeza.

Pasé mis dedos por la superficie. —Sanarán. No... —Tragué saliva—. Gracias. Debí haberlo dicho en el momento en que abrí la puerta, muchas gracias por salvarme la vida.

Lucian respondió con una sonrisa abierta que lo hacía parecer menos intimidante.

—De nada, Sera.

Mordí mi labio inferior. —Pero, ¿puedo preguntar... por qué lo hiciste? Todos estaban protegiendo lo que más les importaba y nosotros ni siquiera nos conocemos.

Sacudió la cabeza y su sonrisa se transformó en algo más suave. —Puede que no me conozcas, pero yo sí te conozco a ti.

Se metió una mano en el bolsillo y luego la estiró hacia mí. Contemplé lo que sostenía.

—Fuera de las Sombras —leí en voz alta, mirando a Lucian con duda.

—Soy el Alfa de la Manada ShadowVeil del sur —añadió.

—Y el presidente de... —Volví a mirar su tarjeta de presentación—. «Fuera de las Sombras».

Él asintió. —Es una organización benéfica que se dedica a ayudar a hombres lobo sin lobos y otros vulnerables: Omegas, marginados, renegados. —Se encogió de hombros—. Si un lobo necesita ayuda, el FDS estará ahí.

Bueno, esto explicaba muchas cosas.

—Eso suena... —Noble, impresionante, asombroso. Para alguien que había pasado toda su vida siendo ridiculizada e ignorada por no tener una loba, era un gran alivio descubrir que había personas en el exterior, toda una organización, que se preocupaba tanto por los de mi clase.

—Dijiste que me conocías —agregué—. ¿Cómo así?

Lucian se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus muslos. —Hice algunos negocios con tu difunto padre. Mis condolencias, por cierto.

Me encogí de hombros, ignorando la punzada de dolor en mi corazón. Se sentía extraño e incómodo que me dieran las condolencias por un hombre que me había odiado hasta su último aliento.

—Pero hubo otra razón por la que asistí a su funeral —confesó.

Incliné la cabeza de lado, frunciendo el ceño a medida que él añadía: —Escuché que la hija mayor de Edward Lockwood no tenía una loba.

Casi pude escuchar mis muros mentales cerrándose de golpe, como rejas de hierro bloqueándose.

—¿De qué se trata? —siseé—. ¿Me estabas buscando? ¿Me salvaste para poder...?

—Te salvé porque estabas en peligro —terminó con un tono casual—. Y ahora vine para ver cómo seguías.

—¿Estás visitando a todos los lobos que salvaste?

—No —respondió con honestidad.

—Entonces... ¿por qué a mí?

—Porque quiero que te unas a mi organización.

Parpadeé atónita. —¿Qué?

Asintió. —Eres la hija de un Alfa, hermana de un Alfa y la esposa de un Alfa...

—Exesposa —lo corregí de inmediato.

Un brillo apareció en sus ojos a medida que asentía. —Perdóname, exesposa. Como sea, creo que tu estatus y experiencias podrían inspirar a muchos hombres lobo que enfrentan desventajas similares. —Era una palabra más amable que las que había escuchado toda mi vida: discapacidad, problema, impedimento.

Resoplé con burla. —No tengo lo necesario para ser un modelo a seguir.

Lucian enarcó una ceja. —Pero has podido construir una vida para ti y tu hijo, incluso a pesar de las trabas de tu familia y tu reciente divorcio.

—Bueno... —Era un tanto inquietante lo mucho que sabía este extraño sobre mí.

—Lo que pasa es, Sera —continuó—, que me pareces inspiradora y sé que muchos otros también te verán así. El FDS es más que una organización de ayuda, también ofrecemos las... herramientas que todo lobo necesita. Podemos entrenarte, hacerte fuerte por ti misma, para que nunca tengas que depender de alguien más para que te salve.

Miré la tarjeta de presentación en mis manos y luego a Lucian.

Me sonrió con amabilidad. —No tienes que decidir en este momento. Tómate tu tiempo para considerarlo.

Asentí con lentitud. Eso sí podía hacerlo.

—Gracias —agradecí en voz baja.

—Ya me dijiste eso.

Me reí con suavidad. —Sí, pero... —Nadie me había pedido que fuera parte de nada en mi vida. Ni siquiera mi manada ni mi familia, con quienes debía sentirme parte de su grupo desde mi nacimiento, me habían querido. Sin embargo, aquí estaba Lucian, quien me había buscado y quería que fuera parte de algo. Sonaba casi demasiado bueno para ser cierto.

—Bueno —dijo, poniéndose de pie—, ya debería irme.

Yo también me levanté y lo acompañé a la puerta.

—Espero que aceptes—agregó mientras abría la puerta—. Creo que sería muy bueno para ti.

Sonreí con timidez. —Lo consideraré.

Me dedicó una última sonrisa antes de irse.

Me apoyé contra la puerta suspirando y observando la tarjeta de presentación en mis manos. «Fuera de las Sombras», susurré. Me preguntaba cómo sería. Si la organización estaba llena de hombres lobos sin lobo como yo, entonces estaría entre los míos, por así decirlo. ¿Podría ser posible? ¿Podría encontrar una comunidad que...?

Un fuerte golpe en la puerta me sobresaltó.

Abrí con una sonrisa. —¿Olvidaste algo...?

Kieran me fulminó con la mirada. Era como si una burbuja hubiera estallado sobre mi cabeza, empapándome con la realidad. Y yo que había pensado que me visitara era ridículo.

—¿Qué haces aquí?

Kieran se giró hacia atrás y seguí su mirada hasta un Aston Martin rojo oscuro que salía de mi entrada. Debió haberse encontrado con Lucian.

—¿Qué hacía él aquí tan temprano? —siseó, girándose de nuevo hacia mí.

Una emoción extraña me invadió, una que nunca antes había sentido hacia Kieran: irritación.

—¿Qué te importa?

Él pasó de largo a mi lado y entró a la sala de estar, moviendo la cabeza de un lado a otro. —Oye —lo llamé—. No puedes tan solo...

—¿Durmió aquí?

Parpadeé estupefacta. —¿Perdón?

—¿Sí durmió aquí? —repitió, como si mi pregunta fuera de confusión y no de indignación.

Resoplé. —¿Necesitas un diccionario? —pregunté.

—¿Cómo?

—Porque es claro que necesitas que te recuerden el significado de "divorciados". Mis asuntos ya no te conciernen, Kieran.

Nunca le había importado ninguno de mis asuntos en la década que habíamos estado casados. ¿Cómo se atrevía a intentar mostrar interés ahora?

Sus ojos se volvieron oscuros por un instante. —Tal vez ya no sea tu esposo —gruñó—, pero siempre seré el padre de tu hijo y no puedes estar trayendo hombres extraños a la casa de mi hijo cuando...

—Ah, pero ¿sí está bien ir por ahí presumiendo que retomaste tu relación con Celeste frente a Daniel? —Ni yo sabía por qué estaba tan enojada. No era como si Lucian hubiera dormido aquí de verdad o que yo hubiera hecho algo malo. No obstante, este no era el punto. Sin importar que hubiera pasado, no era asunto de Kieran, ya no.

—Eres muchas cosas, Kieran, pero nunca me di cuenta de que también eras un hipócrita.

Frunció el ceño tan fuerte que sus cejas casi se fusionaron en una. —¿Disculpa?

Señalé la puerta. —¡Ahí! Te disculpo.

Soltó un bufido de incredulidad. —No sé qué te pasa en estos días, pero esta no eres tú, Seraphina.

Dejé escapar una risa corta y seca. —¿Y cómo soy en realidad? —pregunté—. ¿Cómo soy, Kieran? Porque te puedo asegurar que no tienes ni puta idea de quién soy. Nunca me conociste. Es más, creo que esta es la puta conversación más larga que hemos tenido.

Se acercó un paso. —No...

—¿Mamá? ¿Papá?

Ambos nos giramos y vimos a Daniel al pie de las escaleras, frotándose los ojos.

—¡Mi vida! —Jadeé, esquivando a Kieran para ir hacia mi hijo.

Tenía los rizos revueltos por todas partes, así que le pasé la mano con delicadeza. —¿Te despertamos?

Negó con la cabeza. —Fue la alarma de tu teléfono para ir a la escuela.

Miré el reloj: ya eran las siete de la mañana.

—Cierto.

Daniel miró por encima de mi hombro y le mostró a Kieran una enorme sonrisa. —Hola, papá.

Me tensé un poco cuando se acercó a nosotros con una repentina sonrisa brillante. —Buenos días, campeón.

Agitó un libro que no había notado que tenía en su mano. —Olvidaste esto en mi oficina la última vez que hiciste la tarea ahí. Pensé que lo necesitarías para la escuela.

Mi hijo levantó la mano y lo tomó. —Gracias, papá—, agradeció. Luego olfateó una vez y se giró hacia mí con los ojos abiertos de par en par llenos de alegría—. ¿Hiciste panqueques?

Asentí.

Daniel rebotó en la punta de sus pies. —¿Papá puede acompañarnos a desayunar? —preguntó, girándose hacia Kieran—. Papá, ¿puedes quedarte?

Ni de puta broma... —Danny, de seguro tu padre...

—Me encantaría —respondió Kieran.

Cruzamos miradas por encima de la cabeza de Daniel. Algo crujió en el aire entre nosotros, algo volátil y precario. No sabía qué era, pero de repente ya no tenía apetito.

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