Capítulo 2 Desayuno con el enemigo

POV MADELAINE

No pegué ojo en toda la noche. El techo de mi nueva habitación era demasiado alto y el silencio de la mansión Miller demasiado artificial. Cada vez que cerraba los ojos, sentía la presión de la mano de Bruce en mi brazo y ese olor a sándalo que parecía haberse quedado pegado a mis sábanas. A las seis de la mañana, me rendí. Me puse unos leggings, una camiseta holgada y bajé a la cocina con la esperanza de encontrar un café antes de que el resto del mundo despertara.

La cocina era digna de una revista de arquitectura: acero inoxidable, mármol blanco y una isla central que parecía un portaaviones. Para mi alivio, no estaba sola.

—¿Tampoco puedes dormir, pajarito? —La voz de la abuela Dove me devolvió el alma al cuerpo.

Estaba sentada en un rincón de la cocina, con una bata de flores y una taza humeante entre las manos. Me acerqué y le di un beso en la mejilla.

—Es el cambio de horario, abuela. Mi cuerpo cree que todavía estoy en Sydney.

—O tu corazón cree que todavía estás en el pasado —dijo ella con esa puntería que solo tienen las abuelas—. Te vi la cara anoche, Maddie. Estás tensa como una cuerda de violín.

Me serví café en silencio. No podía mentirle a Dove, ella me conocía mejor que mi propia madre. Ella estuvo allí cuando yo lloraba por los rincones porque Bruce Miller había dejado de responder mis mensajes hacía once años.

—Es solo que... todo esto es demasiado —dije, señalando el lujo de la cocina—. Mamá casándose con un millonario, este lugar, los hijos de Jeremy...

—Bruce ha cambiado —murmuró Dove, mirando su taza—. Se volvió un hombre de hielo después de que su madre murió. Jeremy lo presionó mucho para que se hiciera cargo de todo. Es un buen muchacho, Maddie, pero tiene el alma llena de cicatrices.

—A mí me pareció que tiene el alma llena de arrogancia —respondí, sentándome frente a ella—. Me mira como si yo fuera una intrusa.

—Tal vez tiene miedo de que le robes lo único que le queda: el control.

Antes de que pudiera responder, unos pasos rítmicos y pesados anunciaron que mi paz se había terminado. Bruce entró en la cocina. Llevaba ropa de deporte: una camiseta gris técnica que se pegaba a sus músculos y pantalones cortos negros. Estaba sudado, claramente venía de correr, y el cabello oscuro le caía sobre la frente de forma desordenada.

Se detuvo en seco al vernos. Su mirada ignoró las galletas de Dove y se clavó directamente en mi cara.

—Buenos días, abuela —dijo él, ignorándome por completo.

—Buenos días, Bruce. ¿Otra vez corriendo diez kilómetros para no pensar? —bromeó Dove con cariño.

—Doce —corrigió él. Se acercó a la cafetera, pasando tan cerca de mí que pude sentir el calor que emanaba de su piel.

Se sirvió un vaso de agua y lo bebió de un trago, con la garganta moviéndose de una forma que me obligó a mirar hacia otro lado. Me concentré en mi café como si mi vida dependiera de ello.

—Madelaine dice que todavía tiene el horario de Australia —comentó Dove, tratando de romper el hielo—. Deberías llevarla hoy a la firma, Bruce. Que vea cómo funcionan las leyes por aquí.

Casi me atraganto con el café.

—No es necesario —dije rápidamente—. Tengo que desempacar y...

—No puedo —me interrumpió Bruce. Su voz era cortante—. Tengo reuniones todo el día. Además, dudo que una abogada recién graduada en el extranjero entienda algo del derecho corporativo de Nueva York.

Sentí una chispa de rabia quemándome el pecho. Dejé la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—El derecho es una lógica universal, Bruce. Y mi título es de una de las mejores facultades del mundo. No necesito que me lleves de la mano a ningún lado, mucho menos a una oficina donde solo se dedican a heredar el dinero de papá.

Bruce dejó el vaso de agua y se apoyó contra la isla, frente a mí. Una sonrisa ladeada y peligrosa apareció en su rostro.

—¿Eso crees? ¿Crees que esto es solo heredar? —Se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio—. Trabajo catorce horas al día para que esta familia mantenga el nivel de vida que tu madre parece estar disfrutando tanto. Si crees que puedes venir aquí con tus aires de justicia y tus ojos bien abiertos a juzgarme, estás muy equivocada.

—¡Bruce! —le reprendió Dove—. No seas grosero.

—Solo soy directo, abuela —respondió él sin quitarme la vista de encima—. Madelaine siempre fue una soñadora. Alguien tiene que recordarle que aquí las cosas funcionan con hechos, no con sentimientos de secundaria.

Se dio la vuelta y salió de la cocina sin decir una palabra más. Me quedé temblando de indignación. Dove suspiró y me puso una mano sobre el hombro.

—Te lo dije, Maddie. Tiene el corazón acorazado.

—Lo que tiene es mala educación —respondí, aunque en el fondo me dolía que me recordara como una "soñadora".

El resto de la mañana fue un desfile de incomodidades. Mi madre bajó a las diez, luciendo impecable, y empezó a hablarme de la fiesta de bienvenida que Jeremy quería organizar.

—Vendrá lo mejor de la sociedad, Maddie. Tienes que comprarte un vestido espectacular. Jeremy te ha abierto una cuenta de gastos, úsala.

—No necesito que Jeremy me compre ropa, mamá. Tengo ahorros.

—Oh, no seas orgullosa. Ahora somos una familia. Mira a Samuel, él se ha adaptado de maravilla.

Samuel apareció poco después, con su aire despreocupado. Era el polo opuesto de Bruce. Me invitó a nadar en la piscina de la parte trasera, y acepté solo para salir de la casa y dejar de sentirme asfixiada por las paredes de mármol.

La piscina era olímpica, rodeada de tumbonas blancas y un jardín que parecía un parque privado. Samuel resultó ser un buen compañero; no hacía preguntas difíciles y se dedicaba a contarme anécdotas graciosas sobre los intentos de Jeremy por parecer un "padre moderno".

—Bruce es el que se toma todo en serio —me confesó Samuel mientras flotaba en el agua—. Desde que mamá murió, él siente que tiene que ser el guardaespaldas de todos. No te lo tomes personal, es un amargado con todo el mundo.

—Parece odiarme especialmente a mí —comenté, sentada en el borde con los pies en el agua.

—Tal vez no es odio, Maddie. Tal vez es que le recuerdas una época en la que no tenía que ser un soldado.

Esa frase me dejó pensando. ¿Era posible que Bruce estuviera tan a la defensiva porque yo era el único vínculo con su pasado más humano?

Por la tarde, decidí ir a la biblioteca de la mansión para revisar algunos libros de leyes locales. Necesitaba sentirme útil, no una muñeca de cristal en la casa de un millonario. La biblioteca era un sueño: techos altos, estanterías de madera oscura y un olor a papel viejo que me relajó de inmediato.

Estaba absorta leyendo un manual sobre contratos cuando la puerta se abrió. Era Bruce. Venía con el traje completo, la chaqueta puesta y un maletín de cuero. Se detuvo al verme allí, rodeada de libros.

—Pensé que estarías de compras con Katherine —dijo, dejando su maletín sobre una mesa auxiliar.

—Te dije que no soy ese tipo de chica, Bruce. Aunque parezca que te esfuerzas por no conocerme.

Él caminó hacia una de las estanterías, buscando un documento. El silencio en la biblioteca era diferente al de la cocina; aquí, encerrados entre paredes de madera, la tensión se volvía física.

—¿Por qué volviste, Madelaine? —preguntó de repente, de espaldas a mí—. Podrías haberte quedado en Australia. Podrías haber empezado una vida donde nadie supiera quién eres.

—Porque mi madre es la única familia que tengo —respondí, levantándome—. Y porque no quería pasar el resto de mi vida huyendo de recuerdos que, según tú, ya no significan nada.

Me acerqué a él, decidida a no dejarme intimidar. Bruce se giró y quedamos a escasos centímetros. Pude ver una pequeña cicatriz cerca de su ceja que no tenía hace once años.

—¿Eso es lo que estás haciendo? ¿Enfrentando recuerdos? —Su voz bajó de volumen, volviéndose ronca—. Porque cada vez que me miras, veo a la niña de catorce años que me prometió que nunca me olvidaría. Y luego te fuiste sin mirar atrás.

—¡Me mandaron lejos, Bruce! ¡Tú ni siquiera fuiste a despedirte! Me quedé en el aeropuerto esperando un mensaje, una señal... y nada.

—Tenía diecisiete años y mi mundo se estaba cayendo a pedazos —rugió él, acortando la distancia hasta que su pecho rozó el mío—. Mi madre estaba enferma, mi padre se volvía loco de dolor y la única persona que me hacía sentir algo real se subía a un avión. No quería una señal, quería que te quedaras.

El aire se volvió eléctrico. Mi respiración se agitó y vi cómo sus ojos grises bajaban a mi boca con una intensidad que me hizo flaquear las piernas. En ese momento, no éramos hermanastros. No éramos abogados. Éramos los mismos dos adolescentes heridos que nunca supieron cómo decir adiós.

Bruce levantó una mano, dudando, y por un segundo pensé que me acariciaría la mejilla. Pero entonces, el sonido de unos tacones en el pasillo lo obligó a retroceder.

—Madelaine, ¿estás ahí? —Era la voz de mi madre.

Bruce se ajustó la chaqueta y recuperó su máscara de hielo en un segundo. Fue una transformación aterradora.

—Asegúrate de que tus "recuerdos" no arruinen la cena de esta noche —dijo fríamente—. Mi padre está muy feliz con este matrimonio. No le quites eso.

Salió de la biblioteca justo cuando mi madre entraba. Me quedé allí, con el corazón martilleando contra mis costillas y una certeza amarga en la boca: Bruce Miller no me odiaba. Estaba resentido. Y el resentimiento, en un hombre como él, era mucho más peligroso que el odio. Porque el resentimiento solo existe donde todavía queda amor.

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