Capítulo 4 4

―No voy a besarte porque una productora lo escriba en un contrato.

Bruno apoyó la espalda en la silla.

―Excelente. Primera regla.

―No era una regla. Era una advertencia.

―Suena mejor como regla.

Afuera, otro flash atravesó el cristal del restaurante.

Marta Salas apareció veinte minutos después con una carpeta, una tableta y la tranquilidad ofensiva de quien había convertido nuestro desastre en una propuesta comercial.

―Antes de empezar ―dije―, no somos pareja.

―Eso ya lo sé.

―Internet no.

―Internet cree muchas cosas.

Bruno tomó agua.

―Por fin alguien sensato.

Marta ignoró el comentario.

―Doce semanas. Apariciones pactadas. Tres entrevistas, cuatro eventos, contenido mínimo y ninguna cámara dentro de sus casas.

―¿Contenido mínimo qué significa? ―pregunté.

―Fotografías, alguna publicación conjunta y citas públicas.

―No quiero guiones.

―Tampoco yo ―dijo Bruno.

Marta nos miró.

―Eso los hace más vendibles.

―No estamos intentando ser vendibles ―respondí.

―Tú estás intentando proteger Nexo. Él quiere financiar su documental. Yo estoy intentando que nadie tenga que mentir más de lo necesario.

Eso me hizo callar.

Abrió la carpeta.

―Regla uno: ambos conservan derecho de veto sobre cualquier aparición.

―Bien ―dije.

―Regla dos: nada de grabaciones privadas sin consentimiento.

Bruno asintió.

―Obvio.

Lo miré.

Él sostuvo mi mirada.

―¿Qué?

―Nada.

―Esa cara significa algo.

―Me alegra que sea obvio.

La expresión de Bruno cambió apenas.

―Siempre debería serlo.

Marta continuó.

―Regla tres: cualquier contacto físico debe ser acordado entre ustedes, no exigido por producción.

―Perfecto.

Bruno se inclinó hacia mí.

―Entonces seguimos vivos.

―Por ahora.

―Regla cuatro: no habrá exclusividad sentimental real como obligación contractual.

Fruncí el ceño.

―¿Qué significa eso?

―Que pueden salir con otras personas.

Bruno habló antes que yo.

―No.

Lo miré.

Marta también.

―¿No?

―Si fingimos una relación pública y alguno aparece con otra persona, esto se vuelve ridículo.

―Podemos manejarlo.

―No quiero manejarlo ―dijo él―. Si hacemos esto, durante doce semanas no salgo con nadie.

El silencio me incomodó.

―Eso no significa que yo tenga que aceptar lo mismo.

Bruno giró hacia mí.

―No.

―Bien.

―Pero sería incoherente.

―Ahí está.

―¿Qué?

―Tu manera de pedir algo sin pedirlo.

―Alma, puedes hacer lo que quieras.

―Entonces no saldré con nadie.

La respuesta salió demasiado rápido.

Marta sonrió.

―Perfecto. Exclusividad pública y privada durante doce semanas.

―No lo llames así ―dije.

―¿Cómo lo llamamos?

Bruno respondió:

―Monogamia administrativa.

Me reí.

Marta anotó algo.

―Voy a usarlo.

―No te atrevas ―dijimos juntos.

Otra vez.

Odié esa sincronía.

―Regla cinco ―continuó Marta―: fecha de finalización definida. Al terminar, anuncian que probaron la compatibilidad, pero no desarrollaron una relación sentimental.

―Eso sí me gusta ―dije.

Bruno me miró.

―Qué entusiasmo.

―Me gustan las fechas claras.

―Lo sé.

―No sabes nada de mí.

―Sé que llevabas un cronómetro mental durante nuestra cena.

Marta levantó una ceja.

―¿Cena?

―Auditoría ―aclaré.

―Compartieron postre.

―Contra mi voluntad.

Bruno sonrió.

―Una historia de supervivencia.

Marta deslizó otra hoja hacia nosotros.

―Hay algo más.

―Por supuesto ―murmuré.

―La campaña no puede vender que Nexo garantiza enamoramiento.

La miré.

―Eso no se negocia.

―Lo sé. Precisamente por eso quiero que quede escrito.

Bruno tomó la hoja y leyó.

―“La compatibilidad expresa afinidad potencial y no predice vínculo emocional.” Esto debería estar en letras grandes.

―Ya está en todas nuestras condiciones.

―La gente no lee condiciones.

―Tú sí.

―Me pagan por desconfiar.

Marta señaló una cláusula.

―También pueden terminar el acuerdo antes si alguno considera que afecta su trabajo o su vida personal.

―Sin penalización ―dije.

―Si existe causa justificada, ninguna.

Bruno levantó la vista.

―¿Y si simplemente nos cansamos de vernos?

―Eso tendrán que demostrarlo.

―Peligroso ―dijo―. Puede que ella disfrute odiándome demasiado.

―No te emociones.

Marta recogió las hojas.

Mi teléfono vibró otra vez. Esta vez era el director financiero de Nexo.

“Patrocinador suspendió la campaña de septiembre hasta la reunión.”

Sentí el estómago apretarse.

Bruno debió notarlo.

―¿Malas noticias?

Le mostré el mensaje.

No hizo ningún comentario sobre el contrato.

―¿Cuánta gente depende de esa campaña?

―Diecisiete empleados directamente.

Su expresión perdió toda ligereza.

―Entonces mañana no conviertas esto en una decisión sobre orgullo.

―¿Y tú?

―Yo intentaré hacer lo mismo. Aunque probablemente me cueste bastante hacerlo.

Marta cerró la carpeta.

―Necesitan una salida ahora. La prensa sigue afuera.

―Salimos separados ―dije.

―No conviene.

―No me importa.

―A tu patrocinador sí.

Mi teléfono vibró.

Lucía.

“Reunión confirmada mañana. Necesitamos que esta noche no parezca un desastre.”

Respiré despacio.

―¿Qué sugieres?

Marta señaló la puerta.

―Salen juntos. Caminan hasta el auto. Nada más.

―Sin beso ―dije.

―Sin beso.

Bruno se levantó.

―Puedo darte la mano.

―No.

―Brazo.

―No.

―¿Caminar a una distancia socialmente aceptable?

―Eso.

―Qué romance tan intenso.

Marta nos miró.

―Van a tener que parecer un poco menos hostiles.

―Él empezó ―dije.

―Ella me llamó licuadora.

―Dije que prefería besar una.

―Hay diferencia.

Me puse el abrigo.

Bruno se acercó.

―Tu cuello está doblado.

―¿Qué?

Señaló la solapa.

―Aquí.

Fui a arreglarla, pero mis dedos chocaron con los suyos.

El contacto fue breve.

Suficiente para cambiarme la respiración.

Bruno retiró la mano.

―Perdón.

―Está bien.

Nos quedamos quietos un segundo.

Marta carraspeó.

―Eso.

Me giré.

―¿Eso qué?

―No necesito que actúen. Solo que dejen de interrumpir lo que ya pasa.

―No pasa nada.

Bruno soltó una risa.

―Alma.

―Cállate.

Salimos.

Los flashes empezaron de inmediato.

Preguntas.

―¿Es una cita?

―¿Van a intentarlo?

―¿Qué significa el noventa y seis por ciento?

Caminé recto.

Bruno estaba a mi lado.

Demasiado cerca.

Un fotógrafo retrocedió frente a nosotros y casi chocó conmigo.

Bruno me sujetó de la cintura.

Todo ocurrió rápido.

Su mano.

Mi cuerpo contra el suyo.

El calor atravesando el abrigo.

―Cuidado ―murmuró.

No me soltó enseguida.

Las cámaras explotaron.

―Bruno.

―¿Sí?

―Tu mano.

La retiró.

―Perdón.

―No dije que...

Me callé.

Él me miró.

―¿Que qué?

―Nada.

Seguimos andando.

Llegamos a mi auto.

Otro grupo de fotógrafos bloqueaba la puerta.

―Alma ―dijo Bruno.

―¿Qué?

―Voy a acercarme.

―¿Para qué?

―Para que puedas entrar sin que te empujen.

Asentí.

Se colocó entre ellos y yo, una mano apoyada en el techo del auto.

Su cuerpo quedó frente al mío.

Muy cerca.

Demasiado.

―Respira ―murmuró.

―Estoy respirando.

―No parece.

―Hay seis cámaras.

―Mírame a mí.

Lo hice.

Error.

Sus ojos estaban fijos en los míos.

La boca demasiado cerca.

Durante un segundo, todo lo demás bajó de volumen.

―Esto es una pésima idea ―dije.

―¿El contrato?

―Tú.

Su sonrisa apareció despacio.

―Eso sonó personal.

―Lo es.

La puerta del auto se abrió detrás de mí.

No me moví.

Bruno tampoco.

Un fotógrafo gritó:

―¡Bésala!

Bruno ni siquiera giró.

―No.

La respuesta fue seca.

Clara.

Definitiva.

Algo dentro de mí se relajó.

Entré al auto.

Bruno cerró la puerta.

Antes de alejarse, se inclinó hacia la ventanilla abierta.

―Mañana vemos el contrato con abogados.

―No he aceptado.

―Claro.

―Estoy considerando.

―Con fechas, cláusulas y probablemente una tabla.

―Eso me hace sentir mejor.

―Lo sé.

Lo miré.

―¿Y tú por qué estás tan tranquilo?

Bruno apoyó un brazo en el borde de la ventanilla.

―Porque ya entendí cuál va a ser la única regla difícil.

―¿Cuál?

Su mirada bajó a mi boca antes de volver a mis ojos.

―Fingir que todos los besos que voy a querer darte forman parte del trato.

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