Capítulo 2 Capítulo 2

Mateo sacó el teléfono y me reenvió un número junto con un nombre.

Alex Harrington.

No me sonaba. Pero en Nueva York había demasiados hombres con dinero y apellido elegante como para que todos me resultaran familiares.

—Le escribí de tu parte —añadió Mateo—. Le dije que eras la mejor diseñadora que conozco y que estabas disponible para una reunión. Me contestó hace rato. Quiere verte mañana.

Parpadeé.

—¿Mañana?

—Mañana. Diez de la mañana. Oficina en Midtown. Te pasé la dirección.

Me quedé mirando la pantalla del teléfono como si las palabras pudieran cambiar si las observaba el tiempo suficiente. Una reunión. Un posible trabajo. Un respiro.

—Gracias —dije en voz baja.

Mateo se encogió de hombros, restándole importancia como hacía siempre que me ayudaba de verdad.

—No me agradezcas todavía. Primero averigua si el tipo es un imbécil. Si lo es, me avisas y le digo que te enfermaste.

Sonreí. Después me levanté, recogí los contenedores vacíos y los tiré a la basura. Cuando volví al sofá, Mateo ya se había quitado las zapatillas y tenía los pies sobre la mesa de centro. Ni siquiera protesté. Hacía años que había dejado de pelearme por esas cosas.

La tarde fue pasando con una lentitud casi amable. Hablamos de todo y de nada. Él me contó más detalles de su cita desastrosa y yo le confesé que llevaba tres noches sin dormir bien. En ningún momento hubo tensión rara. Nunca la había. Con Mateo el silencio era cómodo y las palabras sobraban la mitad del tiempo. Era simple. Seguro. Fácil.

Cuando se hizo de noche, él se levantó, se estiró y anunció que se iba antes de que lo acusara de ocupar mi sofá otra vez. En la puerta me dio un abrazo breve y fuerte, el mismo de siempre.

—Mañana me cuentas cómo te fue con el millonario —dijo—. Y come algo que no salga de una caja, por favor.

—Sí, mamá.

Le di un empujón suave y cerré la puerta cuando bajó las escaleras. El departamento se quedó en silencio de inmediato. Demasiado silencio.

Caminé hasta la mesa y miré el sobre otra vez. Quince días. Después tomé el teléfono y abrí el mensaje de Mateo con el nombre de Alex Harrington. Me quedé observándolo un rato, sin saber exactamente por qué me generaba una sensación extraña en el estómago. Tal vez era solo el nerviosismo de necesitar ese trabajo con demasiada urgencia. O tal vez era instinto.

Decidí no pensar demasiado en ello. Me di una ducha larga, me puse un pijama cómodo y me metí en la cama aunque todavía no tenía sueño. El techo de mi habitación tenía una pequeña grieta en la esquina que llevaba meses queriendo arreglar y nunca lo hacía. Esa noche la miré hasta que los ojos se me cerraron solos.

Soñé con números rojos, con firmas que no reconocía y con una voz masculina baja y controlada que decía mi nombre como si ya me conociera.

A la mañana siguiente me desperté antes de que sonara la alarma. El nerviosismo había vuelto, más afilado. Me preparé con más cuidado del habitual: un pantalón negro de corte impecable, una blusa de seda color crema y unos tacones que no usaba desde hacía meses. Recogí el pelo en un moño bajo y me maquillé lo justo para parecer profesional y no desesperada. El resultado no estaba mal. Parecía alguien que todavía tenía la situación bajo control.

Mentira.

Antes de salir, me detuve frente al espejo del recibidor y me miré a los ojos.

—Solo es una reunión —me dije en voz baja—. Consigue el trabajo. Cobra. Sobrevive.

Agarré el bolso, las llaves y el teléfono. En la pantalla, el nombre de Alex Harrington seguía ahí, esperando.

Salí del departamento sin mirar atrás. El sobre blanco se quedó sobre la mesa, callado e implacable. Quince días. Y ahora, una reunión que podría cambiarlo todo… o no cambiar absolutamente nada.

Mientras bajaba en el ascensor, no podía quitarme de encima la sensación de que algo estaba a punto de empezar. Algo que no iba a poder controlar tan fácilmente como un presupuesto o una paleta de colores.

El tráfico de Manhattan me recibió con su caos habitual. Pedí un auto y, durante el trayecto, repasé mentalmente mi portafolio, mis proyectos anteriores, las respuestas que daría si me preguntaban por mi disponibilidad inmediata. Necesitaba este trabajo. Más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Cuando el edificio apareció frente a mí, levanté la vista. Era de esos rascacielos de cristal y acero que parecían diseñados para recordar a la gente lo pequeña que era. Respiré hondo, ajusté la correa del bolso sobre el hombro y entré.

El vestíbulo olía a dinero y a mármol recién limpiado. En la recepción me pidieron mi nombre, verificaron la cita y me indicaron el ascensor del último piso. Mientras subía, miré mi reflejo en las paredes de acero. Parecía tranquila. Casi convincente.

Las puertas se abrieron con un sonido suave. Un pasillo amplio, silencioso, con obras de arte que probablemente costaban más que todo lo que yo había ganado en los últimos dos años. Al fondo, una puerta doble de madera oscura. Una secretaria me esperaba con una sonrisa profesional.

—Señorita Wilder. El señor Harrington ya la está esperando. Adelante.

Asentí, agradecí y caminé hacia la puerta. El corazón me latía con una fuerza absurda, como si el cuerpo supiera algo que mi cabeza todavía no había procesado.

Toqué suavemente y entré.

La oficina era enorme. Ventanales de piso a techo mostraban la ciudad como si fuera un tablero de juego. Y en el centro, de pie junto al escritorio, estaba él.

Alex Harrington.

Más alto de lo que había imaginado. Cabello oscuro perfectamente peinado. Traje negro que parecía hecho a medida para recordar a cualquiera quién mandaba. Y unos ojos grises que se posaron en mí con una intensidad que me dejó sin aire durante un segundo completo.

No sonrió.

Solo me miró.

Y por alguna razón que no supe explicar en ese momento, sentí que acababa de cruzar una línea que ya no tenía vuelta atrás.

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