Capítulo 5 Sombras de Australia

POV MADELAINE

La cena con Samuel resultó ser mucho más relajada de lo que esperaba. Estábamos en un pequeño bistró francés, lejos del brillo pretencioso de la mansión Miller. Samuel devoraba un filete mientras me contaba historias de su infancia, pero mi mente seguía anclada en el despacho de Bruce, en el roce de su hombro y en la promesa de "pecado" que me había dejado en la sala de juntas.

—Maddie, tierra llamando a Madelaine —dijo Samuel, agitando una patata frita frente a mi cara.

—Lo siento, Samuel. Estaba pensando en unas cláusulas del contrato Sterling.

—Mentira. Tienes esa mirada que solo pone la gente cuando está lidiando con mi hermano. No dejes que te absorba el alma, él es así con todo el mundo.

En ese momento, mi teléfono sobre la mesa vibró. La pantalla se iluminó con una notificación de WhatsApp. Un nombre apareció en la pantalla: Alastor.

“Maddie, la casa se siente vacía sin ti. No debí dejar que te fueras. Llámame cuando despiertes en el futuro.”

Samuel, que tenía una vista de lince, alcanzó a leer el nombre antes de que yo bloqueara la pantalla.

—¿Alastor? —preguntó con una ceja levantada y una sonrisa pícara—. Suena a nombre de mago o de modelo australiano de esos que surfean entre tiburones. ¿Es el novio que dejaste atrás?

—Es un ex —respondí, tratando de restarle importancia—. Alastor es... persistente. Estuvimos juntos casi dos años en Sydney. Es un buen abogado, pero nuestras metas no coincidían.

—Pues parece que sus metas siguen siendo tú —rio Samuel—. Deberías tener cuidado. Si Bruce se entera de que tienes un pretendiente australiano, probablemente intentará comprar su firma solo para despedirlo. Es un controlador nato.

—Bruce no tiene ningún derecho sobre mi vida personal —dije, aunque mi voz sonó menos firme de lo que deseaba.

El regreso a la mansión fue silencioso. Al entrar, el vestíbulo estaba en penumbra, iluminado solo por las luces de seguridad. Sin embargo, no estaba vacío. Bruce estaba sentado en una de las poltronas de cuero, con un vaso de cristal en la mano y una botella de whisky a medio terminar sobre la mesa auxiliar. No llevaba chaqueta ni corbata; la camisa estaba desabrochada hasta la mitad del pecho, dándole un aire salvaje y peligroso.

—Vaya, los juerguistas han vuelto —dijo Bruce, su voz arrastrada por el alcohol, pero cargada de veneno.

—Solo fuimos a cenar, Bruce —dijo Samuel, encogiéndose de hombros—. Madelaine necesitaba desintoxicarse de tu mal humor.

Bruce se puso en pie. A pesar del whisky, sus movimientos eran coordinados, como los de un depredador que ha estado esperando en la sombra.

—Madelaine tiene trabajo que terminar —dijo Bruce, ignorando a su hermano y clavando su mirada en mí—. Y parece que también tiene distracciones que atender.

Caminó hacia mí y, antes de que pudiera reaccionar, me arrebató el teléfono de la mano. Yo acababa de recibir otro mensaje y la pantalla seguía encendida.

—¡Dame eso! —exclamé, tratando de alcanzarlo, pero él era mucho más alto.

Bruce leyó el mensaje. Su rostro se transformó. La mandíbula se le tensó tanto que los músculos del cuello se marcaron bajo la piel. Sus ojos, antes grises y cansados, ahora eran dos brasas de puro odio.

—¿Alastor? —preguntó, pronunciando el nombre como si fuera un insulto—. "¿No debí dejar que te fueras?" ¿Es este el tipo de distracciones que traes a esta casa, Madelaine?

—No es de tu incumbencia —respondí, recuperando mi teléfono con un tirón—. Alastor es parte de mi pasado en Australia. Un pasado que, a diferencia del tuyo, fue real y honesto.

Bruce dio un paso hacia mí, acorralándome contra la barandilla de la escalera. Samuel, dándose cuenta de que la tensión había cruzado una línea peligrosa, se interpuso.

—Bruce, déjalo ya. Estás borracho y estás asustando a Maddie.

—No me asusta, Samuel —dije, aunque me temblaban las piernas—. Solo me da lástima.

Bruce soltó una carcajada amarga y miró a su hermano.

—Vete a dormir, Samuel. Esto es entre "mi hermana" y yo.

—No me voy a ninguna parte si vas a seguir así.

—¡He dicho que te vayas! —rugió Bruce, y el eco de su voz retumbó en las paredes de mármol.

Samuel me miró con preocupación, pero Bruce era el patriarca de facto de esa casa. Con un suspiro de frustración, mi hermanastro menor subió las escaleras, dejándonos solos en la oscuridad del vestíbulo.

Bruce se acercó a mí, tan cerca que su aliento a whisky me mareó.

—¿Así que Alastor te extraña? —susurró, su voz cargada de una rabia posesiva que me cortaba el aliento—. ¿Le hablas de nosotros? ¿Le contaste que tu "hermano" te besó hasta dejarte sin aire anoche?

—No hay un "nosotros", Bruce. Solo hay un contrato de matrimonio entre nuestros padres y un error que cometimos en un muelle.

—Mientes —dijo él, sujetándome por la cintura con una fuerza que me hizo jadear—. Mientes cada vez que me miras. No puedes soportar que ese australiano te escriba porque sabes que nada de lo que él te dio se compara con lo que yo te hago sentir con solo entrar en una habitación.

—¡Eres un arrogante! —le grité, tratando de soltarme—. ¡Suéltame!

—¿O qué? ¿Vas a llamar a tu madre? ¿A Jeremy? —Su rostro estaba a milímetros del mío—. Adelante, cuéntales. Cuéntales que el heredero de los Miller está loco de celos por un tipo que está al otro lado del mundo.

En ese momento, una luz se encendió en el rellano del primer piso. La abuela Dove estaba allí, con su bata de flores y una mirada que no era de sueño, sino de una sabiduría implacable.

—Bruce —dijo Dove, su voz era suave pero cortante como una cuchilla—. Suelta a esa niña ahora mismo y vete a tu habitación.

Bruce se quedó estático. Por un momento, pareció que iba a discutir, pero la autoridad de Dove era lo único que él respetaba por encima de su propio ego. Me soltó de golpe, me dedicó una última mirada cargada de promesa y dolor, y se alejó hacia el ala este de la casa sin decir una palabra.

Me quedé allí, temblando, con las lágrimas a punto de brotar. Dove bajó las escaleras con una agilidad sorprendente para su edad y me envolvió en sus brazos.

—Ven conmigo, pajarito —me susurró—. Vamos a mi cuarto.

Subimos en silencio. La habitación de la abuela Dove era el único lugar de la mansión que no se sentía como un museo. Había fotos viejas, olor a lavanda y una colcha de retazos hecha a mano. Me sentó en la cama y me puso una taza de té tibio en las manos.

—No puedes seguir así, Madelaine —dijo Dove, sentándose a mi lado—. Esos dos se van a destruir, y te van a llevar con ellos.

—Es Bruce, abuela... él es tan... —Me tapé la cara con las manos y rompí a llorar.

—Sé lo que es él. Lo vi crecer. Vi cómo se cerraba al mundo cuando perdió a su madre. Pero lo que vi hoy en el vestíbulo no era solo mal humor. Eran celos de un hombre que siente que le están robando lo único que le importa.

Me sequé las lágrimas y miré a mi abuela a los ojos. Ya no podía ocultarlo más. El peso del secreto era demasiado grande.

—Él no es solo mi hermanastro, abuela. Él fue... él es... —Me costaba pronunciar las palabras—. Bruce es el chico que siempre he amado. Desde que tenía catorce años. Me fui a Australia tratando de arrancármelo del pecho, estuve con Alastor tratando de olvidarlo, estudié derecho para tener la mente ocupada... pero no funcionó. Cada vez que lo veo, siento que vuelvo a tener catorce años y que él es mi mundo entero.

Dove suspiró y me acarició el cabello.

—Lo sabía. Lo supe desde el momento en que se miraron en la primera cena. El amor no se puede esconder bajo una capa de hielo, Maddie. Pero tienes que entender el peligro. Tu madre es feliz con Jeremy. Jeremy confía en Bruce para llevar el imperio. Si esto sale a la luz, la explosión va a destruir a esta familia.

—Lo sé —susurré—. Por eso trato de alejarlo. Por eso le hablo de Alastor. Pero Bruce... él no me deja. Me provoca, me busca, me besa y luego me trata como si fuera una desconocida. Me está volviendo loca.

—Él tiene miedo, Maddie. Bruce tiene más miedo que tú. Porque él tiene más que perder. Si Jeremy lo deshereda por esto, él pierde su identidad. Pero si te pierde a ti de nuevo, pierde su alma. Está atrapado.

—¿Qué debo hacer? —pregunté, desesperada.

—Por ahora, mantén la calma. No dejes que Alastor sea una excusa para que Bruce pierda el control. Y sobre todo, sé sincera contigo misma. No puedes casarte con tu carrera o con un recuerdo en Australia si tu corazón vive en el pasillo de al lado.

Me quedé en la habitación de la abuela Dove hasta que me quedé dormida por el agotamiento. Pero incluso en mis sueños, veía la cara de Bruce deformada por los celos y escuchaba su voz susurrándome que yo le pertenecía.

A la mañana siguiente, bajé al comedor con la esperanza de que Bruce ya se hubiera ido a la oficina. Pero allí estaba él, sentado a la cabecera de la mesa, impecable en su traje azul marino, leyendo el periódico como si la escena del vestíbulo nunca hubiera ocurrido. Mi madre y Jeremy hablaban animadamente sobre un viaje de fin de semana a los Hamptons.

—¡Buenos días, Maddie! —dijo Jeremy con entusiasmo—. Bruce me ha dicho que el caso Sterling va de maravilla. Estaba pensando que deberían ir los dos solos este fin de semana a la casa de la playa para terminar de redactar los anexos. Es más tranquilo que la oficina.

Se me cayó la cuchara al plato. Miré a Bruce. Él bajó el periódico y me dedicó una sonrisa gélida, una que decía claramente: Te tengo donde quiero.

—Me parece una idea excelente, padre —dijo Bruce, sin quitarme los ojos de encima—. Madelaine y yo tenemos mucho de qué hablar a solas.

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