Capítulo 3 3
―Si eliges un restaurante con velas, me voy.
Bruno sostuvo la puerta del elevador.
―Qué específica.
―Quiero una cena, no una escena de seducción barata.
―Tranquila. No he tenido tiempo de investigar qué iluminación favorece tu hostilidad.
Entré.
―Mi hostilidad no necesita iluminación.
―Eso también me gusta.
―No te acostumbres.
Una hora.
Sesenta minutos.
Comeríamos, confirmaríamos el error y volveríamos a nuestras vidas.
Entonces Bruno miró mi reloj.
―Estás contando.
―¿Qué?
―El tiempo.
―No.
―Tienes cara de cronómetro.
―No existe una cara de cronómetro.
―La tuya sí.
Las puertas se abrieron.
―Cincuenta y nueve minutos ―dije.
Sonrió.
―Ahora sí estamos saliendo.
El restaurante estaba a tres calles.
No había velas.
Era pequeño y ruidoso.
Me detuve.
―¿Elegiste una taberna?
―Elegí un sitio donde nadie va a intentar vendernos romance.
―Eso fue razonable.
―Puedes decir “gracias”.
―No abuses.
―Reglas ―dije.
―Ya empezamos.
―Nada de preguntas para tu documental.
―No estoy trabajando.
―Nada de usar esta conversación después.
―Acepto.
―Nada de grabar.
Sacó el teléfono, lo apagó y lo dejó en el centro.
―¿Algo más?
―No interpretes cada respuesta como prueba contra Nexo.
―Acepto intentarlo.
La camarera llegó.
―¿Vino?
―No ―dijimos juntos.
―Conduzco ―dije.
―Yo también.
La camarera sonrió.
―Qué compatibles.
Cerré los ojos.
Bruno se mordió el labio para no reír.
―No digas nada.
―Estoy siendo heroico.
Pedimos pescado y pasta.
―Empieza ―dijo.
―¿Qué?
―La auditoría.
―Tú propusiste la cita.
―Y tú aceptaste.
―Para probar que el sistema puede equivocarse.
―Entonces tienes motivos para conocerme.
―Profesionales.
―Qué erótico.
Levanté una ceja.
―Si vas a convertir cada frase en insinuación, nos quedan cincuenta y dos minutos muy largos.
―¿Estás volviendo a contar?
―No.
―Mentira.
Me reí.
Otra vez.
Aquello empezaba a irritarme.
Bruno tenía la habilidad de hacerme olvidar que cada respuesta podía convertirse en argumento. Con él, discutir empezaba a sentirse menos como una batalla y más como una conversación que no quería terminar.
―Primera pregunta. ¿Por qué haces documentales sociales?
Bruno se acomodó.
―Porque odio cuando alguien reduce una vida entera a una conclusión bonita.
No esperaba eso.
―Explícate.
―La gente prefiere respuestas limpias. “Está sola porque tiene miedo al compromiso.” “Él fracasa porque trabaja demasiado.” “Ellos funcionan porque comparten valores.” Casi nunca es una sola cosa.
―Nexo tampoco dice eso.
―Lo sé.
Lo miré.
―¿Lo sabes?
―Leí más después de aceptar la entrevista.
―¿Antes o después de decidir provocarme?
―Después de decidir provocarte. Antes de conocerte.
La comida llegó.
Bruno probó la pasta.
―Esto está excelente.
―Muchísimo. Si algún día vivimos juntos, pediré esto cada martes.
Casi me atraganté.
―No vamos a vivir juntos.
―Estoy extrapolando el noventa y seis por ciento.
―Extrapola en silencio.
―¿Tú nunca haces eso?
―¿Qué?
―Imaginar demasiado pronto.
―No.
Bruno inclinó la cabeza.
―¿Nunca miras a alguien y piensas cómo sería dentro de tu vida?
Corté el pescado.
―Pienso si encajaría.
―Eso no es lo mismo.
―Para mí sí.
―No. Encajar es arquitectura. Querer a alguien cerca es otra cosa.
La frase se quedó conmigo.
―Segunda pregunta. ¿Cuál fue tu relación más larga?
―Cuatro años.
―¿Por qué terminó?
―Porque queríamos futuros distintos y tardamos demasiado en admitirlo.
―¿Infidelidad?
―No.
―¿Manipulación?
―No.
―¿Problemas económicos?
Bruno apoyó los cubiertos.
―¿Estás llenando una ficha?
―Estoy preguntando.
―Pareces a punto de asignarme un código.
Me detuve.
Tenía razón.
―Está bien. Pregunta tú.
―¿Cuál fue la tuya?
―Tres años.
―¿Por qué terminó?
―Porque él quería casarse y yo no estaba segura.
―¿Y después?
―Se casó con otra persona.
―¿Te dolió?
No esperaba la pregunta.
―Sí.
Bruno no comentó.
Solo esperó.
―No porque quisiera volver ―añadí―. Me dolió descubrir que con otra persona había tenido una certeza que conmigo no.
―O quizá dejó de necesitar certeza.
Lo miré.
―Eso no tiene sentido.
―Para ti.
―¿Qué significa?
―Que quizá no encontró a alguien “mejor compatible”. Quizá decidió arriesgarse más.
Mi tenedor quedó quieto.
―Eso es una interpretación peligrosa.
―No dije que fuera correcta.
―Pero la pensaste.
―Sí.
―¿Siempre haces esto?
―¿Qué?
―Desarmar respuestas.
―Solo cuando me interesa la persona.
La tensión cambió.
Bruno sostuvo mi mirada.
―Y tú acabas de olvidar el reloj.
Lo miré.
Cuarenta y siete minutos habían pasado.
―No sonrías.
―No estoy sonriendo.
―Tu cara sí.
La camarera regresó.
―¿Postre?
―No ―dije.
―Sí ―dijo Bruno.
Lo fulminé.
―Una hora.
―Faltan trece minutos.
―¿Cómo sabes?
―Porque yo también estaba contando.
Eso me hizo reír de verdad.
―Les traigo uno para compartir.
―No ―dije.
―Sí ―dijo Bruno.
La mujer se alejó.
―Te odio.
―Eso ya estaba en el hashtag.
Llegó un pastel tibio de chocolate con una sola cuchara.
―Esto es manipulación social ―murmuré.
Bruno tomó la cuchara.
―Puedo pedir otra.
―Hazlo.
―Puedes comer primero.
Tomé la cuchara.
Probé.
Cerré los ojos.
Error.
Cuando los abrí, Bruno estaba mirándome.
No con burla.
Con algo demasiado atento.
―¿Qué?
―Nada.
―No me mires así.
―¿Así cómo?
―Como si hubieras descubierto algo.
Su voz bajó.
―Acabas de disfrutar algo sin analizarlo.
―Era chocolate.
―Milagro humilde.
Le pasé la cuchara.
Sus dedos rozaron los míos.
No retiró la mano enseguida.
Yo tampoco.
Bruno miró nuestras manos.
Después a mí.
―Alma.
―¿Qué?
―¿Esto cuenta como parte de la auditoría?
Solté la cuchara.
―Come.
Mi teléfono vibró.
Lo encendí.
Veintitrés mensajes.
Cinco llamadas de Lucía.
Un enlace.
Abrí el primero.
Una fotografía nuestra entrando al restaurante.
Otra detrás del cristal.
Otra en la que yo me estaba riendo.
Titular:
“EL MATCH DEL 96 % YA TUVO SU PRIMERA CITA.”
Se me heló el estómago.
―Bruno.
Le mostré la pantalla.
Su expresión cambió.
―No llamé a nadie.
―No dije que lo hicieras.
―Lo pensaste.
―Durante medio segundo.
―¿Y luego?
―Recordé que apagaste el teléfono.
Él encendió el suyo.
Aparecieron notificaciones.
―Nos siguieron desde el estudio.
―O desde Nexo.
―Da igual. Ya está fuera.
Entró otra llamada.
Lucía.
Contesté.
―Dime.
―El patrocinador quiere reunión mañana a las nueve. Y Marta Salas volvió a llamar.
―¿Qué quiere ahora?
―Dice que la oferta subió.
―No me importa.
―Alma, hay fotos de ustedes compartiendo postre.
Miré la cuchara.
Traición de metal.
―No compartimos voluntariamente.
―Internet no conoce la jurisprudencia del pastel.
Bruno soltó una risa.
Lo pateé bajo la mesa.
―Auch.
Lucía escuchó.
―¿Está contigo?
―Sí.
―Perfecto. No se separen todavía.
―¿Perdón?
―La prensa está afuera.
Miré por la ventana.
Dos cámaras.
Un fotógrafo.
Bruno dejó de reír.
―Podemos salir separados.
―Parecerá que discutimos.
―Podemos salir juntos.
―Parecerá una cita.
―Fue una cita.
―De auditoría.
―Eso no existe fuera de tu cabeza.
Lucía siguió.
―Marta propone una reunión esta noche. Los dos.
Cerré los ojos.
―No voy a firmar nada.
Bruno apoyó los antebrazos en la mesa.
―Escuchémosla.
Lo miré.
―Hace una hora querías demostrar que mi sistema estaba equivocado.
―Sigo queriendo.
―Entonces ¿por qué aceptarías?
Su expresión perdió la burla.
―Porque si van a convertir nuestra vida en espectáculo de todas formas, prefiero que pongamos nosotros las reglas.
La frase me golpeó.
Reglas.
Eso sí entendía.
Afuera otro flash iluminó el cristal.
―Doce semanas ―dije.
―Todavía no aceptamos.
―Estoy pensando.
―Eso me preocupa.
―Cállate.
Bruno sonrió apenas.
―Una condición.
―Ni siquiera hemos visto el contrato.
―La quiero desde ahora.
―¿Cuál?
Se inclinó hacia mí mientras las cámaras seguían apuntándonos.
―Si vamos a fingir que estamos enamorados, prométeme que no vas a usar tu algoritmo para decirme cuándo besarme.
