Capítulo 4 La ley del deseo
POV MADELAINE
El sol de la mañana entraba por los ventanales de la mansión con una crueldad innecesaria. Me dolía la cabeza, pero no por el champaña de la noche anterior, sino por el recuerdo de los labios de Bruce contra los míos. El beso en el muelle no había sido un error; había sido una declaración de guerra. Y ahora, según las órdenes de Jeremy, tenía que presentarme en las oficinas de Miller & Associates para trabajar codo a codo con el hombre que me había recordado, de la forma más pecaminosa posible, por qué nunca debí volver.
Me puse un traje de chaqueta gris humo, una falda de tubo que me llegaba a las rodillas y una blusa blanca impecable. El cabello recogido en un moño tirante, ni un solo mechón suelto. Quería parecer una abogada, no una hermanastra confundida.
—Te ves muy profesional, Maddie —dijo la abuela Dove cuando bajé a la cocina—. Pareces lista para ganar un caso en la Corte Suprema.
—O para sobrevivir a una fosa de leones, abuela.
—Toma esto —me dijo, tendiéndome una bolsa pequeña—. Son galletas de jengibre. Bruce siempre las come cuando está estresado. Si las cosas se ponen feas, lánzale una.
Le di un beso en la mejilla y salí hacia el coche que me esperaba. Mi madre se despidió desde el balcón con un gesto de la mano, feliz de que su "pequeña familia" estuviera prosperando. No tenía idea de que su hija y su hijastro habían roto todas las leyes de la casa unas horas antes.
La firma ocupaba los tres últimos pisos de un rascacielos de cristal en el centro de la ciudad. El lujo aquí era distinto al de la mansión; era un lujo funcional, frío, que olía a tinta de impresora y café caro.
—Señorita Vance, el señor Miller la espera en su despacho —dijo una secretaria que parecía haber sido esculpida en hielo.
Caminé por el pasillo de alfombra mullida. Las paredes estaban decoradas con títulos y premios, pero yo solo podía escuchar el eco de mis propios pasos. Al llegar a la puerta de roble macizo con el nombre Bruce Miller, CEO, respiré hondo y entré sin llamar.
Bruce estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a la puerta. Llevaba una camisa azul pálido con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes que me hicieron recordar cómo me había sujetado contra la barandilla del muelle.
—Llegas dos minutos tarde —dijo él, sin girarse.
—El tráfico de Connecticut no perdona —respondí, dejando mi maletín sobre la mesa de juntas—. Y los buenos días tampoco estarían de más.
Bruce se giró lentamente. Tenía ojeras, como si tampoco hubiera dormido, pero su expresión era una máscara de absoluta indiferencia profesional. Me miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis labios, antes de señalar una pila de documentos sobre la mesa.
—Esos son los contratos de la fusión Sterling —dijo con voz plana—. Léelos. Busca cualquier cláusula de rescisión que pueda perjudicarnos. Tienes tres horas antes de la reunión con sus abogados.
—¿Ni siquiera vamos a hablar de lo que pasó anoche? —pregunté, cruzándome de brazos.
Bruce se acercó a su escritorio y se sentó, abriendo una carpeta sin mirarme.
—Anoche fue un momento de debilidad impulsado por el alcohol y el contexto —dijo, y cada palabra era como un trozo de hielo cayendo al suelo—. Somos adultos, Madelaine. Y lo más importante: somos familia ante los ojos del mundo. No volverá a ocurrir.
Sentí una punzada de humillación mezclada con rabia.
—"Debilidad" —repetí—. Qué conveniente. Me besas como si te fuera la vida en ello y luego lo llamas debilidad. Eres un cobarde, Bruce.
Él levantó la vista. Sus ojos grises estaban oscuros, llenos de una tensión contenida que contradecía su voz tranquila.
—Soy el CEO de esta empresa y el hijo del hombre que se casó con tu madre. Soy muchas cosas, pero no soy un cobarde. Estoy protegiendo lo que tenemos. Si no puedes separar el trabajo de un error nocturno, tal vez no deberías estar aquí.
—Puedo separarlo perfectamente —mentí, sentándome en la silla frente a él—. De hecho, ya lo he olvidado. Pásame el resto de los documentos.
Durante las siguientes tres horas, el despacho fue una olla a presión. Trabajamos en silencio, solo interrumpido por el sonido de las páginas al pasar y el clic de los bolígrafos. Bruce era impecable trabajando; era rápido, analítico y despiadado. Yo no me quedé atrás. Cada vez que encontraba un error en sus notas, se lo señalaba con una sonrisa triunfal.
—Aquí —dije, señalando un párrafo en la página cincuenta—. La cláusula de arbitraje está mal redactada. Si Sterling decide retirarse, nos dejarían sin protección en los tribunales locales.
Bruce se inclinó sobre la mesa para ver lo que yo señalaba. Su hombro rozó el mío y sentí una descarga eléctrica que me recorrió el brazo. Él no se apartó. Se quedó allí, mirando el papel, pero su respiración se volvió más pesada.
—Tienes razón —susurró, tan cerca que su aliento me rozó la mejilla—. Buen ojo, abogada.
Me giré para mirarlo y el aire desapareció de la habitación. Estábamos de nuevo en esa zona de peligro donde el profesionalismo se desvanecía. Bruce bajó la mirada a mi boca y, por un instante, pensé que volvería a romper su propia regla.
—Señor Miller, los abogados de Sterling están en la sala de juntas —dijo la secretaria por el intercomunicador.
Bruce se apartó de golpe, como si se hubiera quemado. Se ajustó la corbata y recuperó su frialdad en un parpadeo.
—Vamos —dijo, tomando su maletín—. Y mantén la boca cerrada a menos que yo te dé paso.
La reunión fue una batalla campal. Los abogados de Sterling eran viejos zorros que intentaban intimidarme por mi edad y mi género, pero Bruce no permitió que me pisaran. Cada vez que intentaban arrinconarme, él intervenía con una frase mordaz que los ponía en su sitio. Trabajábamos en una sincronía perfecta, como si lleváramos años haciéndolo.
Al terminar, después de cinco horas de negociaciones agotadoras, logramos cerrar un acuerdo preliminar favorable. Los abogados se marcharon y nos quedamos solos en la inmensa sala de juntas, rodeados de restos de café y papeles desordenados.
—No lo hiciste mal —admitió Bruce, desabrochándose el primer botón de la camisa—. Eres más inteligente de lo que recordaba.
—Y tú eres más arrogante de lo que el mundo necesita —respondí, estirando la espalda—. Pero admito que hacemos un buen equipo.
Bruce se acercó a la ventana. El sol estaba empezando a bajar, tiñendo la ciudad de naranja y violeta.
—Jeremy va a estar encantado —dijo él, de espaldas—. Esto es exactamente lo que quería. La familia perfecta trabajando por el imperio Miller.
—¿Te molesta tanto que seamos familia?
Él se giró, y esta vez no había máscara. Solo cansancio.
—Me molesta que seas la única persona que puede hacerme perder los estribos con una sola palabra. Me molesta que, después de once años, entres por esa puerta y me hagas sentir que sigo siendo aquel chico de diecisiete años que no tenía idea de cómo dejarte ir.
Me acerqué a él, conmovida por su sinceridad.
—Bruce...
—No te acerques, Madelaine —advirtió, pero sus ojos pedían lo contrario—. No puedo trabajar contigo y tenerte cerca al mismo tiempo. Es una tortura china.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —pregunté, deteniéndome a un metro de él—. No puedo renunciar, mi madre está convencida de que este es mi lugar. Y tú no te vas a ir.
—Vamos a jugar al juego de Jeremy —dijo él, su voz volviéndose dura de nuevo—. Seremos los hermanastros perfectos durante el día. Seremos la envidia de la sociedad de Connecticut. Pero cuando las luces se apaguen y estemos bajo ese mismo techo...
Se acercó a mí y me tomó la cara con ambas manos. Sus dedos estaban fríos, pero su mirada ardía.
—Bajo ese techo, Madelaine, eres lo más prohibido que he deseado nunca. Y tarde o temprano, uno de los dos va a cometer un pecado que no podremos ocultar con leyes.
Me soltó y salió de la sala de juntas, dejándome sola con el eco de sus palabras. Recogí mis cosas con las manos temblorosas. Al salir del edificio, me encontré con Samuel, que me esperaba apoyado en su coche deportivo.
—¡Eh, campeona! —gritó Samuel con una sonrisa—. Me ha dicho Jeremy que habéis arrasado en la reunión. He venido a llevarte a cenar para celebrar. Necesito que me cuentes cómo has sobrevivido cinco horas en una habitación con el gruñón de mi hermano.
Acepté la invitación de Samuel, agradecida por la distracción. Pero mientras subía a su coche y veía a Bruce salir del garaje en su propio vehículo, supe que la celebración era solo una tregua. Estábamos viviendo una mentira dorada, y el precio de mantenerla iba a ser mucho más alto de lo que cualquiera de nosotros imaginaba.
