Capítulo 5 5

―No vuelvas a decirme que quieres besarme antes de una reunión legal.

Bruno cerró la carpeta que tenía delante.

―Anotado. ¿Durante la reunión sí puedo?

―No.

―Después.

―Tampoco.

―Estamos progresando.

Lo miré por encima del contrato.

Habían pasado catorce horas desde que se inclinó sobre la ventanilla de mi auto y decidió complicarme el sueño con una frase que yo no había pedido.

Dormí cuatro horas.

Tres y media, si descontaba el tiempo que pasé imaginando cómo sería besarlo.

Información inútil.

A las nueve estábamos en una sala de juntas de Nexo con Marta, Lucía, Daniela, mi abogado y el abogado de Bruno.

Todo muy romántico.

―Cláusula séptima ―dijo mi abogado―. Ninguna demostración de afecto podrá ser exigida por producción.

―Quiero añadir algo ―dije.

Bruno apoyó la barbilla en una mano.

―Sorpréndeme.

―Todo contacto físico debe acordarse previamente.

―¿Previamente cuánto?

―Bruno.

―Es una pregunta práctica. ¿Cinco minutos? ¿Una hora? ¿Necesito formulario?

Daniela ocultó una sonrisa.

―No necesitas tocarme tanto.

―Nuestra primera aparición es mañana.

―Puedes caminar a mi lado.

―Apasionante.

Marta intervino.

―La gente ya vio las fotos de anoche. Si mañana parecen compañeros de oficina, será raro.

―Somos prácticamente compañeros de oficina.

―Que supuestamente están explorando una relación.

Bruno me miró.

―Podemos establecer señales.

―¿Señales?

―Si quiero acercarme, pregunto sin que parezca una negociación diplomática.

―¿Cómo?

―Te ofrezco la mano.

―Eso no es preguntar.

―Tú decides si la tomas.

Pensé un segundo.

―Bien.

―Para cintura puedo decir tu nombre.

―Eso es absurdo.

―Alma.

Mi cuerpo reaccionó.

El desgraciado sonrió.

―Retiro mi objeción ―murmuró Daniela.

Le lancé una mirada.

―No ayudas.

Bruno seguía observándome.

―Si digo tu nombre y tú te acercas, entiendo que sí.

―Solo para fotografías.

―Por supuesto.

―Y nada de besos sin preguntar directamente.

Su sonrisa se borró un poco.

―Eso sí.

La respuesta fue tan seria que me desarmó.

―Bien.

―Bien.

Firmamos una hora después.

Doce semanas.

Ochenta y cuatro días.

Ciertas personas coleccionaban entradas de conciertos.

Yo acababa de adquirir una relación falsa con fecha de caducidad.

Lucía cerró la carpeta.

―Felicidades.

―No digas eso.

―Acaban de convertirse oficialmente en pareja contractual.

Bruno extendió la mano.

―Encantado de hacer negocios contigo, novia.

―No me llames novia cuando no hay cámaras.

―Eso no estaba en las reglas.

Busqué el contrato.

Él soltó una carcajada.

―Era broma.

―Tengo un bolígrafo y un abogado.

―Me excita tu capacidad de amenaza.

Mi abogado tosió.

―Creo que mi trabajo terminó.

Todos empezaron a salir.

Bruno se quedó.

―¿Cómo estás?

―Bien.

―Respuesta automática.

―Respuesta suficiente.

―Alma.

―No hagas eso.

―¿Qué?

―Preguntar como si realmente quisieras saber.

La frase salió peor de lo que pretendía.

Bruno dejó de sonreír.

―Sí quiero saber.

Miré la firma al pie de la página.

―Mi patrocinador confirmó que mantendrá la campaña mientras dure el acuerdo.

―Eso es bueno.

―Es temporal.

―También lo era el problema.

―No me gusta depender de esto.

―De mí.

―Del espectáculo.

―Bien.

―¿Bien?

―Me preocuparía que empezara a gustarte.

Lo miré.

―No te incluyas demasiado rápido en esa frase.

―Intentaré recuperarme del golpe.

Mi teléfono vibró.

Marta.

“Primera aparición confirmada. Hoy, 19:00. Presentación benéfica de fotografía contemporánea.”

Le enseñé la pantalla.

Bruno leyó.

―Tenemos cita.

―Tenemos trabajo.

―Con vino gratis.

―Trabajo con vino.

―Mi clase favorita.

A las siete menos diez llegué a la galería.

Bruno ya estaba ahí.

Traje oscuro.

Sin corbata.

Otra vez las mangas ligeramente recogidas.

¿Era necesario?

―Llegas temprano ―dije.

―Tres minutos.

―Eso cuenta.

―Sabía que te emocionaría.

Marta se acercó.

―Hay prensa en entrada y dentro. No necesitan hacer nada extraordinario. Caminen juntos, hablen, parezcan cómodos.

―Somos comodísimos ―dijo Bruno.

―No mientas todavía ―respondí.

Marta nos dejó.

Bruno extendió la mano.

La primera señal.

Miré sus dedos.

Luego su cara.

―No tenemos que hacerlo ―dijo.

Tomé su mano.

Caliente.

Grande.

Demasiado fácil.

―Es trabajo.

―Claro.

Entramos.

Los flashes empezaron antes de cruzar la puerta.

Bruno no apretó mi mano.

Solo la sostuvo.

Eso me permitía soltarlo cuando quisiera.

No lo hice.

―Sonríe ―murmuró.

―Estoy sonriendo.

―Pareces a punto de anunciar despidos.

―Esta es mi sonrisa pública.

―Necesitamos otra.

―No tengo otra.

Bruno se inclinó.

―Piensa en la licuadora.

Me reí.

Los fotógrafos reaccionaron.

―Eres idiota.

―Pero ya tenemos foto.

Seguimos caminando.

Un periodista se acercó.

―Alma, ¿el noventa y seis por ciento se siente diferente ahora que salieron juntos?

―Se siente igual de estadístico.

Bruno añadió:

―Ella es romántica bajo presión.

―¿Y tú? ―preguntó el periodista.

―Yo estoy intentando que me dé más de una hora para demostrarle que no soy insoportable.

―Vas perdiendo ―dije.

Más risas.

El ambiente se relajó.

Hasta que apareció Renata Solís.

No sabía quién era.

Solo vi a una mujer alta, vestido verde, sonrisa segura, caminar directamente hacia Bruno.

―Mira quién decidió volver a eventos civilizados.

Bruno soltó mi mano para abrazarla.

Algo desagradable me cruzó el estómago.

―Renata.

Ella le besó la mejilla.

―Sigues igual.

―Eso es mentira.

―Te queda mejor el traje.

―Eso sí acepto.

Renata me miró.

―Tú debes ser Alma.

―Sí.

―He leído sobre Nexo. Fascinante.

―Gracias.

Bruno señaló entre nosotras.

―Renata es editora gastronómica. Nos conocemos hace años.

Ella sonrió.

―También tuvimos tres citas horribles.

Bruno se rio.

―Dos horribles. Una aceptable.

―La tercera terminó con una alarma de incendios.

―No fue culpa mía.

Yo sonreí.

Creo.

―Qué historia.

Renata me observó con interés.

―¿Todo bien?

―Perfecto.

Bruno me miró.

Maldito periodista.

―Alma.

La señal.

Su mano rozó mi cintura.

Esperó.

Podía apartarme.

En cambio, di medio paso hacia él.

Su palma se acomodó en mi espalda.

El calor atravesó la tela.

Renata sonrió como si hubiera entendido algo que yo todavía no.

―Los dejo. Bruno, llámame algún día.

―Claro.

Se alejó.

Yo bebí agua.

Bruno no retiró la mano.

―¿Celosa?

―No.

―Respuesta muy rápida.

―No tenemos una relación real.

―Lo sé.

―Entonces puedes hablar con quien quieras.

―También lo sé.

―Perfecto.

―Alma.

―¿Qué?

―¿Quieres que quite la mano?

La pregunta me dejó sin una defensa decente.

―No.

Bruno bajó la mirada hacia mí.

―Eso también fue rápido.

―Hay cámaras.

―Claro.

Su pulgar se movió apenas sobre mi espalda.

No debía sentirse así.

No por encima del vestido.

No después de firmar un contrato que explicaba exactamente lo que éramos.

No me gustó que esa frase me afectara. El contrato había sido diseñado precisamente para evitar confusiones: fecha de inicio, fecha de cierre, límites, consentimiento, apariciones, salida. Todo estaba escrito. Todo tenía nombre. Y, aun así, con su mano en mi cintura y su respiración cerca, ninguna cláusula parecía capaz de explicarme por qué la idea de verlo mirar así a otra mujer me resultaba insoportablemente molesta.

Un fotógrafo pidió:

―¡Mírense!

Lo hicimos.

Error.

Bruno estaba demasiado cerca.

―Deja de mirarme así ―murmuré.

―¿Así cómo?

―Como si esto no fuera fingido.

Su expresión cambió.

No sonrió.

―Yo puedo fingir muchas cosas, Alma.

―Entonces hazlo.

―Puedo fingir que me divierte el contrato. Puedo fingir que las cámaras no me molestan. Puedo fingir que ese noventa y seis por ciento significa algo.

Mi respiración se volvió corta.

―¿Y qué no puedes fingir?

Bruno acercó la boca a mi oído, sin tocarme.

―Que cuando otro hombre te mire como yo te estoy mirando ahora, no voy a recordar que esta relación termina en ochenta y cuatro días.

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