Capítulo 5 Lo que la memoria no puede callar
Lo que la memoria no puede callar
El peso de Alexander contra mí fue tan repentino que casi nos llevamos ambos al suelo.
Su frente quedó apoyada en el hueco de mi cuello. La respiración le salía entrecortada, caliente, irregular. Las manos que se había llevado a la cabeza ahora se aferraban a mis brazos con una fuerza desesperada, como si yo fuera el único punto fijo en medio de un terremoto interno. Sentí el temblor que le recorría todo el cuerpo. Un temblor profundo, visceral, que no tenía nada que ver con el frío del aire acondicionado.
—Alexander —repetí su nombre, esta vez más alto, más urgente—. Míreme. Necesito que me mire.
Él levantó la cabeza con dificultad. Las pupilas le estaban dilatadas. El color había abandonado su rostro por completo, dejándolo de un gris enfermizo bajo la luz dorada de los ventanales. Por un segundo sus ojos grises se clavaron en los míos con una intensidad que me heló la sangre. Había reconocimiento. Había confusión. Había dolor. Y había algo más, algo antiguo y roto que intentaba abrirse paso a la fuerza.
—Tú… estabas allí —volvió a decir, la voz ronca, casi irreconocible—. En la iglesia. Con el vestido blanco. Yo… yo te dejé.
Las palabras cayeron entre nosotros como piedras.
Antes de que pudiera responder, un nuevo espasmo de dolor le cruzó el rostro. Se dobló hacia adelante con un gemido bajo y se llevó una mano a la sien derecha con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Tuve que sujetarlo por la cintura para evitar que cayera de rodillas.
—No se mueva —ordené, aunque mi propia voz temblaba—. Voy a llamar a seguridad. O a un médico. Usted no puede quedarse así.
—No —gruñó entre dientes—. No quiero médicos. No quiero que nadie… vea esto. Otra vez.
Otra vez.
La palabra se me clavó como una aguja.
Lo guié hasta el sofá de cuero negro que había junto al ventanal. Se dejó caer con un movimiento torpe, todavía con una mano apretada contra la cabeza. Yo me arrodillé frente a él sin pensarlo, las manos en sus rodillas, intentando que me mirara.
—Dígame qué siente exactamente.
—Como si alguien estuviera abriendo mi cráneo con un cuchillo caliente —respondió con los ojos cerrados—. Y del otro lado… hay imágenes. Fragmentos. Una iglesia. Flores blancas. Gente mirándome. Y una mujer de espaldas que no se gira. Cada vez que intento verle la cara, el dolor se multiplica.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
—No intente forzar los recuerdos —dije, aunque parte de mí quería exactamente lo contrario—. Los médicos dijeron que la amnesia era selectiva. Forzarla puede ser peligroso.
Alexander abrió los ojos. Esta vez su mirada ya no era la del ejecutivo impenetrable. Era la de un hombre perdido dentro de su propia cabeza.
—¿Cómo sabe usted lo que dijeron los médicos?
Me quedé congelada.
Había cometido un error. Un error estúpido y revelador. En ningún momento de la mañana él me había dado detalles médicos tan específicos. Yo los había asumido. O peor: los había sabido.
—Clara me lo mencionó —mentí rápidamente—. Esta mañana. Mientras me explicaba el puesto.
Él no pareció del todo convencido, pero el dolor debió de ser demasiado intenso para insistir. Cerró los ojos otra vez y dejó que la cabeza cayera hacia atrás, contra el respaldo del sofá. Su respiración seguía siendo irregular. Yo permanecí arrodillada frente a él, sin saber si debía tocarle la mano o alejarme lo más posible.
Pasaron varios minutos en silencio. Solo se escuchaba el zumbido lejano de la ciudad a través del cristal y el sonido entrecortado de su respiración. Poco a poco el color fue regresando a su rostro. Los dedos que apretaban la sien se relajaron. Cuando por fin abrió los ojos otra vez, parecía más presente. Más peligroso.
—Gracias —dijo en voz baja—. Por no dejarme caer.
—Es mi trabajo.
—No. No lo es. Usted podría haber llamado a seguridad y haberse lavado las manos. En cambio se quedó.
Nuestros rostros estaban demasiado cerca. Yo seguía arrodillada. Él inclinado ligeramente hacia adelante. El aire entre nosotros se volvió denso, cargado de todo lo que no estábamos diciendo.
—Elena… —repitió mi nombre como si estuviera probando su sabor—. En el sueño… la mujer tenía tu voz. No su cara. Tu voz. Cuando intenté llamarla, usé tu nombre sin saber por qué.
Sentí que el suelo se abría bajo mis rodillas.
Antes de que pudiera inventar otra mentira, el teléfono de su escritorio volvió a sonar. Esta vez el tono era distinto. Más insistente. Alexander cerró los ojos un segundo, como si el sonido le taladrara el cráneo, y después se levantó con lentitud. Caminó hasta el escritorio y contestó.
—Habla Schumacher.
Escuché la voz al otro lado. Era Victor Lang otra vez. Más alterado. Alexander escuchó en silencio durante casi dos minutos. Su expresión se fue endureciendo con cada segundo.
—No —dijo por fin, con una frialdad que me heló—. No voy a firmar ninguna cláusula adicional esta noche. Y Victor, si vuelves a llamar a esta hora para amenazarme con “revelar lo que sabes”, te aseguro que serás tú quien termine fuera del consejo. ¿Quedó claro?
Colgó. Se quedó mirando el teléfono como si quisiera romperlo.
—¿Qué sabe Victor? —pregunté antes de poder detenerme.
Alexander levantó la vista. Por un instante pareció sorprendido de que yo todavía estuviera allí. Después su expresión se cerró otra vez.
—Cosas que preferiría que nadie más supiera. Incluyéndome a mí, aparentemente.
Se pasó ambas manos por la cara, exhausto. Cuando volvió a mirarme, había una decisión nueva en sus ojos.
—No se vaya todavía. Por favor. No… no quiero estar solo con esto esta noche.
La petición fue tan cruda, tan desprovista de su habitual armadura, que me dejó sin palabras. Asentí. Me senté en el borde del sofá, a una distancia prudente. Él se dejó caer otra vez a mi lado, dejando un espacio mínimo entre nuestros cuerpos.
Durante un rato no hablamos. La ciudad brillaba a nuestros pies como un mar de luces indiferentes. Yo sentía cada centímetro que nos separaba como una corriente eléctrica. Cada respiración suya. Cada vez que él movía la mano sobre la rodilla y casi rozaba la mía.
—Hace cinco años yo era un cobarde —dijo de pronto, sin mirarme—. No sé exactamente qué hice. Pero lo siento en los huesos. Dejé a alguien. Alguien que merecía más. Y ahora esa alguien… está sentada a mi lado fingiendo que no me conoce.
Me giré hacia él con el corazón en la garganta.
Alexander me sostenía la mirada. Ya no había confusión. Había certeza. Una certeza aterradora y frágil a la vez.
—Dime la verdad, Elena —susurró—. ¿Fui yo quien te dejó en esa iglesia?
El silencio que siguió fue absoluto.
Yo abrí la boca.
Y en ese preciso instante, la puerta de la oficina se abrió de golpe.
Sofía Schumacher estaba de pie en el umbral, pálida, con el pelo revuelto y los ojos rojos de haber llorado.
—Alexander —dijo con voz temblorosa—. Victor acaba de llamar a mamá. Dice que si no firmas lo que te pide… va a contarle a todo el mundo lo que realmente pasó el día de tu boda.
Sus ojos se posaron en mí.
Y el color se le fue del rostro por completo.
—Dios mío… —susurró—. Elena.
