Capítulo 3 La cercanía que no pedí
La cercanía que no pedí
El resto de la mañana transcurrió en un silencio tenso que solo se rompía cuando Clara me explicaba el sistema de archivos o cuando el teléfono de la oficina sonaba con alguna llamada que yo debía filtrar.
Me senté en el escritorio que ahora era mío, justo frente a la puerta de cristal esmerilado de Alexander. Desde allí podía ver su silueta cada vez que se levantaba o caminaba hacia el ventanal. Cada movimiento suyo me mantenía en un estado de alerta constante, como si mi cuerpo recordara un peligro que mi mente se empeñaba en negar.
Abrí la tableta y empecé a revisar la agenda. Reunión con el consejo a las once. Almuerzo con los abogados de la adquisición Langford a la una. Videoconferencia con la sede de Londres a las cuatro. Todo estaba perfectamente organizado, frío y profesional. Exactamente como yo necesitaba que fuera.
A las diez y media, la puerta de su oficina se abrió.
—Señorita Rivera. Entre un momento.
Me levanté con la espalda recta y entré llevando la tableta contra el pecho como un escudo. Alexander estaba sentado detrás del escritorio, las mangas de la camisa blanca subidas hasta los codos, el pelo ligeramente desordenado como si se hubiera pasado la mano por él varias veces. Levantó la vista cuando me detuve frente a él.
—Necesito que revise este contrato antes de la reunión. Hay una cláusula en la página diecisiete que no me convence. Quiero su opinión.
Extendió un documento grueso. Al tomarlo, nuestros dedos se rozaron. Fue un contacto mínimo, casi accidental, pero el calor de su piel me recorrió el brazo como una corriente eléctrica. Aparté la mano demasiado rápido. Él frunció el ceño apenas un segundo, como si también hubiera notado algo extraño.
—Por supuesto —respondí, y me senté en la silla de visitas sin esperar a que me lo indicara.
Empecé a leer. El lenguaje legal era denso, pero me concentré con todas mis fuerzas. Mientras mis ojos recorrían las líneas, sentía su mirada sobre mí. No era la mirada de un jefe evaluando a una empleada. Era otra cosa. Más intensa. Más curiosa.
—¿Hace cuánto tiempo trabaja en este tipo de entornos? —preguntó de pronto.
—Cuatro años —mentí solo a medias—. Empecé como asistente administrativa en una firma más pequeña y fui subiendo.
Él asintió lentamente.
—Y antes de eso?
Levanté la vista. Sus ojos grises me observaban con una atención que me ponía nerviosa.
—Vidas anteriores, señor Schumacher. Nada relevante para este puesto.
Una sombra de sonrisa cruzó su boca.
—Directa. Me gusta.
Volví al contrato. Encontré la cláusula que le preocupaba y se la señalé.
—Aquí. Esta redacción deja demasiado margen a la otra parte en caso de incumplimiento. Si modifica el párrafo de esta forma… —deslicé la tableta hacia él y escribí una propuesta alternativa— reduce el riesgo considerablemente.
Alexander se inclinó para leer. Su hombro casi rozó el mío. El aroma de su colonia —la misma que usaba hace cinco años, madera y algo cítrico— me golpeó con tanta fuerza que tuve que contener la respiración. Por un instante estuve otra vez en su penthouse, en una noche de invierno, con su boca en mi cuello y sus manos en mi cintura.
Parpadeé con fuerza y me aparté un centímetro.
Él no se movió de inmediato. Cuando por fin levantó la cabeza, nuestras caras quedaron demasiado cerca.
—Buena observación —dijo en voz baja—. Muy buena.
Hubo un silencio denso. Sus ojos bajaron un segundo a mi boca y después volvieron a subir. Yo sentí el corazón golpeándome las costillas con violencia.
Entonces el teléfono de su escritorio sonó y el momento se rompió.
Alexander contestó. Mientras hablaba, yo aproveché para levantarme y regresar a mi sitio con el contrato en la mano. Las piernas me temblaban ligeramente. Me odié por ello.
A las once en punto entraron los miembros del consejo. Me quedé fuera, coordinando cafés y documentos, pero a través del cristal podía verlo. La forma en que se movía, la autoridad natural con la que dirigía la reunión, la sonrisa cortés que nunca llegaba del todo a los ojos. Era el mismo hombre… y al mismo tiempo no lo era. Este Alexander no tenía el brillo de complicidad que yo había conocido. Este Alexander cargaba una sombra detrás de la mirada, como si parte de él estuviera permanentemente ausente.
Cuando la reunión terminó y los hombres de traje se marcharon, él me hizo señas para que entrara otra vez.
—Vamos a almorzar. Necesito repasar el informe Langford y no pienso hacerlo con el estómago vacío. Clara ya reservó mesa en el restaurante del piso sesenta.
—No es necesario que yo…
—Si es necesario. Es parte del trabajo. Traiga la tableta.
No había espacio para discusión. Recogí mis cosas y lo seguí hasta el ascensor privado. El espacio se sintió demasiado pequeño en cuanto las puertas se cerraron. Alexander se apoyó en la pared contraria y me observó en silencio durante varios pisos.
—Tiene una forma particular de mirarme, señorita Rivera —dijo de pronto—. Como si estuviera buscando algo que no encuentra.
Mi pulso se aceleró.
—Solo estoy prestando atención, señor Schumacher. Es mi trabajo.
Él inclinó la cabeza, sin convencerse del todo.
—Anoche soñé con una iglesia. Había flores blancas y mucha gente. Y una mujer de espaldas con un vestido largo. No recuerdo su cara. Solo recuerdo que cuando intenté acercarme… desapareció.
El aire se me atascó en la garganta. Afortunadamente las puertas del ascensor se abrieron en ese preciso momento y pude salir antes de que él viera la expresión de mi rostro.
El restaurante del piso sesenta era elegante y silencioso. Nos sentaron junto a los ventanales. Alexander pidió por los dos sin consultarme, exactamente igual que hacía años atrás. Yo no protesté. Me limité a abrir la tableta y a centrarme en el informe mientras el camarero servía el agua.
Durante casi una hora trabajamos. O al menos eso intenté. Cada vez que él se inclinaba para señalar algo en la pantalla, su brazo rozaba el mío. Cada vez que hablaba, su voz me arrastraba al pasado. Y cada vez que nuestros ojos se encontraban, yo sentía que la mentira que había construido esa misma mañana se volvía un poco más frágil.
Cuando por fin cerré la tableta, Alexander se recostó en la silla y me miró con una expresión que no supe interpretar.
—Usted no es solo una asistente eficiente, Elena —dijo usando mi nombre por primera vez—. Hay algo más. No sé qué es todavía. Pero lo averiguaré.
La forma en que pronunció mi nombre me recorrió la espalda como un escalofrío.
Sonreí con frialdad profesional.
—Hay poco que averiguar, señor Schumacher. Soy exactamente lo que ve.
Él no respondió. Solo sostuvo mi mirada un segundo más y después hizo una seña al camarero para pedir la cuenta.
Mientras bajábamos otra vez en el ascensor, el silencio entre nosotros era distinto. Más pesado. Más peligroso.
Y por primera vez desde que había cruzado las puertas del edificio esa mañana, tuve la certeza absoluta de que cinco años no habían sido suficientes.
Porque Alexander Schumacher, incluso sin memoria, seguía siendo capaz de desarmar cada una de las defensas que yo había construido con tanto cuidado.
Y eso me aterraba más que cualquier humillación pública.
