Capítulo 3 Desafío.

Capítulo 3.

POV Pandora.

Desafió.

Al bajar del escenario, el aire me falta y apenas tengo tiempo de recuperar el aliento cuando Bella entra precipitadamente al camerino. Sus ojos brillan con una mezcla de emoción y nerviosismo.

—¡Pandora! Te dije que era una noche especial —exclama, tomándome por los hombros—. El Jefe está aquí, ha venido de sorpresa y quiere conocer a las nuevas. ¡Y tú eres la siguiente! Ponte algo espectacular y sube a su oficina. Deslúmbralo, haz que decida que te quedes.

Siento un nudo en el estómago.

—Bella, ¿Sabe que yo no… —intento protestar, pero ella me corta de golpe.

—Lo sabe, por eso debes ser la mejor. El Lobo es estricto; dice que este club no es un Mol para pasar el rato. He intentado convencerlo de tu potencial, pero el resto depende de ti. Habla con él, pon tus condiciones. Eres increíble, Pandora, te aceptará.

Suelto un largo suspiro, rindiéndome a la insistencia de mi amiga. Me cambio rápidamente, eligiendo un atuendo que grita seguridad: un shorts rojo sangre y una camisa de flecos brillantes que bailan sobre mi abdomen con cada movimiento. Me calzo mis botas negras y me miro al espejo por última vez.

Frente a la puerta de la oficina principal, mi corazón late con una fuerza que me retumba en los oídos. Los guardias me observan en un silencio pesado. Trago saliva y golpeo la madera noble.

—Adelante —dice esa voz.

Esa maldita voz. Mi cuerpo se tensa al instante. Al abrir, me encuentro de nuevo con el hombre del pasillo. ¿El dueño del club? Tiene que ser una broma.

— Permiso señ…— Me detengo, en shock al velo—¿¡Es usted!?—murmuro, cerrando la puerta tras de mí.

El me observa desde su escritorio. Ya no hay rastro de la indiferencia con la que me crucé antes; ahora su mirada tiene una curiosidad peligrosa, casi eléctrica.

—Pandora, ¿no es así? —pregunta con una intensidad depredadora.

—Sí.— Respondo con voz débil.

—Enséñame qué tienes para mí, Pandora.— Pide, no es una petición, es una orden.

Él se apoya contra el borde de su escritorio, sosteniendo un vaso de whisky en una mano y un habano en la otra. Me mira como quien ha acorralado finalmente a su presa.

Decido que no voy a dejar que me intimide. Comienzo a bailar.

Si en el escenario me sentí libre, aquí me siento sublime. La música vibra en las paredes de la oficina, llenando el espacio entre nosotros. No despego mi mirada de la suya mientras subo por el tubo de la estancia. Me abro de piernas con una flexibilidad que sé que lo impacta, dejando que mi cuerpo sea el único protagonista. Me arrastro por el suelo hacia él con una sensualidad que busca desestabilizarlo, un desafío silencioso. Me inclino, sacudo mi melena castaña y deslizo mi mano por mi piel con una lentitud tortuosa. Yo tengo el control.

Finalmente, tomo impulso en el tubo, giro de forma perfecta y caigo de rodillas justo a sus pies. Mi respiración es un jadeo errático, pero mi mirada es un incendio.

—¿Y bien? —le pregunto, desafiante—. ¿Le gustó lo que vio?

Él no responde. Se inclina hacia mí con una parsimonia que me pone los pelos de punta y me sujeta la barbilla con firmeza, obligándome a mirarlo fijamente.

—¿Cómo te llamas, Pandora? —su susurro está cargado de autoridad.

—No puedo decírselo —respondo sin parpadear—. Pero puede llamarme Pandora. Es el único nombre que necesita saber.

Él suelta mi rostro, pero se mantiene cerca.

—Me han informado que frecuentas mi club desde hace nueve meses. Bailas, te diviertes y te marchas. ¿Qué intenciones tienes exactamente?

No le aparto la mirada, la mantengo, siguiendo cada parpadeo suyo.

—Cómo acaba de mencionar, diversión, simplemente. Creo que mi presencia es un beneficio mutuo.— Declaró con confianza.

—¿Beneficio? —Él arquea una ceja, escéptico—. Solo bailas. No te acuestas con nadie…

Me pongo en pie lentamente sin cortar la distancia entre los dos, invadiendo su espacio personal hasta quedar a escasos centímetros de su pecho.

—No me acuesto, ni me acostaré con nadie. Pero mantengo a su clientela cautivada. Usted mismo lo vio: el lugar estaba a punto de estallar. Además, solo me quedo con las propinas; no le cobro un solo centavo. Para mí, esto es un escape. Vengo, bailo, hago que consuman y me voy. Así de simple.

—¡Así de simple! —El Lobo regresa a su silla y se desploma en ella, estudiándome como si fuera un acertijo—. El problema es que no me agradan los extraños. Tu presencia es un riesgo. No tengo informes sobre ti, no sé quién eres ni de dónde vienes. ¿Cómo voy a confiar en alguien que vive bajo una máscara?

—Llevo nueve meses viniendo. Bella y las demás saben que soy de fiar. ¿Qué es lo que le molesta? Si soy un problema, puedo irme a otro club. Hay muchos que estarían encantados de…

—¿Entonces por qué este? —me interrumpe con la mirada afilada—. ¿Qué tiene el Fénix que no tengan los demás?

—No es el club. Es lo que hago.

—¿Bailar? ¿Buscas adrenalina o solo atención?

—Se podría decir. Digamos que este lugar es mi santuario. Si usted decide que no pertenezco aquí solo porque no voy a acostarme con nadie…

—Eres virgen.— expulsa, sin anestesia.

Me quedo helada, sintiendo cómo el aire se escapa de mis pulmones.

—¿Qué dice?

—¿Lo eres o no?

—¿Y eso a qué viene? —intento recuperar la compostura, aunque el pulso me traiciona en el cuello—. Está malinterpretando todo. No tengo por qué responder a eso.

—No, no debes. Pero si quieres quedarte, me darás una respuesta —dice mientras da un sorbo a su whisky sin quitarme el ojo de encima—. Aquí vienen hombres peligrosos. Nadie va a protegerte. Este no es lugar para “escapar”. Así que pregúntate si realmente quieres ser parte de este lugar.

—Sé cuidarme sola —replico con una frialdad que parece sorprenderlo—. Como le dije, llevo nueve meses aquí y no ha pasado nada. Confíe en mí; solo quiero bailar, no le cobró nada y lo hago ganar mucho dinero mientras me divierto, es un buen trato, ¿No lo cree? Si eso no es beneficio para ambos, entonces no sé qué más podría hacerlo, solo le pido que lo piense, solo mire los resultados, de nueve meses estando aquí, pero entiendo que usted tiene la última palabra, y entenderé perfectamente si decide que no pertenezco aquí.

Él da una larga calada a su habano y el humo envuelve su rostro, dándole un aire casi diabólico. Tras un silencio eterno, asiente.

—De acuerdo. Mandaré a preparar un contrato. Firmarás una cláusula de consentimiento: lo que sea que pase bajo este techo, será bajo tu absoluta responsabilidad. El club se desliga de ti.

—Perfecto. Le aseguro no se arrepentirá de su decisión. Si no requiere de algo más, entonces me retiro si así lo desea.

— Bien, puedes retirarte, te informaré cuando tenga el contrato.

— Muy bien, señor. Ha sido un placer conocerlo. Permiso.

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