Capítulo 6 Llegada inesperada
A pesar de lo ocurrido, intenté poner mi mejor cara mientras empujaba la puerta de vidrio de la oficina. El reflejo borroso de mi rostro me devolvió una expresión más frágil de lo que quería admitir. No era el lugar donde deseaba estar, pero el trabajo era lo único que tenía para mantener mi mente ocupada, para no pensar ni sentir demasiado.
El olor a café recién hecho inundó mis fosas nasales apenas crucé el umbral. Inhalé profundamente, dejando que el aroma tibio me envolviera. Por un segundo, casi logré convencerme de que todo estaba en orden.
—Un día normal… —murmuré, intentando que las palabras sonaran reales.
Caminé a paso firme entre los escritorios, escuchando el zumbido constante del aire acondicionado y el eco suave de mis tacones.
Al llegar a mi escritorio vi a José, puntual como siempre, revisando una pila de papeles con más rigidez de lo habitual. Su escritorio estaba justo al lado del mío. Tenía el ceño ligeramente fruncido y los hombros tensos, como si estuviera esperando algo.
Alzó la vista apenas me vio.
—Llegas tarde, Sofía —dijo en voz baja, aunque el tono no era acusador, sino como una abvertencia.
Mi estómago se encogió. Giré la muñeca y miré el reloj. Las ocho en punto.
—Son las ocho —respondí, segura—. Yo nunca llego tarde.
José no replicó. En cambio, levantó discretamente el mentón hacia el fondo de la oficina. Seguí la dirección de su gesto. A través del vidrio esmerilado de la oficina de la jefa se distinguía claramente la luz encendida y una sombra que se movía.
—¿Qué hace aquí tan temprano? —pregunté, bajando la voz.
José se encogió de hombros.
—Llegué a las siete cuarenta y cinco y la luz ya estaba encendida. Desde entonces no ha salido… y no ha pedido café.
Eso sí era extraño. Nuestra jefa jamás empezaba el día sin su café perfectamente servido
Me senté en mi puesto, dejé el bolso a un lado y encendí el computador. La pantalla iluminó mi rostro con una luz fría. Abrí carpetas al azar, acomodé documentos, intenté parecer concentrada. Mi corazón latía más rápido de lo normal. Que estuviera allí tan temprano solo podía significar problemas.
Levanté la vista una vez más. La silueta tras el vidrio caminaba de un lado a otro.
Genial. Ni siquiera ha empezado el día y ya parece una prueba de resistencia.
Enderecé la espalda. Solo tenía que pasar desapercibida. Cumplir con mi trabajo. No cometer errores.
Un día normal....
Apenas unos minutos después comenzaron a llegar los demás. Marta y Alexaida, de contabilidad, entraron conversando animadamente. Detrás de ellas, Javier y Esmeribel, de cobranzas, reían por algo que seguramente perdería gracia en cuanto cruzaran la oficina.
Y así fue.
Las miradas empezaron a dirigirse hacia el fondo. Los murmullos crecieron
—¿Desde cuándo está aquí?
—¿Habrá auditoría?
—¿Pasó algo?
Negué con la cabeza. No tenía energía para especulaciones. Abrí el correo y comencé a revisar las facturas del día. Descuentos, vencimientos, transferencias. Números. Cifras ordenadas. Cosas que sí tenían sentido.
Hasta que, por el rabillo del ojo, vi el periódico que Marta había dejado sobre su escritorio.
No quería mirar.
Pero miré.
Ahí estaba. En primera plana. La fotografía impecable de mi hermana sonriendo, con el titular anunciando su compromiso. Junto a Leo.
Sentí una punzada en el estómago.
¡Joder!
Aparté la mirada de inmediato, pero el daño ya estaba hecho. La imagen quedó grabada en mi mente.
Concéntrate. En el trabajo. Tú puedes. No vale la pena llorar por ellos.
Repetí esas palabras como un mantra silencioso. Inspiré. Exhalé. Volví a las facturas. Los números se mezclaban por momentos, pero me obligué a enfocarme.
......
El reloj avanzó más rápido de lo que esperaba. 10:00 a. m.
El teléfono de José sonó y el sonido rompió la tensión acumulada, llevaba dos horas trabajando sin parar.
—Sí… sí, enseguida.
Su voz cambió. Cuando colgó, estaba más rigido que antes.
—Respira —le murmuré, intentando sonar tranquila.
Me miró como si acabara de ver un fantasma.
—Sofía… el nuevo presidente ya está aquí.
El aire pareció volverse más denso.
—¿Qué? ¿Cuándo llegó?
La respuesta no hizo falta.
Mi jefa apareció detrás de nosotros, apresurada, con dos cafés en la mano. Dejó el bolso sobre mi escritorio sin siquiera mirarme. Se acomodó la chaqueta, alisó su falda y adoptó una sonrisa impecable, casi ensayada.
Luego entró en su oficina.
La puerta se cerró.
Los murmullos estallaron de inmediato.
—Sofía, apúrate —dijo José, reaccionando por fin—. Preparemos la sala de reuniones. Tenemos una hora para convocar a todos.
Asentí.
Me levanté, alisé mi blusa y caminé hacia la sala sintiendo que algo iba a cambiar. El nuevo presidente quiere una reunión urgente.
Un día normal, me había dicho.
Pero ya no lo era. Empezo la prueba de resitencia, y ya llevo 5 minutos de retraso, solo tenemos una hora.
