Capítulo 4 El peso de las horas extras

El peso de las horas extras

La tarde se alargó más de lo que cualquiera de los dos había planeado.

A las seis Clara se había marchado con una sonrisa de disculpa y un “suerte con él, es intenso cuando se obsesiona con un trato”. Me dejó sola en el piso cuarenta y dos, con el silencio roto únicamente por el tecleo lejano de algún teclado en otro departamento y el latido constante de mi propia sangre en los oídos. Desde mi escritorio veía la silueta de Alexander tras el cristal esmerilado. Caminaba de un lado a otro, el teléfono pegado a la oreja, la otra mano en la cadera. Cada tanto se detenía frente al ventanal y se quedaba inmóvil, como si buscara algo en el horizonte de la ciudad que no terminaba de encontrar.

A las siete y diez la puerta se abrió con brusquedad.

—Señorita Rivera. Entre. Y traiga absolutamente todo lo de Langford. Acabo de recibir un correo que cambia las reglas del juego.

Entré con el portátil, la tableta y la carpeta física. El ambiente de la oficina había cambiado. La luz del atardecer entraba en diagonal, teñiendo de cobre el cristal y el metal. Alexander se había quitado la chaqueta hacía rato. La corbata colgaba floja alrededor del cuello. Las mangas de la camisa blanca estaban subidas hasta los codos, revelando antebrazos tensos y una vena que latía con fuerza cuando apretaba la mandíbula.

—Siéntese aquí —dijo, señalando la silla junto a la suya, no la de visitas.

El espacio entre nosotros era mínimo. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo y el aroma familiar de su colonia mezclado con café frío y una nota de estrés. Abrí los archivos. Él me explicó el problema con voz baja y precisa: los abogados de Langford habían introducido una cláusula de último minuto que les daba poder de veto sobre cualquier decisión estratégica durante los primeros dieciocho meses. Si no la neutralizábamos antes de la medianoche, el trato entero podía caerse.

Trabajamos hombro con hombro. Cada vez que él se inclinaba para señalar un párrafo, su brazo rozaba el mío. Cada vez que yo le pasaba la tableta, nuestros dedos se tocaban un segundo de más. Yo fingía no notarlo. Él no se apartaba.

A las ocho y media el estómago me traicionó con un ruido bajo. Alexander levantó la vista, una ceja arqueada, y sin decir palabra sacó el teléfono.

—Dos cenas. Lo de siempre para mí. Para ella… —me miró—. ¿Alergias?

—Ninguna.

—Entonces lo mismo. Y café. Mucho café.

Veinte minutos después un guardia de seguridad subió con dos bolsas del restaurante del piso sesenta. Comimos en silencio sobre el escritorio, rodeados de papeles y pantallas. Él comía con la misma eficiencia con la que firmaba contratos. Yo apenas probé bocado. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos, sentía que me desnudaba por capas.

—Usted escribe de una forma muy controlada —dijo de pronto, limpiándose los labios con una servilleta—. Como si cada palabra estuviera calculada para no entregar nada personal. Me resulta… familiar. Y molesto a la vez.

—Es solo profesionalismo, señor Schumacher.

—No. Es armadura. Yo reconozco armaduras. Llevo semanas viviendo dentro de una.

Se pasó una mano por el pelo, frustrado, y el gesto me golpeó el pecho. Era exactamente el mismo que hacía años atrás cuando algo se le escapaba de las manos.

—Anoche volví a soñar con la iglesia —continuó, mirando el ventanal—. Esta vez fue más claro. Había peonías blancas. El olor era tan fuerte que todavía lo siento. Y la mujer de espaldas tenía el pelo muy largo, hasta la cintura. Yo intentaba llegar hasta ella. La gente murmuraba. Alguien lloraba. Y cuando por fin iba a tocarle el hombro… desapareció. Como humo.

Mi tenedor quedó suspendido en el aire.

—Los sueños no siempre significan nada —susurré.

—Este sí. Me duele aquí —se tocó el centro del pecho con dos dedos—. Como si hubiera dejado algo importante a medias. Como una deuda.

El silencio que siguió fue espeso. Demasiado íntimo para ser solo de jefe y asistente.

A las diez y cuarto terminamos las correcciones. El contrato estaba a salvo. Me levanté para recoger mis cosas, necesitando aire y distancia con desesperación. Alexander también se puso en pie. El movimiento fue demasiado rápido. Nos encontramos de frente, el pecho de él a apenas un palmo del mío. Ninguno retrocedió.

Sus ojos grises bajaron a mi boca. Yo sentí el pulso martilleándome en la garganta con tanta fuerza que estuve segura de que él podía oírlo. El recuerdo de otras noches, de su boca en la mía, de sus manos sujetándome la cintura mientras me prometía para siempre, me golpeó tan fuerte que tuve que clavar las uñas en las palmas para no cerrar los ojos.

—Elena… —dijo mi nombre en voz baja, como quien prueba una palabra prohibida.

El sonido me desarmó.

En ese preciso instante el teléfono de su escritorio sonó, agudo, salvaje, imposible de ignorar.

Alexander parpadeó, como si saliera de un trance, y contestó. Su expresión cambió al instante.

—Victor. ¿Qué quieres a estas horas?

Escuché la voz distorsionada al otro lado. No pude distinguir las palabras, pero el tono era tenso. Alexander escuchó en silencio durante casi un minuto. Su mandíbula se endureció.

—No. No voy a discutir esto ahora. Mañana en la oficina. Y Victor… no vuelvas a mencionar ese nombre en una llamada. ¿Quedó claro?

Colgó con más fuerza de la necesaria. Se quedó mirando el teléfono unos segundos, la respiración un poco más pesada.

—Problemas? —pregunté, aunque no estaba segura de querer la respuesta.

—Victor Lang cree que todavía tiene derecho a opinar sobre decisiones que ya no le corresponden —respondió con sequedad—. Olvídalo.

Me dirigí a la puerta. Necesitaba irme antes de que el momento anterior se repitiera. Antes de que yo rompiera.

—Señorita Rivera.

Me detuve sin girarme del todo.

Alexander estaba de pie junto al escritorio, una mano apoyada en la superficie de madera oscura, la otra apretada en un puño. Su mirada ya no era la del jefe controlado. Había algo roto detrás de ella. Algo que se asomaba a la fuerza.

—Hace cinco años… —empezó, y la voz se le quebró apenas un segundo—. Hace cinco años yo estaba en una iglesia. Lo sé. No sé cómo lo sé. Pero estaba allí. Y dejé a alguien. Alguien importante. Alguien que…

Se llevó una mano a la sien con un gesto de dolor súbito. El color se le fue del rostro. Dio un paso torpe hacia atrás y se apoyó en el borde del escritorio.

—Alexander —dije su nombre sin pensar, avanzando hacia él.

Él levantó la vista. Por primera vez en todo el día, sus ojos me miraron como si realmente me viera. Como si una grieta se hubiera abierto en la pared de su amnesia y algo del otro lado lo estuviera mirando fijamente.

—Tú… —susurró—. Tú estabas allí. ¿Verdad?

El mundo se detuvo.

Antes de que yo pudiera responder, antes de que pudiera mentir o huir o gritar, Alexander Schumacher se llevó las dos manos a la cabeza y emitió un sonido bajo, animal, de puro dolor. Las rodillas le flaquearon. Tuve que sujetarlo para que no cayera.

Y en ese instante, mientras su peso caía contra mí y su respiración se volvía irregular contra mi cuello, supe que la mentira que había construido esa misma mañana estaba a punto de hacerse añicos.

Porque el hombre que me había dejado plantada en el altar estaba

empezando a recordar.

Y yo no estaba preparada para lo que vendría cuando lo hiciera del todo.

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