Capítulo 7 El nuevo presidente

La oficina entera parecía haber entrado en estado de emergencia silenciosa.

—Tenemos menos de una hora —dijo José, revisando su reloj por tercera vez en menos de un minuto—. Y hay que confirmar la asistencia de todos los jefes de área.

—Yo me encargo de la sala —respondí sin pensarlo demasiado.

Necesitaba moverme.

Entré en la sala de juntas. Las persianas estaban medio cerradas, dejando pasar una luz grisácea que no ayudaba en nada. Encendí el interruptor.

Parpadeo.

Oscuridad parcial.

—Genial… —murmuré.

Uno de los bombillos del techo estaba fundido, dejando un sector de la mesa en penumbra. Justo el extremo donde se sentaría el nuevo presidente. Perfecto.

Busqué el teléfono de la sala y llamé a mantenimiento. Necesitaban cambiar urgentemente ese bombillo. Rápidamente contestaron:

—Buenos días, mantenimiento. Habla Brayan —dijo una voz al otro lado de la línea.

—Buenos días, Brayan. Necesito que vengas a la sala de juntas; hay un bombillo que debe cambiarse con urgencia.

—Ok —respondió, colgando casi de inmediato.

No sabía quién era Brayan ni dónde estaría el jefe de mantenimiento. Aun así, comencé a organizar lo básico: alineé las sillas, dispuse bolígrafos nuevos, agendas de anotación, servilletas, jarras de agua, el termo de café, las tazas y los vasos perfectamente alineados. Ajusté el proyector y probé la pantalla. Funcionaba.

Miré el reloj. Hacía veinte minutos que había llamado a mantenimiento y no habían aparecido.

Salí de la sala casi chocando con José.

—José, todo está listo adentro. Solo falta cambiar un bombillo quemado —le dije.

Él cerró los ojos un segundo.

—No puede ser.

—Sí puede. Y es justo el del centro.

José se pasó la mano por el cabello, visiblemente alterado.

—Voy a buscar al personal de mantenimiento —me dio las carpetas que tenía en la mano—. Solo acomoda los balances en cada asiento.

—Ok, pero date prisa.

Lo vi alejarse por el pasillo mientras yo regresaba a la sala. Mientras acomodaba las carpetas, miré hacia el techo otra vez. No era tan alto. Podía alcanzarlo con una escalera… o con una silla firme.

Con mucho cuidado acomodé una silla en medio de la mesa para subirme y quitar el bombillo.

—Si me mato electrocutada, al menos no tendré que asistir a la reunión —murmuré para mí misma, notando que aún no había apagado las luces.

Corrí rápidamente a apagarlas justo cuando entró José.

—Sofía, no había nadie en el departamento de mantenimiento —jadeó—. Pero encontré esto.

Me extendió el bombillo nuevo. Lo tomé con cuidado.

—No te preocupes, yo misma lo cambiaré —dije con firmeza—. Encárgate de terminar de colocar las carpetas y ve por un paño para limpiar la mesa.

Subí con cuidado, sintiendo el leve tambaleo bajo mis pies. Estiré la mano y quité el vidrio que cubría la base del bombillo.

—José, toma —dije, pasándole el vidrio, que estaba algo pesado.

Desenrosqué el bombillo fundido con movimientos lentos y cuidadosos.

—Pásame el nuevo.

Mi corazón latía con fuerza, aunque no sabía si por el esfuerzo físico o por la presión acumulada del día.

—Iré por el paño —comentó José, saliendo de prisa.

Sostuve el bombillo nuevo entre mis dedos. Solo faltaba girarlo en su lugar y volver a colocar el vidrio.

Hasta que una voz masculina, grave y serena, habló justo detrás de mí.

—Espero que eso no esté en la descripción de su cargo.

No reconocí la voz, pero aun así respondí, sin girarme todavía:

—Por suerte para esta empresa, puedo hacer de todo.

El trabajo estaba terminado. Descendí lentamente de la silla, consciente de cada movimiento. Cuando mis pies tocaron el suelo, levanté la vista.

Y ahí estaba.

Un hombre de traje oscuro impecable, postura recta, manos relajadas a los costados. No pude distinguir bien su rostro; la sala seguía en penumbra y la luz gris que entraba por las persianas apenas dibujaba su silueta.

—¿Podría encender la luz, por favor? —pedí con naturalidad, como si no hubiera estado de pie sobre una mesa hacía apenas segundos.

Él no respondió de inmediato, pero escuché el clic del interruptor.

La sala se inundó de luz blanca. Sentí una breve satisfacción por el trabajo bien hecho.

Parpadeé un segundo, adaptándome. Aproveché ese instante para moverme rápido. Tomé un par de servilletas y comencé a limpiar la mesa donde la base de la silla había dejado marcas.

—Disculpe el desorden —añadí—. La sala tenía un pequeño inconveniente técnico.

Podía sentir su mirada sobre mí. Demasiado atenta.

Mis manos se movían con rapidez, repasando la superficie de madera una y otra vez, aunque ya estuviera limpia. Mi pulso aún iba acelerado.

—¿Siempre resuelve usted misma los “inconvenientes técnicos”? —preguntó con el mismo tono calmo.

—Solo cuando el tiempo no está de nuestro lado —respondí, tirando las servilletas a un lado y enderezándome por completo.

Antes de que pudiera añadir algo más, la puerta se abrió con algo de brusquedad.

—¡Señor! Disculpe la demora —dijo el jefe de mantenimiento, entrando apresurado junto a José—. Tuvimos un inconveniente con el ascensor y no pude venir a solucionar antes.

Se detuvo en seco al ver al hombre frente a mí. Su expresión cambió al instante.

—Señor presidente —dijo, enderezándose de inmediato—. Veo que el problema ya fue solucionado.

—Sí —respondió el presidente con calma—. La señorita se encargó.

Presidente.

La palabra cayó como un golpe seco en mi pecho.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me giré lentamente.

Y entonces lo vi con claridad.

Rostro definido. Mirada firme y oscura, sin ninguna expresión aparente.

Era…

No.

No podía ser.

Otra vez él.

El hombre que casi atropelló y al que le derramé café la noche anterior.

El nuevo presidente.

El aire pareció desvanecerse a mi alrededor.

Y entonces lo noté.

Una leve sonrisa curvó sus labios al mirarme.

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