Capítulo 6 La jaula de cristal
POV MADELAINE
El viaje hacia los Hamptons fue un ejercicio de tortura psicológica. Bruce conducía su Range Rover negro con una precisión quirúrgica, manteniendo las manos firmes sobre el volante de cuero. Yo miraba por la ventana, viendo cómo el paisaje urbano de Connecticut se transformaba en carreteras costeras flanqueadas por dunas y mansiones que parecían fortalezas de soledad.
Nadie hablaba. El silencio era tan denso que podía escuchar el tictac del reloj de lujo en su muñeca.
—Puedes dejar de mirar la ventana —dijo Bruce de repente, sin desviar la vista del frente—. El océano no te va a dar las respuestas que buscas.
—Y tú no vas a dejar de ser un cínico por mucho que aceleres —respondí, apretando mi bolso contra mi regazo—. Jeremy cree que venimos a trabajar, Bruce. Si intentas repetir lo del vestíbulo, me vuelvo en taxi.
Bruce soltó una risa seca.
—¿Con qué dinero, Madelaine? ¿Con el que te envía el surfista de Sydney? —Sus nudillos se tornaron blancos al apretar el volante—. No te traje aquí para pelear. Vine porque mi padre lo ordenó y porque, honestamente, necesito que termines esos anexos sin que Samuel esté merodeando cerca de ti con sus copas de champaña.
Llegamos a la casa de la playa al atardecer. Era una estructura minimalista de vidrio y madera clara, encaramada sobre un acantilado privado. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas era lo único que llenaba el espacio. En cuanto entramos, la frialdad del diseño moderno me hizo sentir aún más expuesta.
—Tu habitación es la del piso superior —dijo él, dejando mi maleta en el vestíbulo—. La mía está en el ala opuesta. Hay comida en la nevera. Empezaremos con los documentos de Sterling a las ocho. No te retrases.
Subí a mi cuarto y me encerré. La habitación tenía una pared entera de cristal que daba al Atlántico. Me senté en el borde de la cama, sintiendo que el peso del secreto que le había confesado a la abuela Dove me aplastaba el pecho. "Él es el chico que siempre he amado". Las palabras seguían flotando en mi mente como una sentencia de muerte.
A las ocho en punto, bajé al salón principal. Bruce ya había extendido los planos y contratos sobre una mesa de cristal inmensa. Llevaba una camiseta blanca de algodón y pantalones de lino; se veía más joven, más parecido al chico que recordaba, pero la oscuridad en sus ojos seguía siendo la de un hombre que había visto demasiado.
—Siéntate —ordenó, señalando la silla frente a él.
Trabajamos durante dos horas. El sonido de nuestras plumas contra el papel y el rugido del mar afuera creaban una atmósfera hipnótica. Por un momento, casi pude olvidar que éramos nosotros. Éramos solo dos abogados haciendo su trabajo. Pero entonces, mi teléfono vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de Alastor. Otra vez.
Bruce lo vio. Vi cómo sus ojos se fijaban en la pantalla y cómo su mandíbula se tensaba. Intenté alcanzar el teléfono, pero él fue más rápido. Lo tomó y lo leyó en voz alta, su voz destilaba un sarcasmo venenoso.
—"Extraño tu voz, Maddie. No puedo creer que estés bajo el mismo techo que ese tipo. Cuídate". —Bruce dejó caer el teléfono sobre la mesa como si fuera basura—. "¿Ese tipo"? ¿Así es como me llamas en tus conversaciones internacionales?
—Es como él te llama —corregí, tratando de mantener la calma—. Alastor sabe lo que pasamos. Él sabe por qué me fui.
Bruce se levantó de golpe, rodeando la mesa hasta quedar frente a mí. La luz de las lámparas creaba sombras profundas en su rostro.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sabe exactamente? ¿Le contaste que te fuiste porque eras una cobarde? ¿O le contaste que te fuiste porque tenías miedo de lo que sentías cuando te tocaba?
—¡Me fui porque mi madre me obligó! —le grité, levantándome también—. ¡Me fui porque tú me diste la espalda cuando más te necesité!
—¡No te di la espalda! —rugió él, acortando la distancia—. Estaba tratando de sobrevivir. Mi madre estaba muriendo, Madelaine. Mi padre se estaba hundiendo. Y tú... tú eras la única cosa pura que me quedaba. No podía arrastrarte conmigo al infierno.
—¡Pues me dejaste en uno peor! Australia fue un exilio. Pasé años convencida de que yo no significaba nada para ti. Y ahora vuelvo, y me tratas como si fuera una molestia, como si fuera una carga.
Bruce me tomó de los hombros, sacudiéndome ligeramente. Sus ojos estaban llenos de una desesperación que nunca le había visto.
—¡Eres una carga porque no puedo dejar de pensar en ti! —exclamó—. Porque cada vez que te veo con Samuel, o que veo ese estúpido teléfono vibrar con el nombre de otro hombre, quiero quemar este mundo entero. No te odio, Madelaine. Me odio a mí mismo por seguir amándote después de todo el daño que nos hicimos.
El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor. El viento golpeaba los cristales de la casa, pero dentro, el tiempo se había detenido. Bruce acababa de decir lo que ambos habíamos estado ocultando bajo capas de orgullo y leyes familiares.
—¿Me amas? —susurré, con las lágrimas nublándome la vista.
Bruce soltó un suspiro tembloroso y apoyó su frente contra la mía. Sus manos bajaron de mis hombros a mi cintura, atrayéndome hacia él con una urgencia que me quemaba.
—Nunca dejé de hacerlo. Ni un solo día. Intenté odiarte, intenté olvidarte con otras mujeres, con el trabajo, con el alcohol... pero siempre terminaba volviendo a ese muelle. Siempre terminaba volviendo a ti.
Me rodeó el cuello con sus manos y me besó. Este beso no fue como el del muelle. No fue una declaración de guerra. Fue una confesión. Era lento, doloroso, lleno de una nostalgia que nos rompía el corazón a ambos. Me aferré a su camiseta, hundiendo mis dedos en la tela, tratando de fundirme con él para borrar los once años de ausencia.
—Bruce... esto es una locura —logré decir entre besos—. Jeremy... mi madre... somos familia ahora.
—Al diablo con Jeremy. Al diablo con todos —gruñó él contra mis labios—. No voy a perderte otra vez. No me importa lo que digan las leyes o lo que piense la sociedad. Eres mía, Madelaine. Siempre lo has sido.
Me tomó en brazos y me sentó sobre la mesa de cristal, apartando los contratos de Sterling sin cuidado. Los papeles que representaban nuestro futuro profesional cayeron al suelo, ignorados. En ese momento, lo único que importaba era la piel contra la piel y la verdad que finalmente había salido a la luz.
Él me besó el cuello, bajando por el escote de mi blusa, mientras sus manos exploraban mis muslos con una familiaridad que me hacía temblar. Cada caricia era un reclamo, cada suspiro era una rendición.
—Dime que lo quieres —susurró Bruce en mi oído—. Dime que no quieres a ese australiano. Dime que me quieres a mí, aunque signifique destruirlo todo.
—Te quiero a ti —respondí, rodeando su cuello con mis piernas—. Siempre te he querido a ti, Bruce. A pesar de todo. A pesar de nosotros.
Él me miró a los ojos, y por primera vez en años, vi al chico de diecisiete años que me había prometido el mundo. Pero este hombre de veintiocho años no prometía mundos; prometía una realidad complicada, prohibida y peligrosa.
—Entonces prepárate, pajarito —dijo él, usando el apodo que solo la abuela Dove conocía—. Porque una vez que crucemos esta puerta, no habrá marcha atrás. Seremos nosotros contra el resto del mundo.
Esa noche, en la casa de cristal frente al mar, la ley dejó de existir. Solo quedamos Bruce y yo, redescubriéndonos entre las sombras y el rugido del océano, cometiendo el pecado más dulce que jamás habríamos imaginado.
A la mañana siguiente, desperté con el sonido de las gaviotas. Bruce estaba a mi lado, todavía dormido, con un brazo rodeando mi cintura de forma posesiva. Por un momento, me sentí en paz. Pero entonces, vi mi teléfono en la mesilla de noche. Tenía cinco llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de texto que me heló la sangre:
"Maddie, Jeremy y yo hemos decidido darles una sorpresa. Estamos llegando a la casa de la playa para desayunar con ustedes. ¡Nos vemos en diez minutos!"
Salté de la cama, con el corazón martilleando contra mis costillas. Miré a Bruce, que empezaba a despertar, y luego a la ropa esparcida por el suelo del salón. El juego de las apariencias se había terminado, y la realidad estaba a punto de entrar por la puerta principal.
