Capítulo 1 Capítulo 1
El sobre seguía en la mesa exactamente donde lo había dejado tres horas antes. No había desaparecido. Tampoco se había vuelto menos amenazante. Solo estaba ahí, blanco, oficial, con el logo de la inmobiliaria en la esquina superior izquierda y mi nombre escrito con una precisión que resultaba casi ofensiva.
Lucia Wilder.
Lo abrí de nuevo aunque ya me sabía el contenido de memoria. Tenía quince días. Quince días para pagar tres meses de retraso o el departamento dejaría de ser mío. No era solo el departamento. Era el estudio. El único espacio donde todavía podía pretender que mi vida no se estaba desmoronando por completo.
Me pasé una mano por la cara y solté el aire con fuerza. El café de la mañana se había quedado frío en la taza. La luz que entraba por el ventanal de piso a techo era de ese tono grisáceo típico de los días en los que ni siquiera el cielo se esforzaba por parecer decente. Nueva York podía ser hermosa, sí, pero también sabía ser cruelmente indiferente.
Mi teléfono vibró sobre la mesa. El nombre de Mateo apareció en la pantalla y, por primera vez en todo el día, sentí que algo dentro de mí se aflojaba un poco.
—Dime —contesté, intentando que la voz no me saliera tan cansada como me sentía.
—Todavía no has comido, ¿verdad? —preguntó sin ni siquiera saludar.
Sonreí a pesar de todo.
—¿Eso es una acusación o una preocupación?
—Las dos. Estoy abajo. Traje comida. Ábreme antes de que el portero me mire otra vez como si fuera a robarte.
Colgué y me dirigí a la puerta. Mateo apareció dos minutos después con una bolsa de papel en una mano y una expresión a medio camino entre la reprimenda y el cariño. Llevaba una camiseta gris oscuro, jeans y el pelo revuelto de quien se había pasado la mano por él demasiadas veces. Se veía exactamente igual que siempre: familiar, estable, molesto en la medida justa.
—Te ves como si hubieras peleado con un Excel y perdido —dijo al entrar, dejándome un beso en la mejilla de pasada.
—Pelear con un Excel habría sido más digno —contesté, cerrando la puerta detrás de él—. Al menos ahí tienes la opción de fingir que tienes el control.
Mateo dejó la bolsa sobre la isla de la cocina y empezó a sacar contenedores sin pedir permiso. Lo hacía siempre. Entraba a mi casa como si fuera suya y, de alguna forma, lo era. Habíamos crecido juntos. Habíamos sobrevivido a la secundaria, a la universidad, a mis peores decisiones y a las suyas. No había secretos entre nosotros. Tampoco había nada más. Nunca lo había habido. Mateo era la única constante no complicada de mi vida y pensaba mantenerlo así.
—¿Cuánto te falta? —preguntó de pronto, sin rodeos, mientras abría un contenedor de arroz.
Me encogí de hombros y me senté en uno de los taburetes.
—Lo suficiente como para que me duela el estómago cada vez que abro el correo.
Él no dijo nada durante unos segundos. Solo me miró con esa expresión seria que usaba pocas veces.
—Podrías pedirme prestado.
—No.
—Lucia.
—No, Mateo. Ya te debo demasiado por dejarme llorarte encima durante meses. No voy a convertirte también en mi banco personal.
Él resopló, pero no insistió. Sabía que era inútil. Yo era testaruda hasta el absurdo cuando se trataba de mi orgullo. Prefería ahogarme con estilo antes que aceptar ciertas ayudas.
Comimos en silencio durante un rato. La comida estaba buena, como siempre que él elegía. En algún momento Mateo empezó a hablar de su trabajo, de un compañero insoportable y de una cita desastrosa que había tenido el fin de semana. Reí de verdad por primera vez en días. Por un momento, el sobre de la inmobiliaria dejó de existir.
Hasta que volvió a existir.
Cuando terminamos, Mateo se quedó un rato más. Se dejó caer en el sofá como si pesara el doble y yo me senté en el sillón de enfrente con las piernas encogidas. La ciudad seguía ahí fuera, ajena a mi desastre personal.
—¿Y el proyecto del loft de Brooklyn? —preguntó de pronto—. ¿No te iban a pagar la segunda parte esta semana?
Negué con la cabeza.
—El cliente desapareció. Literalmente. No contesta llamadas, no responde correos. Y yo ya había comprado la mitad de los materiales con dinero que no tenía.
Mateo maldijo por lo bajo.
—Gente de mierda.
—Sí. —Me froté los ojos—. Si no consigo un trabajo grande en los próximos días, voy a tener que empezar a vender cosas. O mudarme a una caja de cartón con vistas al callejón.
—Dramática.
—Realista.
Se quedó callado un momento y después se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Conozco a alguien —dijo despacio—. Bueno, conozco a alguien que conoce a alguien. Un tipo que está buscando diseñadora de interiores para un proyecto grande. De esos que pagan bien y rápido.
Le levanté una ceja.
—¿Qué tan grande?
—Penthouse. Manhattan. Cliente con más dinero que sentido de la estética, al parecer. Quiere alguien que sepa lo que hace y que no le tiemble el pulso al decirle que su gusto es horrible.
—Suena demasiado bueno para ser verdad.
—Por eso pensé en ti —respondió con una media sonrisa—. Eres buena cuando las cosas se ponen difíciles. Y ahora mismo estás en el punto exacto de desesperación como para aceptar un cliente imposible.
Le arrojé un cojín. Él lo esquivó riendo.
—Pásame el contacto —dije después de un momento—. Aunque probablemente no llegue a nada.
