Capítulo 1 Comenzó con un desafío
Punto de vista de Teyana
—Sí, Jeremy, así… —gemí, respirando hacia la nada mientras perseguía el placer, imaginando que era él quien me hacía cosas indecibles.
El libro de erótica yacía abierto a mi lado, sobre las sábanas, con las páginas todavía tibias de donde mi mano libre lo había estado sosteniendo. Mi otra mano estaba peligrosamente entre mis muslos vírgenes; dos dedos se deslizaban por el calor resbaladizo que había ido provocando durante los últimos veinte minutos.
Jeremy Carter. Era lo único que veía.
Mantuve los ojos cerrados mientras dejaba que la fantasía se apoderara de mí. Sus ojos azul oscuro bajo las luces del vestidor. La forma en que su chaqueta de cuero caía sobre esos hombros anchos. Esa voz grave, aburrida, que de algún modo siempre sonaba como un reto.
En mi cabeza no era el dios emocionalmente distante de Summer High que nunca miraba dos veces a la chica callada de lentes gruesos… yo.
En mi cabeza, estaba aquí, inclinado sobre mí, con una mano áspera inmovilizándome la muñeca contra el colchón mientras la otra reemplazaba a la mía.
—Eso es —murmuró el Jeremy de mi fantasía junto a mi oído—. Ábrete para mí.
Me mordí con fuerza el labio inferior y empecé a moverme más rápido sobre mi clítoris, las caderas alzándose para encontrarse con mis propios dedos. La presión se acumuló demasiado deprisa. Los muslos empezaron a temblarme. Ya estaba ahí, tan cerca que los bordes de la habitación empezaban a volverse borrosos, y fue, por desgracia, justo entonces cuando su voz hizo trizas mi dicha.
—¡Teyana! ¡Dime que te estás arreglando para la fiestaaaa de los estudiantes de último año!
La voz de Carol retumbó por el pasillo como una bocina de barco.
—Mierda.
Aparté la mano de golpe, como si me hubiera quemado, y cerré los muslos con tanta fuerza que casi me dolió. El orgasmo inconcluso palpitó con rabia entre mis piernas mientras me incorporaba a toda prisa, con el corazón martillándome el pecho.
Me limpié la humedad en la sudadera, cerré el libro de un golpe y lo metí detrás de una pila de libros de texto en el estante antes de que Carol irrumpiera. Nadie, ni siquiera Carol, sabía que yo leía libros de erótica.
Para el resto del mundo, yo era la virgen nerd y santurrona a la que no le importaban los chicos ni las fiestas ni nada que no estuviera en el cuadro de honor.
¿Nerd y virgen? Claro. ¿Santa? Ni de broma.
Los libros eran mi delicioso y sucio secretito. Y ya le habría entregado mi virginidad a Liam en la clase de inglés hace meses si no estuviera obsesivamente enganchada a una persona en particular, tanto en mi cabeza como en la vida real.
Solté un siseo entre dientes, todavía apretando los muslos en un intento inútil de matar la punzada. ¿Por qué no podía haber esperado cinco minutos más? Solo cinco. Me puse mi sudadera con capucha enorme, me limpié las mejillas enrojecidas con la manga e intenté bajar el ritmo de mi respiración antes de que la puerta se abriera de golpe.
Y así fue. Carol Rivers nunca tocaba.
—¡Teyana! —canturreó, sacudiendo sus rizos rubios cortos al entrar como una tormenta envuelta en brillantina—. ¿Por qué sigues en la cama? ¡La fiesta es esta noche, no el maldito año que viene!
Claro. Siempre usando esas palabras malditas.
Parpadeé hacia ella, subiéndome los lentes por el puente de la nariz y esperando verme inocente en lugar de hecha trizas. Se veía bonita con ese vestido plateado.
—Te ves… impresionante, Car.
Puso los ojos en blanco.
—Ya lo sé. Y tú vas a esa fiesta.
Suspiré.
—No sé si me dan ganas de…
—Jeremy Carter va a estar ahí. Eso lo escuché de una fuente confiable —arqueó una ceja con la precisión de alguien que sabía exactamente qué botón apretar.
Mis lentes casi se me resbalaron.
—Espera. ¿Jeremy?
Carol sonrió con suficiencia.
—Ese mismo. Tu obsesión “buenísimo” que, tristemente, está obsesionado con las motos y no contigo —sacó la lengua.
Un aleteo peligroso me bailó en el pecho. El calor me bajó por la columna otra vez; esta vez mezclado con pánico.
—Y-yo… me voy a vestir. Pero… no porque Jeremy vaya a estar ahí.
Sonrió como la tentadora malvada que era. ¿A quién quería engañar?
—Sabía que eso iba a funcionar.
Gemí y enterré la cara en la almohada un segundo antes de arrastrarme fuera de la cama como una pecadora rumbo al confesionario. Fui al baño mientras Carol se acomodaba en mi cama como si fuera suya. Que, por supuesto, era lo de siempre.
En cuanto el agua me golpeó la piel, el dolor sordo entre mis muslos me recordó exactamente en qué punto me había quedado. Contuve un gemido y mandé mis hormonas al infierno. Él iba a estar ahí esta noche.
Necesitaba una distracción de mis pensamientos pecaminosos.
—¡Carol! ¿Crees que debería ir a esa cena a la que mi mamá me invitó con su novio, el CEO pez gordo? —grité a través de la puerta, por encima del chorro de agua.
—Multimillonario —corrigió con una risita burlona—. Al parecer es dueño de como la mitad del pueblo o algo así. Y vas a vivir en una maldita mansión. Amiga, si yo fuera tú, no lo pensaría. O sea… perdón por decirlo, pero no es como si tu papá estuviera presente.
Podía imaginármela poniendo los ojos en blanco.
Suspiré, apoyando la frente contra los azulejos.
—Suena como un sueño, ¿no? Pero no lo es. Ni siquiera conozco al hombre. Y ahora voy a tener un padrastro y una casa nueva y probablemente una docena de reglas sobre no respirar muy fuerte. Mamá dijo que nos mudaremos con él cuando termine la prepa… Dios, el año que viene está tan cerca.
La voz de Carol se suavizó.
—¿Pero estás bien con eso?
Dudé.
—No. Pero soy la hija, ¿a quién le importa? No tengo voz ni voto. Es solo que… siento que estoy perdiendo el poco control que tenía.
Hubo una pausa antes de que respondiera con un tono cantadito y burlón.
—Bueno, esta noche sí tienes control. Y voy a ponerte algo que grite: “Ya me cansé de ser invisible”. Ja, ja.
No estaba bromeando.
Después de mi baño, Carol atacó mi clóset como si le debiera dinero. Masculló maldiciones al ver mis filas de suéteres beige y calcetines con estampado de dinosaurios, hasta que por fin sacó de un tirón una falda negra sencilla que ni siquiera recordaba tener.
—Combínala con tu top corto blanco ajustado —dijo.
Parpadeé.
—¿El que deja ver mi…?
—Sí, ese —respondió. Me agarró de los hombros—. Tey, vamos a quitarle lo nerd a lo de “nerd sexy”. Solo por esta noche. Confía en mí.
Y así, sin más, dejé que me rizara el cabello, me oscureciera las pestañas, me diera brillo en los labios. Apenas reconocí a la chica del espejo cuando terminamos. Se veía… salvaje. Imprudente. Un poco como alguien a quien Jeremy Carter de verdad podría notar. Y eso me hizo revolotear el estómago.
—
Unas horas después… la fiesta estaba viva.
No del tipo “ponle la cola al burro”. No. Esta era del tipo de fiesta donde los cuerpos se apretaban contra las paredes, las latas de cerveza cubrían todas las superficies y, definitivamente, a alguien le estaban metiendo los dedos en el sofá detrás de la mesa de botanas.
—Carajo —murmuré, aferrándome a mi vaso de plástico.
Carol sonrió de oreja a oreja, arrastrándome hacia la multitud.
—¡Bienvenida a la libertad, bebé!
La música retumbaba como si tuviera un corazón. Vi a dos chicos besándose contra un refrigerador y a una chica de cabello rosa perreando en cámara lenta mientras alguien le echaba tequila por la espalda. Me ardían las mejillas, pero no aparté la mirada.
Le di un trago grande a lo que tenía en el vaso. Luego otro. Si iba a sobrevivir esta noche… o mejor aún, a jugar… necesitaba un poco de alcohol encima. Tal vez un apagón total. Era temporada de último año y los estudiantes habían estado armando fiestas salvajes toda la semana. Esta era la primera a la que asistía, y quizá sería la última.
Mis ojos no dejaban de buscar a Jeremy. Dios sabe que esa era la razón principal por la que estaba ahí esta noche. Verlo me haría la noche completa. Así de indefensa era cuando se trataba de él.
Él también se graduaba, y quizá no volvería a verlo nunca, lo cual era tristísimo porque él jamás me había notado.
Para cuando empezó a formarse el círculo para Verdad o Reto, yo ya estaba caliente por el alcohol, zumbando y balanceándome un poco.
—¡Hagamos esto interesante! —gritó alguien—. ¡Nada de echarse para atrás!
Me dejé caer entre Carol y un estudiante de último año con un piercing en la nariz. El juego siguió girando: verdades escandalosas y retos perversos volaban como confeti. A un chico lo retaron a desnudarse, una chica tuvo que lamer mantequilla de maní de los abdominales de alguien, y yo me reía tanto que me dolían las mejillas.
Entonces la botella se detuvo frente a mí.
—¡Oh, le toca a la nerd de Teyana! —gritó alguien—. ¿Verdad o reto?
Parpadeé.
Podía sentir a Carol vibrando a mi lado.
—Participa, bebé. Es divertido.
Tragué saliva. Está bien.
—Reto —dije con valentía, porque mi “yo borracha” era diez veces más valiente que mi “yo real”.
Se escucharon varios uuuuh y silbidos.
—Está bien —dijo la chica frente a mí con una sonrisa maliciosa—: besa al chico más guapo del lugar.
Me atraganté.
—¿Qué?
—Al tipo más guapo. Elige. Ya.
Mis ojos se movieron de un lado a otro, desesperados, con la esperanza de al menos ver a Liam. Liam era el chico con el que había estado considerando salir; no por amor, sino porque era amable conmigo. Por lo general asistía a estas fiestas, pero no estaba. En cambio, mi mirada se posó en él.
El corazón me hizo ese vuelco familiar al verlo.
Jeremy Carter.
Estaba recargado contra la encimera de la cocina, la chaqueta de cuero negro brillando bajo las luces de la discoteca. Una copa de lo que parecía vino tinto en una mano, un cigarrillo en la otra. Ni siquiera formaba parte del juego, pero estaba mirando… con cara de aburrido. Ardiente. Ridículamente sexy, nivel dios.
El corazón me dio otro vuelco.
Sin pensar —porque si lo hacía, vomitaría del miedo—, me puse de pie y atravesé la multitud, directo hacia él. Podía morirme después de esto y aun así sentirme orgullosa de mí misma por haberme atrevido a acercarme a él esta vez.
Sus cejas se alzaron con una diversión lenta (¿o era confusión?) cuando me detuve frente a él.
—¿Te perdiste? —Su voz grave llenó el espacio entre los dos, haciendo que mi pulso se disparara.
—Yo… me retaron a besar al tipo más guapo del cuarto —dije, apenas por encima de un susurro.
De verdad no podía creer que estuviera hablándole a Jeremy. Se sentía como uno de mis tantos escenarios imaginados, solo que este era real.
Me miró un instante. Y, sinceramente, pensé que iba a decirme que estaba mintiendo.
En cambio, con la sonrisa más engreída, dijo:
—Supongo que ese soy yo.
Y Jeremy me atrajo hacia él antes de que pudiera arrepentirme y darme la vuelta. Porque estaba a punto de hacerlo antes de que mi corazón, golpeándome el pecho, intentara treparse para salirse.
No podía pensar.
Despacio, unió sus labios con los míos como si fuera lo más fácil del mundo. Jeremy Carter me estaba besando, y yo me consumía en ese fuego. Besaba como un hombre que lo había hecho mil veces, pero que quería que yo recordara este beso para siempre.
Su mano me sujetó la cintura descubierta —gracias al top corto que llevaba—. Por dentro me prendí en llamas. La otra mano rozó la base de mi cuello, erizándome la piel.
Jadeé, aferrándome a su chaqueta de cuero cuando profundizó el beso.
Las piernas me temblaron. El cuerpo se me volvió gelatina.
No quería que se detuviera. No estaba lista cuando Jeremy por fin se apartó. Me ardían los labios. Mi cuerpo se sentía deseado. La gente a nuestro alrededor rugió de emoción. Podía sentir las miradas furiosas de chicas enojadas. Pero no me importaba. Acababa de besar a… Jeremy.
Cuando alcé la vista hacia él, sus ojos azul océano estaban fijos en mí; un ceño curioso le marcaba el rostro, los labios todavía entreabiertos… y yo aún con ansias, temblando un poco. Entonces sonrió y dijo:
—Bonito reto.
No me cabía en el estómago la alegría y la realidad de lo que acababa de pasar.
Me tambaleé fuera de la fiesta como si me hubiera caído un rayo encima.
Y desde ese momento, estuve diez veces más obsesionada.
Pero no volví a verlo.
No hasta…
