Capítulo 6 6

―Eso sonó peligrosamente parecido a celos.

Bruno no apartó la mirada.

―Eso sonó peligrosamente parecido a una observación.

―Eres periodista. Todo lo conviertes en observación cuando no quieres admitir algo.

―Y tú conviertes todo en estadística cuando no quieres sentirlo.

Sonreí para las cámaras.

―Estamos en un evento benéfico. Compórtate.

―Estoy siendo encantador.

―Estás respirándome encima.

―Eso suele pasar cuando dos personas están a veinte centímetros.

Su mano seguía en mi cintura.

No me molestaba.

Ese era el problema.

Un fotógrafo volvió a pedirnos que nos acercáramos y Bruno no se movió hasta que yo di otro pequeño paso hacia él.

La regla.

Siempre la regla.

Su mirada bajó un instante.

―¿Bien?

―Bien.

―¿Segura?

―Si vuelves a preguntarlo, dejaré de estarlo.

―Recibido.

Sonrió.

La foto salió.

Yo no necesitaba verla para saber que Lucía iba a querer enmarcarla.

Marta apareció cinco minutos después con la expresión de una mujer que acababa de multiplicar una inversión.

―No quiero saber qué estás pensando ―le advertí.

―Estoy pensando que por primera vez no tuve que pedirles nada.

―No te acostumbres.

―Demasiado tarde.

Bruno tomó una copa de agua.

―¿Ya terminamos?

―Casi. Falta la entrevista breve con Canal Siete.

―¿Breve cuánto? ―pregunté.

―Cuatro minutos.

―Perfecto.

Marta me miró.

―Y quieren una fotografía exclusiva.

―Ya tienen cincuenta.

―Quieren una más íntima.

Sentí a Bruno tensarse apenas.

―Define íntima ―dijo.

―Cerca. Mirándose. Tal vez un beso si ustedes quieren.

―No ―respondí.

Marta levantó ambas manos.

―Dije si quieren.

Bruno ni siquiera me miró.

―Entonces no.

Eso debería haberme tranquilizado.

En cambio, me irritó.

―¿Por qué respondes tú?

Ahora sí giró.

―Porque acabas de decir que no.

―Exacto.

―Entonces coincidí contigo.

―No necesito que me defiendas.

―No te estaba defendiendo.

―Parecía.

―Alma, acabamos de firmar que nadie va a empujarte a hacer algo que no quieras. Incluyéndome.

La seriedad de su voz desinfló mi enojo antes de que pudiera disfrutarlo.

―Bien.

Marta señaló hacia el pequeño set de entrevistas.

―Los veo en diez minutos.

Se alejó.

Bruno bebió agua.

―¿Vas a seguir peleando conmigo por respetar una regla que tú escribiste?

―Estoy considerando opciones.

―Adorable.

―No uses esa palabra conmigo.

―Anotado junto a novia, cariño y pareja ideal.

―Te falta insufrible.

―Ese me lo gané.

Antes de que pudiera responder, un hombre se detuvo frente a nosotros.

Lo reconocí después de dos segundos.

Álvaro Rivas, arquitecto. Habíamos coincidido en una conferencia sobre diseño de espacios sociales seis meses atrás.

―Alma.

―Álvaro. Hola.

Me dio un beso en la mejilla.

Noté cómo la mano de Bruno desaparecía de mi cintura.

No rápido.

No brusco.

Pero desapareció.

Interesante.

―No sabía que vendrías ―dijo Álvaro.

―Yo tampoco hasta esta tarde.

Él sonrió.

―Sigues viviendo con agenda de emergencia.

―Últimamente sí.

Álvaro miró a Bruno.

―Bruno Leiva.

―Álvaro Rivas.

Se estrecharon la mano.

Demasiado correctos.

Yo casi me reí.

―He visto la entrevista ―dijo Állvaro―. Felicidades por el noventa y seis.

―No se felicita un porcentaje ―respondí.

Bruno levantó su copa.

―Llevo dos días intentando explicárselo al país.

Álvaro volvió a mirarme.

―Si esto de la compatibilidad no funciona, todavía me debes aquel café.

Bruno se quedó inmóvil.

Yo recordé.

Habíamos hablado después de la conferencia. Álvaro me invitó a tomar café. Yo estaba saliendo de una relación complicada y dije “otro día”.

Nunca llegó.

―Eso fue hace meses.

―Las buenas invitaciones no caducan.

Bruno sonrió.

Esa sonrisa no tenía nada de amable.

―Algunas sí deberían.

Lo miré.

―Bruno.

Él alzó las cejas.

La señal.

No para tocarme esta vez.

Solo mi nombre en su boca.

Pero me afectó igual.

Álvaro soltó una risa.

―Entiendo. Momento complicado.

―No es complicado ―dije.

Bruno me miró.

―No, para nada.

Le di un pequeño golpe con el codo.

Álvaro se despidió y desapareció entre la gente.

Esperé tres segundos.

―¿Qué fue eso?

―¿Qué cosa?

―“Algunas deberían.”

―Opinión general sobre invitaciones antiguas.

―Eres ridículo.

―Y él tiene demasiados dientes.

Lo miré.

―¿Estás celoso?

―No.

―Respuesta muy rápida.

―Aprendo de ti.

―Bruno.

―Alma.

La forma en que dijo mi nombre hizo que el ruido alrededor pareciera más lejano.

―No tienes derecho a ponerte celoso.

―Lo sé.

―Esto es falso.

―También lo sé.

―Entonces compórtate como si lo supieras.

Su mandíbula se tensó.

―Tú primero.

Me quedé quieta.

―¿Qué significa eso?

Se acercó un poco.

No me tocó.

―Significa que hace veinte minutos casi me arrancas la piel con los ojos porque Renata me abrazó.

―No exageres.

―Soy documentalista. Observo.

―Eres insoportable.

―Y tú estabas celosa.

―No.

―Mientes fatal cuando te importa.

La frase me golpeó más de lo que debía.

Marta llamó nuestros nombres desde el set.

―Tenemos entrevista.

―Salvada por producción ―murmuró Bruno.

Nos sentamos frente a la reportera.

Las preguntas fueron previsibles.

Cómo se sentía el acuerdo.

Qué significaba el noventa y seis.

Si había química.

Esa última hizo sonreír a Bruno.

―Eso debería responderlo Alma.

Lo fulminé.

La reportera se rio.

―¿Hay química?

Miré a Bruno.

Él esperaba.

No con burla.

Esperaba de verdad.

―Hay fricción ―dije.

―Eso también genera calor ―respondió.

La reportera soltó una carcajada.

Yo sentí el calor directamente en el cuello.

Terminamos.

El fotógrafo pidió la última imagen.

Nos colocamos frente a una pared blanca.

―Más cerca.

Bruno me miró antes de moverse.

Asentí.

Se acercó.

―Más.

Volví a asentir.

Su mano llegó a mi cintura.

―Alma.

La señal.

Di un paso hacia él.

El fotógrafo levantó la cámara.

―Perfecto. Ahora mírense.

Lo hicimos.

Mala idea.

Bruno tenía la boca demasiado cerca.

―Podemos terminar aquí ―murmuró.

―Lo sé.

―No tienes que demostrar nada.

―Lo sé.

―Entonces ¿por qué sigues mirándome así?

No tenía una respuesta segura.

Así que elegí una peligrosa.

―¿Quieres besarme?

Sus ojos cambiaron.

―Eso requiere pregunta directa.

―La estoy haciendo yo.

―Sí.

Mi pulso se disparó.

―Uno.

―Uno.

―Breve.

―Lo que tú quieras.

―Por las cámaras.

Bruno sostuvo mi mirada.

―Claro.

Apoyé una mano en su pecho.

Él no se movió hasta que fui yo quien cerró la distancia.

Su boca tocó la mía.

Suave.

Un segundo.

Dos.

Debería haber terminado ahí.

No terminó.

Mis dedos se cerraron sobre su camisa.

Bruno soltó el aire contra mis labios y me besó otra vez, más lento, sin sujetarme más fuerte, dejándome todo el espacio para apartarme.

No lo hice.

La cámara disparaba.

Yo ya no la escuchaba.

Cuando nos separamos, seguía teniendo la mano en su pecho.

Bruno me miró la boca.

―Alma.

―No.

―Ni siquiera he dicho nada.

―Tu cara sí.

Se acercó apenas, sin tocarme.

―Entonces dime una cosa.

―¿Qué?

Su voz bajó hasta quedar solo entre nosotros.

―Dime que ese segundo beso también fue para las cámaras.

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