Capítulo 4 Capítulo 4
El auto negro estaba estacionado frente a mi edificio a las ocho y veinticinco. Puntual. Por supuesto que era puntual. Alex Harrington no parecía el tipo de hombre que tolerara los retrasos, ni siquiera los ajenos.
El conductor, un hombre de unos cincuenta años con expresión profesional y guantes oscuros, bajó en cuanto me vio salir y abrió la puerta trasera sin decir mucho más que un “buen día, señorita Wilder”. Me senté sobre el asiento de cuero y el olor a limpio y caro me envolvió de inmediato. Cerré la puerta y el vehículo se incorporó al tráfico con una suavidad casi ofensiva.
Durante el trayecto intenté concentrarme en el trabajo. Repasé mentalmente las preguntas que quería hacer, los aspectos técnicos que necesitaba revisar, la forma en que abordaría la conversación para que no se volviera demasiado personal. Necesitaba mantener los pies sobre la tierra. Este era un proyecto. Un cliente. Un cheque que me salvaría el mes y, con suerte, los siguientes.
Pero cada vez que el auto se detenía en un semáforo, la imagen de esos ojos grises volvía a cruzarse en mi cabeza sin permiso.
Llegamos en menos de veinte minutos. El edificio era uno de esos rascacielos de la zona oeste que parecían diseñados para recordarle al resto de la ciudad su lugar. El conductor me acompañó hasta el ascensor privado y tecleó un código. Las puertas se cerraron y el estómago se me encogió un poco mientras subíamos.
El penthouse ocupaba la última planta. Cuando las puertas se abrieron, lo primero que vi fue luz. Mucha luz. Ventanales enormes que dejaban entrar la mañana de Manhattan como si la ciudad le perteneciera al dueño del lugar. El espacio estaba vacío, tal como mostraban las fotos, pero en persona resultaba todavía más imponente. Pisos de madera oscura, techos altos, una cocina integrada que parecía no haber sido usada nunca y un ventanal corrido que ofrecía una vista casi obscena del río.
Alex Harrington estaba de pie en medio de la sala principal, con las manos en los bolsillos del pantalón. Esta vez no llevaba chaqueta. Solo una camisa negra de manga larga arremangada hasta los codos y pantalones oscuros que le quedaban impecables. El cabello seguía perfectamente peinado, pero había algo en su postura que resultaba menos rígido que el día anterior. Más territorial.
Me miró subir el último escalón del ascensor como si hubiera estado contando los segundos.
—Puntual —dijo. No sonaba a elogio. Sonaba a constación.
—Usted puso el auto —respondí, ajustándome el bolso en el hombro—. Habría sido difícil llegar tarde.
Un atisbo de algo parecido a diversión cruzó su rostro y desapareció tan rápido que pude haberlo imaginado.
—Pase. Revíselo todo. Quiero su opinión sincera, no la versión educada.
Dejé el bolso sobre una caja de cartón nueva que había junto a la entrada y empecé a caminar. Mis tacones resonaban contra la madera con un sonido nítido que me hizo sentir demasiado visible. Me moví despacio, evaluando proporciones, entradas de luz, posibles distribuciones. El espacio era magnífico, pero frío. Parecía un escaparate. Un lugar diseñado para ser admirado, no para ser vivido.
—Es demasiado neutro —dije en voz alta, sin mirarlo—. Ahora mismo parece una galería de arte a la que le faltan las obras. Tiene buena estructura, excelente iluminación natural y una circulación clara. Pero no tiene peso. No tiene nada que diga que alguien realmente vive aquí.
—Porque nadie vive aquí todavía —respondió él desde algún punto detrás de mí.
Me giré. Se había acercado sin que me diera cuenta. No lo suficiente como para invadir mi espacio de forma evidente, pero sí lo bastante como para que su presencia se sintiera más densa.
—Eso se soluciona —continué, intentando no fijarme en la forma en que la luz le golpeaba la mandíbula—. Materiales cálidos. Texturas. Una paleta que no sea solo gris y blanco. Madera con más carácter, textiles que inviten a tocarlos, iluminación indirecta para las noches. Y algo de color. No mucho. Lo justo para que el espacio no parezca un quirófano de lujo.
Él inclinó ligeramente la cabeza, evaluándome.
—¿Qué color?
—Todavía no lo sé. Depende de cómo se mueva usted dentro del lugar. Si pasa tiempo en la cocina, si trabaja hasta tarde, si recibe gente o si prefiere que el salón sea un territorio casi privado. Un diseño que no entiende al dueño termina siendo solo decoración cara.
Alex me sostuvo la mirada durante un par de segundos que se sintieron más largos de lo que debían.
—Entonces va a tener que conocerme mejor —dijo con naturalidad.
La frase me dejó un segundo en blanco. No había doble sentido evidente en su tono, pero tampoco sonaba del todo inocente.
—Dentro de lo profesional —aclaré.
—Por supuesto.
Seguí caminando, esta vez hacia la terraza. Deslicé la puerta de cristal y el aire fresco me golpeó la cara. La vista era ridícula. La ciudad se extendía a los pies del edificio como si existiera para ser observada desde arriba. Me quedé ahí un momento, apoyando las manos en la barandilla de vidrio, aprovechando para ordenar el pulso.
Escuché pasos detrás de mí. No se detuvo a mi lado. Se colocó un poco más atrás, lo suficiente como para que tuviera que girar la cabeza si quería verlo.
—Mateo dijo que estaba en un momento complicado —comentó de pronto.
La mención del nombre me hizo tensarme un poco.
—Mateo habla de más.
—Habla de usted con familiaridad —continuó él—. Como alguien que tiene acceso libre a su vida.
Me giré entonces. Él estaba con las manos todavía en los bolsillos, la expresión neutra, pero los ojos no mentían. Había algo evaluador ahí. Algo que no me gustó.
—Somos amigos desde niños —dije con claridad—. Es lo más parecido a un hermano que tengo. Si eso le parece un problema para el proyecto, dígalo ahora.
Alex me estudió en silencio. El viento movió un mechón suelto de mi pelo y tuve que apartarlo de la cara. Su mirada siguió el movimiento con una atención que resultó incómoda.
—No es un problema —respondió al fin—. Solo una observación.
No añadí nada más. Volví a entrar al penthouse y me concentré en tomar medidas, fotos y notas. Durante los siguientes cuarenta minutos trabajé en silencio mientras él se movía por el espacio con esa calma de quien no necesita llenar los vacíos con palabras. De vez en cuando me hacía una pregunta concreta. Otras veces simplemente observaba. Y cada vez que levantaba la vista, me encontraba con esos ojos grises puestos en mí.
No era una mirada amable. Tampoco hostil. Era intensa. Como si estuviera recopilando información y guardándola en algún lugar al que yo no tenía acceso.
Cuando terminé de revisar la zona privada, me encontré con él en el pasillo que daba a las habitaciones. El espacio era más estrecho ahí. Tuve que pasar cerca. Muy cerca. Su perfume —algo limpio, oscuro y caro— me envolvió durante un segundo y tuve que hacer un esfuerzo consciente para no delatar que lo había notado.
—Voy a necesitar un par de días para armar una propuesta inicial —dije, recuperando un tono profesional—. Moodboard, distribución preliminar, selección de materiales y una estimación más cerrada de tiempos. ¿Le funciona el viernes?
—El jueves —corrigió—. A la misma hora. Aquí.
Asentí. Discutir habría sido inútil.
—Hay algo más —añadió cuando ya me dirigía hacia la salida.
Me detuve.
—¿Sí?
Alex caminó hasta quedar frente a mí. Esta vez no hubo distancia prudente. Se detuvo a un paso. Lo suficiente como para que tuviera que levantar un poco la cara si quería sostenerle la mirada.
—El contrato de diseño es solo una parte —dijo con voz baja—. Tengo otra propuesta para usted. Diferente. Mejor pagada. Y más simple en apariencia.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿De qué se trata?
Él no respondió de inmediato. Me miró como si estuviera midiendo hasta dónde podía empujar antes de que me retirara.
—La discutiremos el jueves. Después de que me muestre lo que tiene pensado para este lugar. Prefiero que primero vea de lo que soy capaz como cliente… antes de mostrarle de lo que soy capaz en otros terrenos.
La forma en que dijo “otros terrenos” me recorrió la espalda como una corriente lenta.
—Si es algo ilegal o humillante, no me interesa —respondí con firmeza.
—No es ilegal. —Una pausa—. Y la humillación no está en mis planes. Al menos no de esa forma.
Me quedé quieta, intentando leer entre líneas y fracasando. Alex dio un paso hacia un lado, liberándome el paso hacia el ascensor.
—El auto la espera abajo. Llegará a su casa en veinte minutos. Descanse, señorita Wilder. El jueves va a necesitar estar atenta.
No respondí. Entré al ascensor, seleccioné la planta baja y sostuve su mirada hasta que las puertas se cerraron. Solo entonces solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Durante el trayecto de vuelta apenas presté atención a la ciudad. Tenía la mente llena de ventanales, de voz baja y de una propuesta que todavía no tenía nombre pero que ya pesaba demasiado. Alex Harrington no improvisaba. Cada palabra, cada silencio y cada mirada parecían formar parte de algo más grande.
Y yo, por alguna razón que todavía no quería examinar de cerca, ya había aceptado volver el jueves.
Cuando llegué a mi edificio, me quedé un momento sentada en el auto antes de bajar. El conductor esperó en silencio. Finalmente abrí la puerta, agradecí y subí las escaleras con la sensación de que algo había cambiado de lugar dentro de mí.
En cuanto entré al departamento, dejé el bolso en el sofá y me quité los tacones. El sobre de la inmobiliaria seguía sobre la mesa. Lo miré de reojo y, por primera vez en días, no sentí el mismo nivel de pánico. El adelanto del contrato de diseño llegaría pronto. Tendría aire. Tiempo.
Pero el alivio era incompleto. Porque debajo de él había otra cosa. Una inquietud baja y constante que llevaba el nombre de Alex Harrington y la promesa de una conversación pendiente.
Me preparé un café que no necesitaba y me senté junto a la ventana. La ciudad seguía su ritmo. Yo, en cambio, no dejaba de repasar la forma en que me había mirado cuando mencioné a Mateo. La leve tensión en su mandíbula. El tono demasiado neutro de su voz.
Como si ya estuviera evaluando amenazas.
Sacudí la cabeza. Estaba leyendo demasiado. El hombre era intenso, sí. Controlador, probablemente. Pero todavía no había cruzado ninguna línea. Todavía era solo un cliente.
El teléfono vibró. Un mensaje de Mateo.
¿Cómo te fue con el misterioso millonario?
Miré la pantalla un segundo antes de responder.
El penthouse es impresionante. El tipo… todavía estoy decidiendo.
La respuesta de Mateo fue un simple:
Ten cuidado.
Sonreí sin gracia. Mateo siempre había tenido buen instinto. El problema era que esta vez su advertencia llegaba un poco tarde. Porque yo ya había firmado. Ya había subido a ese auto. Y ya había aceptado volver.
Y una parte de mí, pequeña y traicionera, quería saber exactamente qué demonios tenía Alex Harrington pensado proponerme el jueves.
