Capítulo 5 Otra vez el
Caminé sin rumbo fijo.
Ni siquiera quería escuchar a mi madre, ni la discusión que estaba teniendo con Bella. Solo necesitaba alejarme de aquel hotel, de esas miradas, de las risas falsas… y de él.
Apenas crucé la puerta, las lágrimas empezaron a brotar sin control. No traté de contenerlas. Sentía una mezcla de rabia, dolor y confusión que me ahogaba con cada paso.
Aún no entendía qué había pasado. ¿Por qué me hacían esto? ¿Por qué justo Leo? ¿Por qué justo con ella?
No supe cuánto tiempo estuve caminando bajo la brisa fría de la noche, el maquillaje corriéndose por mis mejillas. Hasta que vi una pequeña cafetería en la esquina, iluminada por luces parpadeantes y un letrero que decía “Abierto”.
Sin pensarlo, entré.
Fui directo al baño y, al verme en el espejo, casi no me reconocí: los ojos hinchados, el rímel corrido, el cabello hecho un desastre.
Suspiré.
—Qué patética eres —murmuré, mientras me enjuagaba la cara con agua fría.
Mi teléfono no dejaba de sonar dentro del bolso.
Sabía que era Bella. Pero no tenía fuerzas para contestar. Solo quería un momento de silencio, de soledad.
Cuando salí del baño, decidí pedir un café. Me acerqué a la barra, tratando de recomponerme un poco.
—Un café americano, por favor —dije con la voz apagada.
El aroma del café recién hecho me dio una pequeña sensación de calma. Tomé la taza, di un sorbo me supo a gloria y me dirigí hacia una mesa del fondo.
Pero sin percatarme de la persona que venía entrando giré demasiado rápido y choqué de lleno.
El líquido caliente se derramó sobre la camisa del hombre que había entrado,
—¡Dios mío! ¡Lo siento muchísimo! —exclamé, dejando la taza en la barra y buscando servilletas a toda prisa.
Él retrocedió, sacudiéndose la camisa empapada y protestando por lo caliente.
—¿Es que no miras por dónde caminas? —soltó con un tono áspero.
Levanté la vista… y me quedé helada.
Era él.
El mismo hombre imponente con el que casi atropello días atrás.
Y ahora estaba frente a mí otra vez, con el ceño fruncido y esa mirada que parecía atravesarlo todo.
—Tú otra vez —dijo molesto, al reconocerme—. Empiezo a pensar que debería preocuparme cada vez que salgo a la calle.
—¿Crees tú que yo estoy muy contenta de verte? —gruñí, molesta—. Tal vez deberías dejar de estar siempre en mi camino.
Tomó las servilletas de mi mano sin apartar los ojos de mí. Su mirada era intensa, firme.
—Fue un accidente —añadí, intentando sonar firme—. Así que deja de mirarme con esa cara.
—Qué ironía… —respondió con media sonrisa—. Hoy fue un accidente, ¿y la otra vez también? ¿O simplemente tienes un problema conmigo?
Cerré los ojos un instante, respirando hondo. Estaba al límite. La noche ya había sido demasiado larga para lidiar con otro hombre que creía que el mundo giraba a su alrededor.
—Mire, señor… —empecé, sacando un billete del bolso—. Le pagaré la limpieza y asunto resuelto.
Él soltó una carcajada breve, grave, que me erizó la piel.
—No creo que tengas suficiente para reponer esta camisa.
—No me digas… ¿porque es una camisa costosísima de Armani? —repliqué, cruzándome de brazos, reconocía perfectamente la marca.
—Exactamente. —respondió con un tono de advertencia, dejando las servilletas sobre la mesa.
Nos miramos.
Nadie cedía.
Era una batalla de titanes.
Lo último que necesitaba esa noche era que otro hombre me humillara.
—Vaya… —murmuró él, con una media sonrisa arrogante—. No pensé que además de distraída fueras tan desafiante.
—Y yo no pensé que además de arrogante fueras tan insoportable —repliqué con el mismo tono.
Sus labios se curvaron apenas, como si mi respuesta le divirtiera. Estaba a punto de dar media vuelta, cuando una voz conocida irrumpió en el aire.
—¡Sofía! ¡Por fin te encuentro! —exclamó Bella, entrando como un torbellino por la puerta de la cafetería.
Su cabello alborotado y el vestido rojo que llevaba no pasaban desapercibidos.
—Te he buscado por todo el maldito hotel —continuó, jadeando un poco—. Tu madre casi me arranca la cabeza, y yo…
Se detuvo de golpe.
Sus ojos se abrieron con asombro al ver al hombre frente a mí.
—Oh… vaya… —dijo arrastrando la palabra mientras lo recorría de arriba abajo—. Ahora entiendo por qué te desapareciste, querida.
—Bella… no empieces, solo estoy con él por un tonto accidente—susurré
—¿Y cómo no voy a empezar? —replicó, mirando al hombre con una sonrisa traviesa—. ¿Quién es este espécimen tan… elegante?
Él mencionado arqueo una ceja.
—Un “especimen”
Bella rió con descaro.
—Es un cumplido. —Luego me miró—. Aunque debo admitir que tus “accidentes” están muy bien
—Bella, por favor… —murmuré, deseando que la tierra me tragara.
—Bueno, creo que debería irme antes de que algo más me quieras hacer—dijo él
—No te preocupes —intervino Bella, dándole una servilleta con su número escrito—. Por si la camisa necesita una compensación… o una cita.
Casi me atraganto. Pero cuando escribió su número
—¡Bella! —le espeté, completamente avergonzada.
Él tomo la servilleta y luego me miró a mí. Se marchó.
Bella suspiró teatralmente.
—Sofía, cariño… si no lo quieres tú, te juro que yo sí lo hago.
—Bella, por favor…
