Capítulo 4 Sombras del pasado.

Capítulo 4.

POV Arthur

Sombras del pasado

En cuanto la puerta se cierra tras Pandora, el rastro de su perfume aún flota en el aire, desafiante. Presiono el botón de mi escritorio con un movimiento seco. Mi hombre de confianza entra al instante, como una sombra que esperaba su turno.

—¿Llamó, señor?

—Sí —respondo, sin apartar la mirada del lugar donde ella estaba de pie hace un momento—. Investígala. Quiero saberlo todo; hasta la marca de jabón que usa. No dejes un solo rastro sin seguir.

—Como ordene, señor.

Él asiente y se retira. Me quedo a solas con mis pensamientos, tratando de descifrar el acertijo que representa esa mujer, cuando una vibración interrumpe el silencio. Mi mirada se posa en el aparato sobre la mesa; es mi línea privada. Al ver el nombre en la pantalla, mi humor se ensombrece al instante.

Es el motivo de mi regreso: mi hermano mayor, Armando Maglot. Tras años de desprecio y un silencio sepulcral, el «hijo pródigo» de la política ahora mendiga mi atención.

—Armando Maglot —contesto, dejando que mi voz suene cargada de aburrimiento—. Ya se está volviendo costumbre que me llames. Diez veces en dos días… Debes estar con el agua al cuello para recordar de pronto que tienes un hermano.

—Necesito que hablemos, Arthur —su voz suena tensa, casi desesperada—. ¿Ya estás en la ciudad?

—Aún no —miento sin parpadear, saboreando el poder de mantenerlo en la incertidumbre.

—Dijiste que vendrías. Necesito verte, joder.

Suelto una risa corta, carente de humor.

—¿Ahora sí somos familia? ¿El ilustre alcalde de la ciudad necesita al gánster?

—Arthur, sé que fui un imbécil contigo. Dije cosas… estaba pensando en mi carrera, en mi futuro político —empieza a escupir sus excusas—. Solo quería alejarme del fango al que nuestro padre nos condenó. Me arrepiento, de verdad. Mira, para arreglar las cosas, quiero que vengas a la fiesta de graduación de mi hija mayor, Analla, el próximo sábado. Te presentaré formalmente como mi hermano…

—Si me vas a soltar ese discurso basura sobre «reconectar», te cuelgo ahora mismo —lo interrumpo, harto de su hipocresía.

—¡Arthur, maldita sea! ¡Te necesito! —El pánico quiebra su voz, desnudándolo—. Estoy en un problema grave. Me traicionaron y estoy metido en un lío legal que no puedo tapar solo. Tengo una familia, tres hijos… No confío en nadie más, hermano, ayúdame.

Escucho su ruego con una frialdad absoluta. El miedo de los demás es una moneda que sé manejar muy bien a mi favor.

—He escuchado mucho sobre tus problemas —le digo—. Ahora dime: ¿qué gano yo ayudándote?

—Lo que quieras. Haré lo que sea —responde de inmediato, vendiendo lo que le queda de alma—. Pero no puedo hablar por aquí. Ven a casa, hablemos de frente. Valentina se alegrará de verte.

—Lo dudo… Bueno, ya veremos. Te contactaré.

Cuelgo sin despedirme. No necesita una respuesta cortés; solo necesito saber que lo tengo donde quiero. Bebo el último trago de whisky de un golpe, sintiendo el ardor en la garganta. El pasado está llamando a mi puerta y, como siempre, no viene con buenas intenciones.

En el mundo de los Maglot ha existido siempre una brecha de intereses que ha dividido a la familia. Mi hermano, Armando Maglot, electo alcalde de Washington D.C. —que es prácticamente nuestra ciudad natal—, decidió cortar lazos con nosotros. Según él, lo hizo para resguardar las apariencias y seguir el «camino correcto», una senda que se vio empañada por nuestras raíces. Yo, siendo el menor, sigo el legado de mi padre: la mafia y el poder. La ambición y la avaricia me mueven; vivo por el dinero y los negocios. Involucré a mi hermano en un problema político y ahora que está en medio del colapso, a punto de la quiebra, me llama porque me necesita. Sin embargo, mi ayuda siempre viene acompañada de beneficios propios; estoy dispuesto incluso a prescindir de mi hermano si se interpone en mi camino.

Estoy en medio de mi revisión contable cuando mi hombre de confianza irrumpe en el lugar.

—Permiso, señor.

—Adelante, Gonzalo.

—Disculpe, señor, quería informarle que el show ha terminado. La mujer, Pandora, ya se retira.

—Síguela. Investiga quién es y de dónde viene. Lo quiero saber todo.

—Como ordene, señor.

—Gonzalo, dile a Larissa que suba a verme.

—De inmediato, señor.

El hombre sale y me levanto. Con un habano en la mano, camino hacia el borde del palco para observar la escena de abajo, cuando el ruido en la puerta me distrae.

—Adelante —digo, moviéndome hacia el interior de la habitación.

Larissa ya me espera, dispuesta a seguir mis órdenes.

—Mi señor —dice, arrodillándose frente a mí.

Le acaricio los labios como señal y ella rápidamente empieza a soltar la hebilla de mi pantalón, preparándose para complacerme mientras yo disfruto de mi habano. En medio del placer, cuando estoy por llegar al clímax, el sonido incesante de mi celular me distrae; no puedo concentrarme con la vibración constante. Furioso, le doy una nalgada a Larissa, me levanto y tomo el aparato. Le hago una señal a la mujer para que termine el trabajo con la boca. Ella no duda y se mueve con rapidez, mientras mi atención se centra en un mensaje: «La perdimos, señor».

El placer se borra de mi rostro, siendo reemplazado por una expresión sombría. Le hago una señal a Larissa para que se vaya; ella corre a tomar sus cosas al ver mi semblante.

—¿Qué cojones has dicho? ¿Que una mujer fue capaz de burlar a mi equipo de seguridad? ¿Eso me estás diciendo?

—Señor, la seguíamos, pero… —Lo interrumpo.

—Encuéntrala. Ahora. Quiero su información hoy mismo sobre mi escritorio o atente a las consecuencias.

Furioso, arrojo el celular sobre la cama y me sirvo un vaso de whisky, fijando la vista en Vanessa. Con una señal, ella entiende el mensaje y no pasa mucho tiempo antes de que la tenga frente a mí.

—¿Me llamó, señor?

—Quiero hacerte una pregunta, Vanessa —digo, sin mirarla directamente.

—¿Qué sería, señor?

—¿Sabes la identidad real de Pandora? —Silencio. Es entonces cuando me vuelvo para encararla—. ¿Lo sabes?

—No, señor.

—¿Estás segura?

—Sí, señor.

—Lo sabes, pero no vas a decírmelo. ¿Acaso tu lealtad está con ella antes que conmigo?

—No es eso, señor. Es que, si se lo digo, ella… ella corre peligro. Juré no decírselo a nadie por su seguridad y la del club.

—¿Es policía?

—No, créame, señor. Jamás traería al club a alguien que represente una amenaza para nosotros. Es solo que su vida es complicada; si su familia llegara a saber lo que hace, su madre la encerraría lejos. Le juro, señor, por mi vida y la de mi familia, que ella no es mala. Es solo una chica envuelta en un mundo al que no quiere pertenecer. Por favor, confíe en mí, se lo ruego. Denos una oportunidad, le juro que no le causaremos problemas.

La observo con frialdad, irritado por no tener el control total de la situación.

—Vete. Sal de aquí.

—Permiso, señor.

—Vanessa… —Se detiene en seco—. Si esa chica resulta ser una amenaza, tú y tu familia pueden irse despidiendo de este mundo.

—Lo sé, señor.

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