Capítulo 3 3
Capítulo 3
Patrick y yo nos quedamos mirando a papá pálidos, no sabía nada de esto, el nunca me dijo que había formado otra familia.
Mi mente seguía repitiendo las palabras: “Patrick es mi hijastro. Tu hermanastro”. Sentí que el estómago se me revolvía. Todo lo que había pasado en el avión, en ese baño pequeño, me llenó de vergüenza. Había dejado que un desconocido me tocara, que me hiciera sentir algo que nunca había sentido, y ahora resultaba que era mi hermanastro. Quería desaparecer del universo, no podía ser tan pésima mi suerte.
—¿Por qué no me dijiste nada de que te habías casado? —le pregunté a papá, bastante alterada con esta noticia. Mis manos temblaban a los lados de mi cuerpo y apreté los puños para que no se notara. Por dentro sentía rabia, no solo por lo que pasó, si no porque papá rehizo su vida sin nosotras y en secreto.
Papá respiró con la boca abierta. Tenía los ojos hundidos y la piel casi blanca.
—Katherine… lo siento. No supe cómo decírtelo.
Patrick de que estaba conmocionado como yo, Su mandíbula estaba tensa y evitaba mirarme directamente. —Los dejo solos un momento —dijo.
Se dio la vuelta y salió de la habitación. La puerta se cerró con un clic.
Me quedé sola con papá. El monitor del corazón hacía un pitido constante que me ponía nerviosa. Di un paso más cerca a la cama y lo miré fijamente.
—Me dejaste sola cuando tenía quince años. Desapareciste. Mamá murió y yo tuve que arreglármelas sola. Pagaba el alquiler, estudiaba hasta no poder más, y tú nunca apareciste. ¿Ahora quieres resarcirte? ¿Después de tanto tiempo?
Papá cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, estaban húmedos. —Estoy enfermo, Katherine. Los médicos dicen que me queda poco tiempo. Solo quiero arreglar las cosas contigo antes de que sea tarde. Perdóname, por favor.
Sentí un nudo en la garganta. Quería creerle, pero la rabia no me dejaba.
—Por años viví sin ti. Me acostumbré a no tenerte. No puedes aparecer ahora y pedirme que te perdone como si nada.
Él extendió una mano temblorosa hacia mí. —Por favor, ven a vivir a la casa. No quiero que estés sola otra vez. Es grande, hay espacio de sobra. Déjame hacer esto bien, aunque sea al final.
Dudé. Quería decirle que no, que ya era tarde. Pero vi cómo le costaba respirar y cómo sus dedos se movían temblorosos sobre la sábana. Al final bajé la mirada y asentí. —Está bien. Me mudaré.
Cuando salí de la habitación, Patrick estaba apoyado contra la pared del pasillo. Tenía los brazos cruzados y me miró con los ojos entrecerrados.
—Sabías algo de esto, ¿verdad? Te acercaste a mí en el avión a propósito.
Me detuve frente a él. Sentí fuego en las mejillas, una furia que me subía por el pecho. —No sabía nada. Y desde ahora te aborrezco. Lo que pasó en el avión nunca debió pasar.
Él no dijo nada más. Solo apretó la mandíbula y se apartó para dejarme pasar.
Llegué a la casa esa misma tarde. Una mujer abrió la puerta. Me miró de arriba abajo con los labios apretados y los ojos llenos de rabia. La reconocí enseguida: era la secretaria de papá, la que siempre estaba en su oficina cuando yo era niña, Susan, Ahora entendía todo. Ella había sido su amante.
—Soy Susana —dijo con voz cortante—. Tu padre me pidió que te acomodara.
Me llevó hasta una habitación grande en el segundo piso. Dejó mi maleta en el suelo y se quedó parada con los brazos cruzados. —No te acostumbres demasiado. Esta no es tu casa.
La miré directamente. Sentí rabia por su cinismo. —Tú eras la amante de mi padre. Ahora yo vengo a ocupar el lugar que siempre fue de mi madre. El de señora de esta casa.
Susana abrió la boca para contestar, pero la empujé suavemente hacia la puerta. —Ahora sal. Quiero estar sola.
Cerré la puerta con llave y me metí al baño. Abrí la ducha con agua caliente y me quité la ropa rápido.
Mientras el agua caía sobre mi cuerpo, no pude evitar recordar a Patrick. Sus manos, su voz ronca, la forma en que me había hecho correrme por primera vez. Mi mano bajó sola entre mis piernas. Empecé a tocarme despacio al principio, luego más rápido. Recordé cómo había entrado en mí en ese baño del avión y gemí bajito, mordiéndome el labio. Mis piernas temblaron y solté un gemido más fuerte cuando el orgasmo me llegó. Me quedé apoyada contra la pared, respirando agitada.
Cuando salí del baño con solo la toalla alrededor del cuerpo, vi a Patrick parado en la puerta de mi habitación.
—¡Quiero que hablemos de lo que pasó! —estaba muy alterado estresado, ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar lo que pasó.
—Vete de aquí —contesté —Los dos no tenemos nada de que hablar.
Me acerqué y lo empujé en el pecho con las dos manos. Quería que se fuera, que me dejara procesar el torbellino de emociones que sentía
Él no se movió. En cambio, me agarró las muñecas con suavidad pero muy firme y amenazante
—No voy a dejar que lastimes a mi madre, y que te aproveches de la enfermedad de papá.
—¡El es mi papá! Para mi tu madre y tu son unos vividores que me quitaron a mi padre —le grite furiosa.
En medio del forcejeo la toalla se me cayó al suelo, me quedé paralizada mientras veía como los ojos de Patrick se abrían al ver mi cuerpo desnudo.
—Yo... —tartamudeo
—¡Vete de aquí! Para mi eres mi enemigo —le dije mientras nerviosa me cubría con las manos.
Muy temprano al día siguiente, los tres llegamos al hospital. Susana, Patrick y yo caminábamos por el pasillo. Cuando entramos a la sala de espera, el médico salió con cada seria.
—¿Por que las enfermeras no nos han dejado ver hoy a mi esposo?¿Que pasa? —pregunto Susan asustada
—Lo siento mucho —dijo en voz baja—. Julio falleció hace una hora.
