Capítulo 1 1

―Si tu algoritmo pudiera reconocer el amor, tú no estarías soltera.

La sonrisa de Bruno Leiva hizo que durante dos segundos olvidara que había cuatro cámaras apuntándonos.

Después recordé que lo odiaba.

―Y si el periodismo volviera inteligente a quien lo practica, esta entrevista estaría siendo mucho más interesante.

La presentadora soltó una carcajada que intentó disfrazar con una tos.

Bruno se acomodó en el sillón frente a mí.

Treinta y siete años, camisa azul sin corbata, mangas remangadas y esa clase de seguridad irritante que algunos hombres desarrollaban cuando estaban demasiado acostumbrados a que los escucharan.

Yo había leído todo sobre él.

Prepararme era parte de mi trabajo.

Bruno investigaba tendencias sociales y tenía especial talento para desmontar cualquier industria que considerara demasiado cómoda vendiendo certezas.

Esta semana me había tocado a mí.

―Entonces empecemos otra vez ―dijo―. Tú aseguras que puedes calcular si dos personas son compatibles.

―No calculamos amor.

―Bonito matiz.

―Importante matiz.

―Vendes citas.

―Diseñamos procesos de compatibilidad.

―Eso suena a vender citas con una presentación más cara.

Sonreí.

―¿Siempre reduces aquello que no entiendes o solo cuando hay público?

La conductora volvió a mirar sus tarjetas.

Lucía, mi encargada de prensa, estaba detrás de una cámara haciéndome señales discretas para que bajara la agresividad.

Las ignoré.

Él había empezado.

―Entiendo bastante bien ―respondió Bruno―. Preguntan hábitos, valores, estilo de vida, expectativas, sexo, dinero, familia...

―Y después analizamos patrones.

―Para decirle a alguien: esta persona tiene ochenta y siete por ciento de posibilidades de no arruinarte la vida.

―Nunca usamos esa frase.

―Deberían. Es comercial.

No debía reírme.

Lo hice.

Fue breve.

Bruno lo notó.

También notó que yo había notado que lo notó.

Qué conversación tan agotadora sin palabras.

―Hagamos algo ―propuso la presentadora―. Bruno, completa una versión abreviada del cuestionario.

Lucía dejó de mover la mano.

Yo giré hacia producción.

Aquello no estaba acordado.

―Encantado ―dijo Bruno.

Por supuesto.

―No necesitamos convertir esto en circo.

―¿Temes que tu sistema falle?

―Temo que respondas como un adolescente solo para hacerte el gracioso.

―Prometo comportarme como un adolescente muy sincero.

La audiencia pequeña del estudio rió.

Lo miré.

―Adelante.

Una pantalla apareció detrás de nosotros.

Primera pregunta.

“¿Prefieres planificar una cita o improvisar?”

Bruno seleccionó improvisar.

Yo habría elegido planificar.

―Ya somos incompatibles ―dijo.

―Qué alivio.

Segunda.

“¿Qué valoras más durante un conflicto: espacio, resolución inmediata, humor o afecto?”

Bruno eligió humor.

―Eso explica mucho.

―¿Tú qué eliges?

―Resolución.

―Claro que sí.

―¿Qué significa eso?

―Que probablemente haces agendas para discutir.

―Solo cuando la otra persona necesita estructura.

―Eso es un sí.

Tercera.

“¿Qué importancia tiene para ti mantener independencia dentro de una relación?”

Bruno eligió muy alta.

Yo también.

No dije nada.

Él me miró.

―Qué incómodo.

―Una coincidencia no significa compatibilidad.

―Gracias por protegerme.

Siguieron quince preguntas.

Dinero.

Familia.

Rutina.

Viajes.

Sexo.

La presentadora leyó la última con demasiado entusiasmo.

―“¿Qué nivel de importancia tiene la química sexual en una relación estable?”

Bruno me miró directamente antes de responder.

Muy alta.

La audiencia reaccionó.

Yo mantuve expresión neutral.

―¿Problema? ―preguntó.

―Ninguno.

―Pareció que querías comentar.

―Estoy trabajando.

―Eso no responde.

―No todas las ideas necesitan ser compartidas.

―Cobarde.

―Provocador.

―Controladora.

―Periodista.

―Eso ni siquiera es insulto.

―Depende del periodista.

Sonrió.

Odié que tuviera una sonrisa bonita.

No bonita.

Eficiente.

Era distinto.

―Ahora necesitamos una segunda persona para comparar ―dijo la presentadora.

―Puedo usar un perfil de prueba ―respondí.

―Usa el tuyo.

Miré a Bruno.

―No.

―¿Por qué?

―Porque esto es una demostración.

―Precisamente.

―Mi información personal no forma parte del reportaje.

Su expresión cambió apenas.

Menos juguetona.

―Entonces no.

Me sorprendió.

―¿No?

―Dijiste que no quieres usar tu perfil. Se acabó.

La presentadora intentó intervenir.

―Podríamos...

―No es necesario ―dije.

No sé por qué aquello me había desarmado un poco.

Quizá porque esperaba que insistiera.

Bruno parecía el tipo de hombre que convertía cualquier resistencia en material para otra pregunta.

Sin embargo, había parado.

Lucía se acercó durante una pausa de publicidad.

―Usa tu perfil.

―No.

―Alma, la entrevista se está volviendo viral en directo.

―Eso no es una razón.

―El segmento necesita resultado.

―Tenemos perfiles anónimos.

―La gente quiere verlos competir.

―No estamos compitiendo.

Bruno apareció a nuestro lado con una botella de agua.

―Definitivamente estamos compitiendo.

―Nadie te invitó a esta conversación.

―Estamos a un metro.

―Entonces aprende a no escuchar.

―Periodista.

―Ahí sí funciona como insulto.

Lucía me mostró el teléfono.

La etiqueta #NexoContraBruno ya estaba circulando.

Perfecto.

Mi mañana necesitaba internet.

―Si usas tu perfil, controlamos el resultado en vivo y cerramos el segmento ―susurró.

―¿Y si sale alto?

Bruno bebió agua.

―Sería divertidísimo.

Lo fulminé con la mirada.

―Esa es exactamente la razón para no hacerlo.

―¿No confías en tu propio sistema?

Ahí estaba.

La provocación.

Debí ignorarla.

En cambio, extendí la mano hacia la tableta.

―Carga mi perfil.

Lucía abrió mucho los ojos.

―¿Segura?

―Completamente.

Bruno volvió a sentarse.

―Esto va a salir fatal.

―Para ti.

―Me encanta tu optimismo.

Regresamos al aire.

La presentadora explicó que compararíamos las respuestas de Bruno con mi perfil previamente registrado.

Yo conocía mis datos.

Sabía que compartíamos independencia, cierta visión sobre dinero y probablemente valores familiares.

Nada más.

Él improvisaba.

Yo planificaba.

Él convertía todo en una broma.

Yo no.

Él parecía disfrutar del caos.

Yo había construido una empresa para reducirlo.

La pantalla comenzó a procesar.

Bruno se inclinó hacia mí.

―Última oportunidad para manipular el sistema.

―No necesito hacerlo.

―Eso sonó sexy.

Giré la cabeza.

―¿Perdón?

―La seguridad.

―No coquetees conmigo.

―No estaba coqueteando.

―Entonces eres peor hablando de lo que pensaba.

Sus ojos bajaron un instante a mi boca.

Solo un instante.

Suficiente.

―Ahora sí estoy pensando en hacerlo.

Mi pulso tropezó.

La pantalla emitió un sonido.

La presentadora abrió la boca.

No habló.

Miré detrás de nosotros.

Noventa y seis por ciento.

Durante tres segundos nadie dijo nada.

Después el estudio explotó en risas, aplausos y voces.

Yo seguía mirando el número.

Bruno también.

―Esto está mal ―dije.

―Por primera vez estamos totalmente de acuerdo.

La presentadora casi gritó.

―¡Noventa y seis por ciento! Según Nexo, ustedes son prácticamente una pareja ideal.

―No ―dijimos al mismo tiempo.

Más risas.

Bruno se volvió hacia mí.

―Supongo que ahora debes invitarme a cenar.

―Preferiría auditar el algoritmo.

―Eso duele.

―Sobrevivirás.

La pantalla seguía mostrando aquel número monstruoso.

Noventa y seis.

Sentí a Lucía celebrar detrás de las cámaras como si acabáramos de cerrar el contrato del siglo. Yo quería apagar la pantalla, revisar cada variable y descubrir qué combinación absurda había producido semejante resultado. Bruno, en cambio, parecía disfrutar demasiado.

―No pongas esa cara ―murmuró.

―¿Cuál?

―La de mujer que acaba de descubrir una cucaracha dentro de su bolso.

―Preferiría la cucaracha.

―Cruel.

―Realista.

―Noventa y seis por ciento realista.

―No vuelvas a decir el número.

―¿Noventa y seis?

―Bruno.

―Solo comprobaba el límite.

Tuve que mirar al frente porque, si seguía observándolo, iba a cometer la indecencia profesional de reírme otra vez.

Bruno se inclinó hacia mí para que solo yo escuchara.

―Tranquila, Alma. Puedo demostrar que tu sistema está equivocado.

Lo miré.

―¿Cómo?

Su sonrisa volvió, lenta y peligrosamente divertida.

―Ten una cita conmigo y veremos cuál de los dos termina odiando primero al otro.

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