Capítulo 2 2
CAPÍTULO 2
Una mano grande cubrió la mía, deteniendo el movimiento por un segundo. Sentí cómo su pulso latía fuerte bajo mis dedos.
Lo miré a los ojos. Mi corazón golpeaba contra mis costillas. Quería seguir. Quería ver hasta dónde llegaba esto.
—No tengo miedo al fuego —contesté bajito.
Él soltó una risa, casi un gruñido. Sus pupilas estaban más dilatadas.
—Si sigues así, no me voy a detener.
Retiré la mano un instante. El silencio entre nosotros se volvió tenso.
—Soy yo la que no se va a detener —no se que me pasaba con el, pero ese desconocido en 24 horas me hizo sentir lo que ningún hombre en mi vida había logrado.
Entonces él se inclinó un poco más cerca y me besó, los dos nos estábamos devorando el uno al otro con una intensidad que me hizo humedecerse.
—¿Quieres ir al baño?
Dudé mi mente gritaba que era una locura, que estaba en un avión lleno de gente. Pero mi cuerpo ya había tomado la decisión.
—Sí quiero —dije, mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Él se levantó primero. Yo lo seguí unos segundos después, con las piernas temblando un poco. Caminamos por el pasillo estrecho de primera clase como si fuéramos a lavarnos las manos. Nadie nos miró.
Cerramos la puerta del baño pequeño detrás de nosotros. El espacio era tan reducido que nuestros cuerpos se rozaban con cada movimiento. Él me miró desde arriba.
No dijo nada, Solo puso una mano en mi cintura y me acercó a él. Sentí su erección dura contra mi estómago. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que me daría un infarto.
—Quítate los pantalones —le pedí.
Me temblaban las manos mientras le desabrochaba el botón y bajaba la cremallera de su pantalón. Él hizo lo mismo con los mios. Su pene saltó libre y duro. Lo miré un segundo, sentí nervios y deseo, quería esto. Lo quería mucho.
Me levantó con facilidad y me sentó en el borde del lavabo. Mis piernas se abrieron solas. Él se colocó entre ellas y bajó la cabeza para besarme el cuello. Sus labios eran suaves. Luego sentí sus dientes. Me mordió justo donde el hombro se une con el cuello, lo suficiente para que soltara un gemido.
—Gime —me dijo al oído, con la voz ronca—. Quiero escucharte.
Intenté negar con la cabeza, pero él empujó contra mí y entró de un empujón.
Un gemido fuerte se me escapó antes de que pudiera controlarlo. Me tapé la boca con la mano rápidamente, respirando agitada contra mi palma.
Él me agarró la muñeca y la apartó con suavidad sin darme opción.
—No. Déjame oírte —insistió. Sus caderas empezaron a moverse rápido Cada embestida hacía que mi espalda golpeara ligeramente contra el espejo—. Quiero saber que te gusta. Dime que te gusta cómo te follo.
Sentí vergüenza y excitación al mismo tiempo. Mis mejillas ardían. —Me gusta… —logré decir entre jadeos. Mi voz sonaba entrecortada—. Más fuerte.
Él gruñó y aumentó el ritmo. Una mano bajó entre nosotros y sus dedos encontraron mi clítoris. Empezó a frotarlo. El placer creció rápido, nunca había sentido tanta intensidad.
—No pares —le pedí, casi suplicando. Mis uñas se clavaron en sus hombros por encima de la camisa. Tenía miedo de que se detuviera justo ahora, como siempre pasaba.
—No voy a parar —respondió él, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Quiero que te corras. Vamos. Quiero sentir como te vienes.
Sus palabras me ganaron. Todo mi cuerpo vibro. Gemí más fuerte, sin poder contenerme esta vez. Mis piernas temblaron alrededor de sus caderas y sentí contracciones intensas, que me recorrían entera. Era la primera vez. De verdad. Un orgasmo real, salían lágrimas de mis ojos y sonreía al mismo tiempo.
Patrick siguió moviéndose unos segundos más, gruñendo contra mi cuello, hasta que se corrió también. Se quedó dentro de mí con la frente apoyada en mi hombro. Yo todavía temblaba. No podía creer lo que acababa de pasar.
Mi primer orgasmo.
Salimos del baño uno después del otro, tratando de arreglarnos la ropa lo más rápido posible. Cuando volvimos a nuestros asientos, varias personas nos miraron. Algunas con curiosidad, otras con desaprobación. Sentí que la cara me ardía de vergüenza, pero sentia una extraña satisfacción.
El se sentó y se inclinó hacia mí. Me besó el cuello despacio, justo donde me había mordido antes.
—Me llamo Patrick —murmuró.
Sonreí, todavía con la respiración agitada
—Tu pusiste las reglas del trato, solo somos dos desconocidos.
Cuando el avión aterrizó, él insistió en llevarme al hotel donde yo había reservado habitación.
Le recorde el pacto, pero el insistió, y la verdad es que era diferente a todas mis aventuras.
Me dejó en la puerta, me dio un beso largo y prometió venir por mí en la noche.
—Descansa —dijo antes de irse, con una sonrisa.
Me duché con agua caliente, todavía sintiendo su toque en mi cuerpo. El orgasmo seguía resonando en mí como un maravilloso recuerdo.
Me vestí con ropa cómoda y salí hacia el hospital. Necesitaba ver a papá. No sabía cómo iba a reaccionar después de tanto tiempo sin saber de él.
Llegué al piso de oncología y pregunté por la habitación de Julio Rivera. La enfermera me indicó que esperara un momento. Mientras estaba sentada en la sala de espera, vi a Patrick caminando por el pasillo. Se detuvo al verme y frunció el ceño, sorprendido.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, acercándose.
—Lo mismo podría preguntarte yo —respondí. Sentí un nudo en el estómago. Esto no podía ser casualidad.
Antes de que pudiéramos decir más, una enfermera se acercó.
—Pueden pasar a ver al señor Rivera ahora.
Entramos juntos a la habitación. Papá estaba recostado en la cama, pálido y más delgado de lo que recordaba. Nos miró a los dos y sonrió débilmente.
—Katherine… Patrick… qué bueno que vinieron juntos.
Fruncí el ceño. Patrick tamb
ién parecía tenso. Papá respiró hondo y continuó:
—Patrick es mi hijastro. Tu hermanastro.
