Capítulo 3 Capítulo 3
La oficina de Alex Harrington olía a madera cara, a café recién hecho y a algo más que no supe identificar del todo. Poder, tal vez. O control. El tipo de aroma que no se compra en ninguna tienda porque viene de serie con ciertos hombres.
Me quedé de pie a unos metros de la puerta, sin estar segura de si debía avanzar o esperar a que él hablara primero. Él no se movió. Solo me observó con esos ojos grises que parecían evaluar cada detalle de mi persona, desde el moño hasta la forma en que sostenía el bolso. No era una mirada lasciva. Era peor. Era una mirada que medía, calculaba y decidía.
—Señorita Wilder —dijo por fin. Su voz era grave, baja y perfectamente modulada—. Pase. Siéntese.
No fue una invitación. Fue una instrucción.
Avancé hasta el sillón de cuero oscuro que había frente a su escritorio y me senté con la espalda recta, intentando proyectar una seguridad que no sentía. Él permaneció de pie un segundo más, lo suficiente como para que la diferencia de altura se volviera casi ofensiva, y después ocupó su lugar al otro lado del escritorio. El silencio se estiró entre los dos mientras él abría una carpeta negra y pasaba una página con dedos largos y cuidados.
—Mateo Vargas habló muy bien de usted —comentó sin levantar la vista—. Dijo que era la mejor diseñadora de interiores que conocía. ¿Es cierto?
La pregunta me tomó por sorpresa. No por el contenido, sino por la forma en que la formuló. Como si estuviera poniendo a prueba no solo mi trabajo, sino mi capacidad para no desmoronarme bajo presión.
—Mateo es mi mejor amigo —respondí con honestidad—. Puede que sea un poco parcial. Pero sí, soy buena en lo que hago.
Él alzó la mirada entonces. Y por un instante, solo un instante, algo pareció encenderse detrás de ese gris frío.
—La parcialidad de los amigos suele ser poco fiable —dijo—. Prefiero juzgar por mí mismo.
Deslizó la carpeta hacia mí. Dentro había fotografías de un penthouse vacío, planos arquitectónicos y algunas notas escritas con letra firme y precisa. El espacio era impresionante. Techos altos, ventanales enormes, una terraza que parecía suspendida sobre la ciudad. Pero estaba completamente desnudo. Sin alma. Sin personalidad.
—Es mío —explicó—. Acabo de adquirirlo. Quiero que lo convierta en un lugar habitable. No me interesa que parezca una revista. Me interesa que funcione. Que sea cómodo, elegante y que no grite dinero a los cuatro vientos. ¿Puede hacerlo?
Observé las imágenes con atención profesional, aunque parte de mi cerebro seguía ocupada procesando la forma en que él pronunciaba cada palabra. Hablaba poco. Y cuando lo hacía, cada sílaba parecía medida.
—Sí —contesté después de un momento—. Puedo hacerlo. Pero necesito saber qué tipo de vida se supone que debe reflejar este espacio. ¿Recibe mucho? ¿Trabaja desde casa? ¿Tiene preferencias de materiales, colores, texturas?
Alex se reclinó un poco en su silla y entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Recibo cuando es necesario. Trabajo desde donde haga falta. Y mis preferencias son simples: nada ostentoso, nada frágil y nada que no pueda limpiarse con facilidad. Detesto las cosas que se rompen solo con mirarlas.
Asentí, tomando notas mentales.
—¿Presupuesto?
—El que necesite. Dentro de lo razonable. No me interesa regatear con usted. Me interesa el resultado.
La frase me dejó un sabor extraño. La mayoría de los clientes con dinero disfrutaban haciendo sentir a los demás que cada centavo era un favor. Él no. Hablaba como alguien acostumbrado a obtener exactamente lo que quería sin necesidad de alzar la voz.
—Entonces necesitaré acceso al espacio lo antes posible —dije—. Medidas exactas, estado de las instalaciones, iluminación natural en diferentes momentos del día. Y una conversación más larga sobre cómo usa usted realmente su tiempo dentro de una casa.
Él me estudió en silencio durante unos segundos que se hicieron demasiado largos.
—Mañana —decidió—. A las nueve. Le enviaré el auto.
Parpadeé.
—Puedo llegar por mi cuenta.
—No lo dudo. Pero mañana la recogerá mi conductor. Es más eficiente.
No había espacio para discusión en su tono. Guardé el comentario que se me venía a la boca y me limité a asentir. Necesitaba este trabajo. Discutir por un auto habría sido estúpido.
Alex cerró la carpeta con un movimiento preciso.
—Hay algo más —añadió.
Levanté la vista.
—¿Sí?
Él no apartó la mirada de la mía. Y por primera vez desde que había entrado, sentí un leve estremecimiento en la nuca. No era miedo exactamente. Era la sensación de estar siendo observada por alguien que no parpadeaba lo suficiente.
—Su amigo mencionó que estaba disponible de inmediato. ¿Es correcto?
—Sí. —La mentira salió con facilidad—. Tuve un proyecto que se canceló. Puedo empezar cuando sea necesario.
Él asintió lentamente, como si esa información encajara en algún cálculo interno que yo no podía ver.
—Bien. Entonces no hay más que discutir por ahora. Mi secretaria le hará llegar el contrato de servicios y los detalles de acceso al penthouse. Si tiene alguna pregunta, puede comunicársela a ella.
Me quedé quieta. La reunión había terminado. De forma abrupta, casi cortante. Me levanté, acomodé el bolso en el hombro y extendí la mano por profesionalismo. Él la miró un segundo antes de tomarla.
Su piel estaba caliente. La presión de sus dedos fue firme, controlada, y duró un instante más de lo estrictamente necesario. Cuando me soltó, sentí el eco de ese contacto en la palma como si me hubiera marcado.
—Señorita Wilder —dijo mientras me dirigía a la puerta.
Me detuve y miré por encima del hombro.
—Sí?
—No llegue tarde mañana.
No sonaba a amenaza. Sonaba a una advertencia suave envuelta en cortesía. Asentí una vez y salí de la oficina con el corazón latiéndome con demasiada fuerza contra las costillas.
La secretaria me sonrió con amabilidad profesional y me indicó el ascensor. Mientras bajaba, me di cuenta de que tenía las manos ligeramente sudorosas. Ridículo. Solo había sido una reunión de trabajo. Un cliente exigente. Un hombre atractivo con demasiado dinero y una mirada que no sabía quedarse en su sitio.
Nada más.
En la calle, el aire fresco de la mañana me golpeó la cara y me ayudó a ordenar un poco los pensamientos. Saqué el teléfono y le envié un mensaje a Mateo.
Reunión terminada. El tipo es intenso. Pero el trabajo parece real. Mañana voy a ver el penthouse.
La respuesta llegó casi de inmediato.
¿Intenso de “me va a pagar bien” o intenso de “debería haber pedido referencias antes”?
Sonreí a pesar de mí misma.
Todavía no lo decido. Te cuento mañana.
Guardé el teléfono y empecé a caminar sin rumbo fijo durante un par de manzanas. Necesitaba moverme. Necesitaba que el cuerpo gastara un poco de la energía rara que me había dejado esa oficina. Alex Harrington no había sido grosero. Tampoco había sido especialmente amable. Había sido… presente. De una forma que ocupaba más espacio del que le correspondía.
Recordé la forma en que me había mirado cuando mencioné a Mateo. Solo un segundo. Un parpadeo. Pero algo en su expresión había cambiado, tan sutil que casi podía haberlo imaginado. Casi.
Saqué aire y lo solté despacio. Estaba sobreanalizando. El hombre era un posible cliente, no un enigma que tuviera que resolver. Lo único que importaba era el contrato, el dinero y los quince días que se me estaban acabando.
Cuando por fin tomé un café y me senté en una banca a revisar los correos, encontré uno nuevo en la bandeja de entrada. Provenía de la oficina de Harrington.
Asunto: Contrato de servicios – Proyecto Penthouse.
Lo abrí. Las condiciones eran claras, profesionales y generosas. Una parte del pago por adelantado al firmar, otra a mitad del proyecto y el resto al finalizar. Sin cláusulas raras. Sin rodeos. Exactamente lo que necesitaba.
Firmé digitalmente antes de poder arrepentirme.
En cuanto envié el documento, una sensación extraña se instaló en mi estómago. No era alivio. Era otra cosa. Como si acabara de firmar algo más que un simple contrato de diseño.
Me adapté en la silla y miré la ciudad a través de la ventana del café. Miles de personas caminando, hablando por teléfono, viviendo sus vidas sin saber que la mía acababa de dar un giro del que todavía no entendía las consecuencias.
El teléfono vibró otra vez. Esta vez era un número desconocido.
—¿Sí? —contesté.
—Señorita Wilder. Soy el conductor del señor Harrington. Me han indicado que la recoja mañana a las ocho y media en su domicilio. ¿Me confirma la dirección?
Parpadeé.
—Yo… sí. Claro. —Se la di.
—Perfecto. Que tenga un buen día.
La llamada terminó. Me quedé mirando la pantalla como si pudiera darme respuestas. Alex Harrington no perdía el tiempo. Tampoco parecía interesado en dejarme demasiado espacio para decidir.
Guardé el teléfono, terminé el café y salí otra vez a la calle. El día seguía su curso, indiferente a la forma en que mi pulso todavía no se había normalizado del todo. Tenía trabajo. Tenía un adelanto que llegaría pronto. Tenía quince días menos uno.
Y tenía una reunión mañana a las nueve con un hombre cuya mirada me había dejado la piel extrañamente despierta.
Mientras caminaba de vuelta hacia la estación, no pude evitar pensar en la forma en que había dicho mi nombre. Bajo. Controlado. Como si ya lo hubiera ensayado antes.
Como si ya hubiera decidido algo sobre mí.
Sacudí la cabeza, molesta conmigo misma. Estaba siendo absurda. Mañana iría al penthouse, tomaría medidas, haría preguntas profesionales y mantendría la distancia adecuada. Necesitaba el dinero, no complicaciones.
Pero mientras bajaba las escaleras del metro, una parte pequeña y traicionera de mi cerebro volvió a reproducir esos ojos grises.
Y la forma en que me habían mirado.
Como si ya fuera un asunto resuelto.
