Capítulo 3 El baile de las apariencias

POV MADEALINE

La mansión Miller estaba transformada. Si normalmente parecía una fortaleza, esta noche era un palacio de cristal y pecado. Habían instalado carpas de seda blanca en los jardines y una orquesta de cámara tocaba en el vestíbulo, pero la música no lograba calmar el caos en mi interior.

Me miré al espejo una última vez. Llevaba un vestido de seda color esmeralda, de corte sencillo pero que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel. No era el vestido que Jeremy me quería comprar; era uno que yo misma había elegido en una pequeña boutique local. Me solté el cabello oscuro, dejando que cayera en ondas sobre mis hombros, y me puse los pendientes de perlas que mi padre le regaló a mi madre antes de morir. Era lo único auténtico que llevaba puesto.

—Estás preciosa, pajarito —dijo la abuela Dove desde el marco de la puerta.

Ella lucía elegante con un traje de terciopelo malva. Me sonrió, pero sus ojos guardaban una advertencia silenciosa.

—Gracias, abuela. Siento que voy directo al matadero.

—No es un matadero, es una pecera —corrigió ella, acercándose para ajustarme un mechón—. Todos esos invitados van a mirarte buscando una grieta. Los Miller son como la realeza aquí, y tú eres la intrusa que ha venido a cambiar la dinámica. Mantén la barbilla alta y no dejes que nadie vea lo que estás pensando. Especialmente él.

No hacía falta que dijera nombres. Ambas sabíamos que se refería a Bruce.

Bajamos las escaleras juntas. El salón principal estaba lleno de hombres con esmóquin y mujeres que lucían diamantes del tamaño de nueces. Mi madre, Katherine, se acercó a nosotros flotando en una nube de champaña y alegría.

—¡Madelaine! Estás... aceptable —dijo, mirando mi vestido con una pizca de decepción—. Hubieras estado mejor con el Valentino que te sugerí, pero bueno. Ven, Jeremy quiere presentarte a los socios de la firma.

Me arrastró de grupo en grupo. Sonreí hasta que me dolió la cara. Respondí preguntas sobre Australia, sobre mis planes de carrera y sobre cómo me sentía al ser parte de la familia Miller. "Es un honor", decía yo, mientras por dentro sentía que me asfixiaba.

Entonces lo vi.

Bruce estaba de pie junto a la barra de mármol, rodeado de un grupo de hombres mayores que escuchaban cada una de sus palabras con respeto. El esmóquin negro le quedaba de forma ofensivamente perfecta. Tenía esa elegancia natural de los hombres que nacieron con el poder, pero su mirada estaba en cualquier lugar menos en la conversación.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, él dejó de hablar a mitad de una frase. Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de mi vestido y luego subiendo a mis labios. Fue una mirada posesiva, cruda, que nada tenía que ver con la de un "hermano". El aire se me escapó de los pulmones.

—Madelaine, querida, te presento al Sr. Harrison —decía mi madre, pero yo ya no escuchaba.

Bruce se disculpó con sus socios y caminó hacia nosotros con una lentitud depredadora. Cada paso que daba hacía que mi pulso se acelerara.

—Katherine, Jeremy te busca en la terraza —dijo Bruce con voz suave—. Yo me encargo de escoltar a Madelaine un rato.

Mi madre sonrió, encantada con la supuesta caballerosidad de su hijastro.

—Qué buen hermano eres, Bruce. Maddie, no te pierdas, la cena empezará pronto.

En cuanto ella se alejó, Bruce me tomó del brazo. No fue un agarre violento, pero sí firme. Me guio lejos de la multitud, hacia un rincón más privado cerca de las puertas que daban al jardín.

—Ese color no te favorece —soltó de repente, susurrando cerca de mi oído—. Te hace parecer... peligrosa.

—¿Peligrosa para quién, Bruce? —pregunté, tratando de sonar valiente a pesar de que mis manos temblaban—. ¿Para tu reputación o para tu autocontrol?

Él soltó una risa seca, una que no tenía rastro de humor.

—Mi autocontrol está intacto. Lo que me molesta es que camines por aquí como si no supieras el efecto que causas. Estás usando las perlas de tu padre con un vestido que invita a todo menos a la oración. Es una contradicción andante, Madelaine. Igual que tú.

—Vine aquí para estar con mi madre, no para que tú analices mi vestuario. Si tanto te molesta mi presencia, podrías haberte quedado en tu oficina.

—Esta es mi casa —me recordó él, dando un paso que me obligó a retroceder contra una columna de mármol—. Todo lo que hay aquí me pertenece. Incluyendo la paz que tú has venido a destruir.

—Yo no he destruido nada. Tú fuiste quien decidió que éramos enemigos en el momento en que me viste.

Estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. El murmullo de la fiesta se volvió un ruido blanco de fondo. Bruce levantó la mano y, por primera vez, se atrevió a tocarme. Deslizó un dedo por la línea de mi mandíbula, una caricia tan ligera que me hizo estremecer.

—No somos enemigos, Madelaine —susurró, y su voz era ahora un hilo de seda peligroso—. Los enemigos pueden ignorarse. Nosotros no podemos ni respirar en la misma habitación sin querer quemarlo todo.

—¡Maddie! ¡Bruce!

La voz de Samuel rompió el hechizo. Bruce retiró la mano al instante y recuperó su postura rígida. Samuel se acercó con un par de copas de champaña, luciendo mucho más relajado que nosotros.

—Vaya, qué par de estatuas —bromeó Samuel, entregándome una copa—. Bruce, deja de interrogar a la chica. Es una fiesta, no un juicio por fraude.

—Solo le estaba explicando algunas reglas de la casa, Samuel —dijo Bruce, con la voz fría de nuevo—. Madelaine tiende a olvidar dónde están los límites.

—Oh, los límites son aburridos —respondió Samuel guiñándome un ojo—. Ven, Maddie, quiero presentarte a unos amigos de mi edad. Bruce ya tiene suficiente con los viejos de la junta.

Me dejé llevar por Samuel, sintiendo la mirada de Bruce clavada en mi espalda como un puñal. El resto de la noche fue un borrón de música y conversaciones vacías. Intenté divertirme, reí con las bromas de Samuel y escuché los consejos de la abuela Dove, pero mi mente volvía una y otra vez a ese roce en mi mandíbula.

Durante la cena, Jeremy se levantó para hacer un brindis. El comedor estaba a oscuras, solo iluminado por cientos de velas blancas.

—Quiero brindar por la familia —dijo Jeremy, levantando su copa de cristal—. Por mi hermosa esposa Katherine, que ha traído luz a esta casa. Y por nuestros hijos. Bruce, Samuel y ahora, Madelaine. Que esta unión sea el inicio de una nueva era para los Miller y los Vance.

Todos levantaron sus copas. "Por la familia", repitieron en coro.

Bebí el champaña, sintiendo que me quemaba la garganta. Miré a través de las velas y encontré los ojos de Bruce. Él no estaba brindando. Mantenía su copa en la mano, pero su mirada estaba fija en mí, llena de una oscuridad que me hizo comprender que esta "unión" era una bomba de tiempo.

Al finalizar la cena, los invitados se trasladaron al jardín para ver unos fuegos artificiales. Aproveché el tumulto para escaparme hacia el muelle de madera que daba al pequeño lago privado de la propiedad. Necesitaba aire frío y soledad.

El muelle crujió bajo mis tacones. Me abracé a mí misma, mirando el reflejo de la luna en el agua. Este lugar me recordaba tanto al viejo muelle donde Bruce y yo nos escondíamos...

—Sabía que estarías aquí.

No me giré. No hacía falta.

—¿Vienes a decirme que el muelle también es propiedad privada? —pregunté, mirando las ondas del agua.

—Vengo a decirte que Jeremy quiere que mañana empecemos a trabajar juntos en el caso de la fusión con los Sterling —dijo Bruce, caminando hasta ponerse a mi lado—. Quiere que seas mi consultora legal junior.

Me giré, sorprendida.

—¿Qué? ¿Tú aceptaste eso?

—No tuve opción. Mi padre cree que es una forma excelente de que "conectemos" como hermanos.

Me eché a reír, una risa amarga que se perdió en la noche.

—Es una locura. Tú me odias y yo apenas puedo soportar estar en la misma mesa contigo. ¿Cómo vamos a trabajar juntos?

Bruce dio un paso hacia mí, atrapándome entre su cuerpo y la barandilla del muelle. Detrás de él, el primer fuego artificial estalló en el cielo, iluminando su rostro con destellos rojos y dorados.

—No sé cómo lo vamos a hacer —dijo él, y esta vez no había rastro de frialdad, solo una urgencia desesperada—. Pero sé que si te tengo a diez centímetros de mí en una oficina todos los días, uno de los dos va a terminar destruido.

—Entonces dile que no —susurré, con el corazón en la garganta.

—No puedo —respondió él, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Porque, a pesar de todo, soy un masoquista, Madelaine. Y he pasado once años esperando tenerte así de cerca otra vez.

Sin darme tiempo a reaccionar, Bruce acortó la distancia y me besó. No fue un beso de hermanos, ni un beso de bienvenida. Fue un beso hambriento, lleno de años de rabia, deseo y promesas rotas. Fue el beso de un hombre que sabe que está cruzando una línea de la que no hay retorno.

Y lo peor de todo es que yo le devolví el beso con la misma desesperación.

En el cielo, los fuegos artificiales seguían estallando, pero el verdadero incendio estaba ocurriendo allí mismo, en el muelle, bajo la mirada de una luna que era testigo de nuestro primer gran pecado.

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