Capítulo 4 Me falta el aire

Al llegar al Hotel Royal, lo primero que sentí fue un nudo en el estómago.

Todo lucía deslumbrante: lámparas de cristal, flores blancas por todas partes, camareros que se movían entre las mesas. 

Todos me saludaban con entusiasmo fingido, incluso a Bella, aunque desaprobaran un vestido tan corto y ajustado, ella los observaba con una sonrisa divertida mientras en voz baja, los criticaba uno por uno para mantenerme distraída.

Aun así, no podía dejar de pensar en Leo. ¿Lo vería esta noche? 

Sentía un peso en el pecho, un vacío que no podía sacudirme.

Y menos aun cuando algún invitado curioso se acercaba con las típicas preguntas:

¿Tienes pareja, Sofía? … Viniste sola…  Deberías casarte, querida… Tu hermana se va a casar…

 Sentía como si todos supieran, como si se burlaran de mí.

Fue entonces cuando mi madre se acercó, impecable en su vestido color perla, acompañada de una de sus amigas más cercanas.

—Janet, ¿te acuerdas de mi hija Sofía? —dijo con esa sonrisa encantadora que usaba solo en público.

—¡Por supuesto! —respondió Janet, devolviéndole el gesto—. Pero qué linda está Sofía, ya debería tener un pretendiente digno de ella.

Trágame tierra. Otra más.

Apreté los dientes, lista para responder con mi mejor sonrisa falsa, pero Bella a la que había ignorado al presentar a su amiga, se adelantó:

—Claro que sí, señora —dijo con un tono travieso—. Mi amiga está saliendo con un joven multimillonario y, además, está para chuparle hasta los deditos del pie.

Casi me atraganto con mi propio aire. ¿Qué estaba haciendo está loca?

La expresión de mi madre fue impagable: los ojos se le abrieron como platos, y su amiga Janet nos miró de arriba abajo, escandalizada por lo dicho.

—¿Está aquí esta noche? —Preguntó, curiosa a la vez. —. Me encantaría conocer a ese joven.

Abrí la boca para negar, pero Bella, sin perder su sonrisa, la interrumpió.

—Está un poco retrasado… pero ya viene.

Mi madre, que nunca soportó a Bella, fingió una sonrisa y se volvió hacia Janet:

—Disculpa, querida, parece que los novios ya están por llegar.

En cuanto se alejó, su rostro cambió por completo. La dulzura desapareció

—¿Podrías comportarte, Bella? —dijo con la voz baja, pero cortante—. ¿Acaso una huérfana como tú, puede hacerlo?

—¡Mamá! No te permito que le hables así —repliqué, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta.

—Tranquila, Sofi —intervino Bella con serenidad fingida—. Lo que diga tu madre me tiene sin cuidado.

—Hazme el favor de controlarla —replicó mi madre, llena de desprecio—. ¿Qué voy a decirle ahora a mi amiga cuando note que tu inexistente novio no aparece?

Bella sonrió, cruzándose de brazos con aire desafiante.

—Dile que su jet privado no quiso prender —respondió, con una mueca burlona y una ceja arqueada.

La mandíbula de mi madre se tensó. La vi respirar hondo, intentando mantener las apariencias.

Por un segundo, temí que explotara frente a todos, pero solo se giró bruscamente y se alejó con el paso rígido y elegante de quien vive fingiendo que nada la afecta.

Bella soltó una risita

—¿Cómo pudiste hacer eso? —pregunte  y ella me guiñó un ojo.

—Relájate, solo que estaba harta ya de escuchar lo mismo y respondí lo que querían escuchar. 

La miré, sin poder decidir si quería reír o llorar.

De repente, una corriente de murmullos recorrió la sala. El  alfitron, anuncio que entrarían los novios. Los camareros abrían paso hacia la entrada principal. Todos giraron la cabeza.

Había quedado en todo el medio del pasillo, cuando los vi. Adela apareció del brazo de su prometido. Llevaba un vestido azul marino que realzaba su piel dorada, el cabello recogido con delicadeza y una sonrisa radiante que iluminaba el salón entero. Todos aplaudían.

El hombre que caminaba junto a ella.

El que la miraba como si el mundo le perteneciera.

Leo.

Vi cómo saludaban a los invitados con una sonrisa tranquila, pero sus ojos azules pasaron rápidamente sobre mí, como si no me vieran, como si no importara. Como si nunca existí.

El tiempo se detuvo.

Bella apretó mi mano con fuerza.

—Sofi… respira —susurró, preocupada.

Pero no podía. No después de ver cómo él, el hombre que me había llamado aburrida y simple, ahora tenía la mano de mi hermana entrelazada con la suya. El anillo, siempre fue para ella. 

Adela, tenía una sonrisa victoriosa. 

—Maldita zorra, —escuché a Bella susurrar, aunque mis ojos seguían fijos en aquellos dos. Sabía que estaba pensando lo mismo que yo. 

El caos se desató en mi interior. ¡Cómo podían estar ahí, sonriendo tan felices! Estaba tan furiosa, tan confundida, quería gritar, quería decirle todo lo que pensaba. Fue entonces cuando mi madre, en medio del bullicio, se acercó rápidamente. Su rostro sostenía una gran sonrisa.

—¡Sofía, vamos! —exclamó, sujetándome del brazo con fuerza. —No hagas una escena, por favor. 

¿Realmente le importaba tanto lo que pensaran los demás? Apreté los dientes, tratando de calmarme.

—Mamá, ¿qué hace ella aquí con Leo? —mi mirada fue firme, clavada en los ojos de mi madre.

Con una mezcla de rabia contenida y tristeza, decidí no dar el paso que tanto deseaba. Me aparté de su agarre, solo para sentir el peso de su desaprobación en cada palabra que no decía. La incomodidad me calaba hasta los huesos.

—Sofía, por favor, no hagas nada que nos cause vergüenza. Te lo pido por el bien de todos. —dijo, como si el dolor que yo sentía fuera solo una molestia temporal, algo que se podría pasar por alto. —Luego aclaramos todo esto.

Fue entonces cuando Bella, incapaz de contenerse, alzó la voz.

—Señora, ¿ese es el novio de su hija? ¿Cómo pudo permitir esto? —preguntó indignada, sus ojos ardían de rabia.

—No te metas, huérfana —respondió mi madre con un tono despectivo, como si me hubiera marcado una línea en la que yo no debía cruzarme, como si mi dolor no fuera digno de ser atendido.

Esto era el colmo. Y en ese momento, con una sonrisa aún más falsa, el padre de Adela pidió hacer un brindis, levantando su copa por la pareja.

Supe en ese momento que era la distracción creada, para que yo saliera de allí. Mi madre, jalo de mi brazo con sutileza hacia fuera de salón, la seguí sin protestar.

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