CAPÍTULO 106: No hay escape Julia

ÁNGELA

La habitación estaba inquietantemente quieta. Solo el suave susurro de las cortinas y el sonido de la respiración constante de mi hija rompían el silencio.

Me arrodillé junto a ella, apartando un mechón de su rostro. Su piel era pálida, sin tocar por el sol, sus pestañas descansaban delicad...

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