Capítulo 2 2
―Prefiero besar una licuadora encendida.
Bruno apoyó un codo en el respaldo del sillón.
―Eso no estaba entre las opciones del cuestionario.
―Deberíamos añadirlo.
―¿Como método para rechazar citas?
―Como advertencia sanitaria.
La presentadora seguía sonriendo frente a las cámaras, encantada con nuestro desastre.
―Entonces, Alma, ¿rechazas oficialmente la invitación?
―Oficialmente, extraoficialmente y en cualquier formato que su equipo legal considere vinculante.
La audiencia rió.
Bruno se llevó una mano al pecho.
―Noventa y seis por ciento de compatibilidad y cero por ciento de compasión.
―Te pedí que no repitieras el número.
―Lo sé.
―Eso significa que dejes de hacerlo.
―Estoy procesando el rechazo.
―Procesa más rápido.
La entrevista terminó dos minutos después.
En cuanto se apagó la luz roja de la cámara, Lucía apareció frente a mí con el teléfono levantado.
―Tenemos un problema.
―¿Solo uno?
―El video lleva cuarenta mil reproducciones.
Miré la pantalla.
Cincuenta y dos mil.
Actualizó.
Sesenta y uno.
―Eso no es un problema.
―El hashtag “MiMatchMeOdia” está primero en tendencias locales.
Cerré los ojos.
―¿Mi qué?
Bruno se acercó detrás de Lucía.
―Admito que tiene ritmo.
―No hables.
―Otra vez procesando.
Lucía deslizó la pantalla.
Había clips de nuestras respuestas, montajes con música romántica y una captura congelada del noventa y seis por ciento rodeada de corazones.
Internet necesitaba pasatiempos mejores.
―Esto puede ser bueno ―dijo Lucía.
―No.
―Ni siquiera sabes qué voy a decir.
―Ibas a decir “aprovechemos la conversación”.
―Exactamente.
―No.
Bruno levantó una mano.
―Estoy con ella.
Lo miré.
―¿Tú?
―No quiero convertirme en mascota promocional de una aplicación de citas.
―No es una aplicación.
―Agencia de compatibilidad. Perdón, cariño.
―No me llames cariño.
―Perfecto, pareja ideal.
―Bruno.
Lucía nos miró como quien descubre una mina de oro debajo de su cocina.
―No hagan nada.
―Eso pensaba hacer ―respondí.
―Me refiero a no publicar, no responder comentarios y, especialmente, no atacarse en redes.
Bruno guardó su teléfono.
―Acabas de eliminar mis planes de la tarde.
―Los dos vienen conmigo.
―¿A dónde? ―pregunté.
―A Nexo.
―Él no.
―Yo tampoco quiero ―dijo Bruno.
Lucía sonrió.
―Maravilloso. Ya tienen algo más en común.
Veinte minutos después, Bruno estaba dentro de mi oficina.
Aquello demostraba que el universo había perdido disciplina.
Recorrió el espacio con la mirada: libreros, fotografías de parejas, carpetas, una pared con cartas enmarcadas y una cafetera que costaba más que mi primer automóvil.
―Esperaba algo más siniestro.
Dejé el bolso sobre el escritorio.
―¿Como qué?
―Una bóveda con corazones clasificados por índice de fracaso.
―Está en el sótano.
Bruno sonrió.
―Sabía que me gustabas.
―No te gusto.
―Según tu propia empresa...
―Termina esa frase y llamo seguridad.
Se acercó a una de las cartas enmarcadas.
―¿Qué son?
―Clientes.
―¿Todos?
―Parejas que quisieron escribirnos después.
Leyó sin tocar el cristal.
Su expresión cambió apenas.
―Pensé que guardabas estadísticas.
―También.
―Pero enmarcas cartas.
―Una cosa no excluye la otra.
―Interesante.
―No me estudies.
―Es literalmente mi profesión.
―Hoy no.
Lucía entró acompañada de Daniela.
Mi mejor amiga llevaba una tableta y una cara que conocía demasiado bien.
―Antes de que grites, el algoritmo funciona.
―No iba a gritar.
―Mentira.
Bruno se sentó.
―Me agrada ella.
―A todos les agrada Daniela.
―Porque no dirige citas como operaciones militares ―dijo mi amiga.
―¿Revisaste el resultado?
―Tres veces.
―¿Error?
―Ninguno.
Me crucé de brazos.
―Entonces el modelo necesita ajustes.
Daniela apoyó la tableta frente a mí.
―Compartieron valores en diecinueve variables importantes.
―Discrepamos en casi todo.
―En preferencias superficiales.
Bruno se inclinó para mirar.
Su hombro rozó el mío.
Me aparté.
Él también.
Sin comentario.
Aquello me molestó más de lo necesario.
Daniela señaló la pantalla.
―Los dos valoran independencia, estabilidad financiera, comunicación directa, vínculos familiares pequeños, humor durante conflictos, exclusividad y proyectos personales separados.
―Yo no elegí humor.
―Pero tu historial de respuestas indica que lo toleras cuando existe resolución posterior.
Bruno sonrió.
―Tu propio algoritmo sabe que te hago gracia.
―Mi algoritmo será despedido.
Daniela continuó.
―También coinciden en frecuencia social, viajes, convivencia y expectativas sexuales.
Bruno giró la cabeza hacia mí.
―Esa parte me interesa.
―A mí no.
―Mentira. Tú respondiste el cuestionario.
―Hace ocho meses y con fines técnicos.
―Pero respondiste.
Daniela carraspeó.
―Puedo seguir o ustedes pueden terminar esta conversación extraña en privado.
―Sigue ―dije.
―El noventa y seis no significa “amor perfecto”. Significa alta compatibilidad potencial según criterios declarados.
Bruno asintió.
―Eso sí es razonable.
Lo miré.
―¿Acabas de elogiar mi sistema?
―No te emociones.
Mi teléfono sonó.
Nombre desconocido.
Contesté.
―Alma Cifuentes.
Una mujer habló al otro lado.
―Soy Marta Salas, de Horizonte Producciones. Necesito cinco minutos sobre el fenómeno de esta mañana.
Miré a Lucía.
Ella abrió los ojos.
―Estoy ocupada.
―Entonces seré rápida. Queremos proponerles algo a usted y al señor Leiva.
Bruno me observó.
―¿Qué clase de propuesta?
―Doce semanas. Seguimiento limitado. Algunas citas. Apariciones seleccionadas. Ustedes prueban públicamente si ese noventa y seis por ciento significa algo.
Me reí.
Nadie más lo hizo.
―No.
―Todavía no le he dicho la cifra.
―Podría comprarme una isla.
―No.
Bruno levantó una ceja.
Marta siguió hablando.
―Su agencia está recibiendo una exposición enorme. Y el documental del señor Leiva busca financiación, según entiendo.
Bruno dejó de sonreír.
Eso sí había encontrado un punto sensible.
―¿Cómo sabe eso? ―preguntó.
―Porque hago mi trabajo. No necesito una respuesta hoy.
―Ya la tiene ―dije.
―Alma ―murmuró Lucía.
―No voy a fingir una relación para demostrar que un algoritmo funciona.
Bruno se puso de pie.
―En eso coincidimos.
Marta guardó silencio un segundo.
―Curioso. Según internet, ustedes coinciden mucho últimamente.
Colgué.
―Ni se les ocurra.
Lucía y Daniela intercambiaron una mirada.
―¿Qué?
Lucía levantó su teléfono.
―El patrocinador principal de Nexo acaba de pedir una reunión urgente por “riesgo reputacional”.
El estómago se me cerró.
Bruno dejó de bromear.
―¿Van a retirarse?
―No lo sé.
Mi pantalla volvió a vibrar.
Otro correo.
Asunto: Revisión inmediata de colaboración.
Perfecto.
El noventa y seis por ciento acababa de convertirse en dinero real.
Durante un instante quise rechazarlo por reflejo.
Después miré las cartas enmarcadas.
Había construido Nexo defendiendo que la compatibilidad no era magia, sino una combinación de decisiones, hábitos y valores. Si ahora me negaba a sentarme frente al resultado incómodo que había producido el sistema, cualquier periodista podía despedazarme con esa contradicción.
Bruno debió leer algo en mi cara.
―No tienes que aceptar por demostrar nada.
―No me conoces suficiente para saber por qué aceptaría.
―Todavía no.
La última palabra sonó distinta.
Daniela fingió revisar la tableta.
Lucía sonrió.
―Voy a retirarme antes de que esto se convierta en una cita delante de mí.
―No será una cita.
Bruno inclinó la cabeza.
―Entonces puedes elegir el restaurante.
―Eso sigue pareciendo una cita.
―Podemos llamarlo auditoría con comida.
―Eres insufrible.
―Y estadísticamente compatible.
Bruno me observó durante varios segundos.
―La cita.
―¿Qué?
―Una. Sin contrato. Sin cámaras. Cenamos, hablamos y comprobamos si podemos pasar una hora juntos sin matarnos.
―¿Para qué?
―Para que mañana, cuando todos intenten decidir qué somos, al menos nosotros sepamos si esto tiene alguna posibilidad de funcionar.
Lo miré.
―¿Y si descubro que te odio?
Bruno tomó mi abrigo del respaldo y me lo tendió.
―Entonces tendrás la primera prueba real de que tu algoritmo puede equivocarse.
