Capítulo 2 El hombre que olvidó mi nombre
El hombre que olvidó mi nombre
Cinco años después, el espejo del baño de mi pequeño apartamento me devolvía una versión más dura de la mujer que una vez se arrodilló en un jardín con un vestido blanco manchado de barro.
El pelo ya no llegaba a la cintura. Lo llevaba recogido en un moño bajo y estricto. El maquillaje era mínimo, solo lo suficiente para parecer profesional y no vulnerable. El traje negro de chaqueta y pantalón había costado casi un mes de alquiler, pero proyectaba exactamente lo que necesitaba: control. Distancia. Una armadura.
Hoy era mi primer día como asistente personal de Alexander Schumacher.
La ironía me sabía a metal en la boca cada vez que lo pensaba.
Había pasado los últimos cinco años reconstruyéndome desde cero. Trabajos temporales, noches de estudio, un título que conseguí a base de café y orgullo herido. Nunca busqué noticias de él. Nunca acepté las llamadas de Sofía. Nunca abrí los sobres con el membrete de la fundación Schumacher que llegaban cada diciembre como si el dinero pudiera borrar lo que había hecho. Y sin embargo, aquí estaba, frente al espejo, preparándome para volver a respirar el mismo aire que él.
El edificio de Schumacher Industries se elevaba en el centro financiero como una amenaza de cristal y acero. Al cruzar las puertas giratorias sentí que el pasado me golpeaba en el pecho con la misma fuerza que el día de la boda. El vestíbulo olía a mármol limpio, a dinero viejo y a promesas rotas. La recepcionista me sonrió con profesionalidad y me entregó una tarjeta de acceso provisional.
—El señor Schumacher la espera en el piso cuarenta y dos. Ascensor privado a la izquierda.
El ascensor subió en silencio. Cada número que se iluminaba en el panel era un segundo más de preparación mental. Me repetí el juramento una y otra vez: no soy la misma. Él no tiene poder sobre mí. Esto es solo un trabajo. Un trabajo muy bien pagado que me permitirá terminar de pagar la deuda del tratamiento de mi padre y después irme lo más lejos posible.
Las puertas se abrieron.
El piso cuarenta y dos era un espacio abierto de cristal, luz natural y silencio absoluto. Una joven de aproximadamente mi edad se levantó de un escritorio impecable y me extendió la mano.
—Elena Rivera, ¿verdad? Soy Clara, la asistente anterior. Estaré aquí solo esta semana para hacer la transición. El señor Schumacher está en su oficina. Puede pasar.
Asentí. Crucé el pasillo con pasos medidos. La puerta de madera oscura estaba entreabierta. Respiré hondo una última vez y entré.
Alexander Schumacher estaba de pie frente al ventanal panorámico, de espaldas a mí, con las manos en los bolsillos del pantalón. La luz de la mañana delineaba su silueta. Más alto de lo que recordaba. Los hombros más anchos. El pelo todavía oscuro, aunque ahora con algunos hilos grises en las sienes que no estaban ahí hace cinco años. Cuando se giró, el mundo se detuvo por un segundo completo.
Sus ojos grises me miraron sin reconocimiento alguno.
—Señorita Rivera —dijo con esa voz grave que todavía tenía el poder de atravesarme—. Puntual. Bien.
No había rastro de la sorpresa, la culpa o el alivio que yo había imaginado mil veces en mis peores noches. Solo cortesía profesional. Como si yo fuera cualquier otra candidata y no la mujer a la que había dejado plantada frente a trescientas personas.
Me obligué a avanzar y a extender la mano.
—Señor Schumacher.
Su mano envolvió la mía. La misma temperatura. La misma fuerza. El mismo calor que una vez me había hecho sentir segura. Lo solté demasiado rápido.
—Siéntese —indicó, señalando la silla frente a su escritorio—. Clara le habrá explicado lo básico, pero prefiero hacerlo yo mismo. Mi anterior asistente renunció de forma abrupta la semana pasada. Necesito a alguien que pueda manejar mi agenda, mis viajes, las reuniones confidenciales y, sobre todo, que no se deje intimidar. El ritmo aquí es exigente.
Asentí mientras él hablaba. Mi mente, sin embargo, estaba en otra parte. En el hecho de que no me reconocía. En absoluto. Ni un destello. Ni una duda. Como si los dos años que compartimos hubieran sido borrados de su memoria con la misma facilidad con la que se borra un mensaje de texto.
—Hay algo más —continuó, y por primera vez su expresión cambió ligeramente—. Hace tres semanas sufrí un accidente de coche. Nada grave, aparentemente. Salí caminando. Pero desde entonces hay… lagunas. Fragmentos de los últimos años que no consigo recuperar del todo. Los médicos lo llaman amnesia selectiva. Mi equipo legal y mis socios están al tanto. Usted también debería estarlo, porque habrá momentos en los que necesitaré que me recuerde cosas que yo no recuerdo.
El aire se volvió denso.
Amnesia.
Las tres palabras del mensaje de hace cinco años resonaron en mi cabeza con una crueldad nueva. Lo siento. No puedo. Ahora resultaba que ni siquiera recordaba haberlas escrito.
—Entiendo —logré decir. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Alexander me observó unos segundos más de los necesarios. Inclió ligeramente la cabeza, como si intentara colocar mi rostro en algún rincón olvidado de su mente.
—¿Nos conocemos de antes, señorita Rivera?
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que estuve segura de que se escuchó en toda la oficina.
—No —mentí—. Es la primera vez que nos vemos.
Él no pareció del todo convencido, pero tampoco insistió. Se limitó a asentir y a entregarme una tableta con su agenda de la semana.
—Empiece por confirmar la reunión de las once con el consejo. Después necesito que prepare el informe de la adquisición de Langford. Clara le mostrará dónde están los archivos. Cualquier duda, pregunte. No me gusta perder el tiempo.
Me levanté. Cuando llegué a la puerta, su voz me detuvo.
—Señorita Rivera.
Me giré.
Alexander Schumacher me miraba con una intensidad que no correspondía a un jefe conociendo a su nueva asistente.
—Tiene unos ojos… familiares. Como si los hubiera visto en un sueño que no termino de recordar.
Sonreí con la boca, no con el alma.
—Debe ser la luz de la mañana, señor Schumacher.
Salí de la oficina con las piernas temblando y el juramento de hace cinco años ardiendo en la garganta. Cerré la puerta tras de mí y me apoyé un segundo contra la pared de cristal del pasillo.
Él no recordaba la boda.
No recordaba el mensaje.
No recordaba haberme destruido.
Y sin embargo, algo en su mirada acababa de decirme que el pasado no estaba tan muerto como yo necesitaba que estuviera.
Clara se acercó con una sonrisa profesional.
—¿Todo bien? El señor Schumacher puede ser intenso los primeros días.
—Todo perfecto —respondí.
Mentí por segunda vez en menos de diez minutos.
Porque nada estaba bien.
Y por primera vez en cinco años, el hombre que me había dejado plantada en el altar volvía a tener poder sobre mí… aunque él todavía no lo supiera.
