Capítulo 5 Capítulo 5
El jueves llegó demasiado rápido y, al mismo tiempo, no llegó lo bastante pronto. Pasé los dos días intermedios trabajando como si mi vida dependiera de ello, que en parte era verdad. Armé el moodboard, seleccioné materiales, ajusté la distribución del penthouse tres veces distintas y preparé una presentación limpia, profesional y lo suficientemente convincente como para que Alex Harrington no tuviera dudas de que sabía lo que hacía. Cada vez que levantaba la vista del portátil, sin embargo, la frase que me había dicho el martes volvía a atravesarme la cabeza con la misma precisión.
Tengo otra propuesta para usted. Diferente. Mejor pagada.
No sabía qué esperaba exactamente. Una colaboración más amplia. Un proyecto adicional. Algo corporativo. Cualquier cosa menos la sensación extraña que se me instalaba en el estómago cada vez que recordaba el tono de su voz.
A las ocho y media en punto el auto negro volvió a aparecer frente a mi edificio. Me subí sin decir mucho. El conductor asintió por el espejo y arrancó. Esta vez no intenté distraerme con el paisaje. Me limité a mirar mis propias manos sobre el bolso y a repasar mentalmente lo que iba a decir sobre el diseño. Si mantenía la conversación dentro de los límites profesionales, tal vez pudiera ignorar lo otro. Lo desconocido.
El penthouse lucía igual de imponente que la vez anterior, pero algo había cambiado. Había una mesa baja nueva en el centro de la sala principal, con dos sillas enfrentadas y una carpeta negra cerrada sobre la superficie. Alex estaba de pie junto a los ventanales, de espaldas a la entrada, con las manos en los bolsillos. Llevaba traje completo otra vez. Oscuro. Impecable. Cuando escuchó mis pasos, se giró con calma.
—Señorita Wilder.
—Señor Harrington.
No me ofreció café. No me preguntó cómo estaba. Simplemente señaló la mesa con un leve movimiento de la cabeza.
—Muéstreme lo que trajo.
Me senté, abrí el portátil y empecé a hablar. Durante los siguientes cuarenta minutos me concentré únicamente en el trabajo. Le expliqué la propuesta de distribución, la paleta de colores que había elegido —tonos cálidos, madera natural, textiles en gris topo y detalles en verde oscuro—, la iluminación por capas, los muebles que priorizaban comodidad sin sacrificar línea. Hablé con seguridad. Con conocimiento. Cada tanto él hacía una pregunta precisa, asentía o pedía que volviera a una imagen concreta. No sonreía. No elogiaba. Pero escuchaba con una atención absoluta que resultaba casi más desconcertante que la indiferencia.
Cuando terminé, cerré el portátil y esperé.
Alex permaneció en silencio unos segundos, mirando la última imagen que había dejado en la pantalla. Después desvió la vista hacia mí.
—Está bien —dijo—. Mejor que bien. Tiene criterio y no intenta impresionarme con cosas innecesarias. Eso se agradece. El proyecto sigue adelante. Mi equipo le transferirá el primer pago esta misma tarde.
El alivio me golpeó con tanta fuerza que tuve que contenerme para no dejarlo ver. Asentí con profesionalismo.
—Perfecto. Entonces puedo empezar con los proveedores la semana que viene.
—Sí. —Hizo una pausa—. Pero eso no es lo único que vamos a discutir hoy.
El aire cambió. Fue sutil, pero lo sentí. Alex se reclinó apenas en la silla, apoyó un codo en el reposabrazos y me miró con esa calma suya que nunca resultaba del todo tranquila.
—La otra propuesta —dijo—. La que le mencioné el martes.
Me mantuve erguida.
—Lo estoy escuchando.
Él no se apresuró. Parecía estar eligiendo el orden exacto de las palabras, como si cada una tuviera un peso específico.
—En tres semanas tengo una serie de reuniones y eventos sociales que son determinantes para cerrar una adquisición importante. El tipo de adquisición que no tolera ruidos ni distracciones. Las personas con las que voy a sentarme a negociar valoran la estabilidad. La imagen de alguien que tiene una vida personal sólida. Una relación. En resumen: necesitan ver que no soy solo un hombre que trabaja y desaparece.
Me limité a observar lo. No decía nada que todavía no hubiera escuchado en alguna película o en alguna conversación ajena.
—No tengo pareja —continuó con naturalidad—. Y no estoy interesado en conseguir una real en un plazo tan corto. Es ineficiente y potencialmente problemático. Lo que necesito es alguien que interprete el papel durante tres meses. Apariciones públicas, algunas cenas, un par de fines de semana fuera de la ciudad si es necesario. Convivencia discreta para que la historia sea creíble. A cambio, una compensación económica considerable. Muy considerable.
El silencio que siguió fue denso. Yo lo miré sin parpadear, intentando procesar si había escuchado bien o si mi cerebro había decidido inventar la parte más absurda de la conversación.
—¿Me está pidiendo que finja ser su novia? —pregunté al fin, con una calma que no sentía.
—Exacto.
—Eso es ridículo.
—Es práctico —corrigió él—. Y está lejos de ser original. Se hace más de lo que la gente admite. La diferencia es que yo pago bien y soy claro con las condiciones desde el principio.
Me reí sin gracia, un sonido corto y seco.
—¿Y cuáles serían exactamente esas condiciones?
Alex abrió la carpeta negra que había sobre la mesa y la giró hacia mí. Dentro había un documento de varias páginas, impreso con tipografía limpia y márgenes perfectos. No lo toqué.
—Tres meses —empezó a enumerar con voz neutra—. Usted aparece conmigo en los eventos que yo indique. Vivirá en este penthouse durante ese periodo para mantener la coherencia de la historia. Habrá contacto físico moderado en público: manos, un beso ocasional si el contexto lo requiere. Nada más. En privado, cada uno en su espacio. No hay obligación de compartir cama, ni de mantener conversaciones personales más allá de lo necesario para que la farsa funcione. No hay exclusividad emocional porque no hay relación emocional. Y al terminar el plazo, se acaba. Usted cobra el total, firma un acuerdo de confidencialidad y seguimos caminos separados.
Escuché cada palabra con atención. Mi primer impulso fue levantarme e irme. El segundo fue reír de nuevo. El tercero, más peligroso, fue calcular cuánto dinero podría significar “muy considerable” y cuántos problemas me resolvería de golpe.
—¿Por qué yo? —pregunté—. Podría haber contratado a una actriz. O a alguien de su círculo.
—Las actrices hablan. La gente de mi círculo tiene intereses propios. Usted necesita el dinero, tiene presencia y, según su amigo, es discreta. Además —sus ojos se detuvieron un segundo más de la cuenta en los míos—, no me disgusta la idea de tenerla cerca.
La última frase cayó entre nosotros con un peso distinto. No la suavizó. No la disfrazó. La dejó ahí, cruda.
Sentí calor en la nuca.
—Eso sonó personal —dije.
—Fue una observación. —Alex cerró la carpeta con un movimiento preciso—. El contrato de diseño sigue en pie independientemente de lo que decida sobre esto. No estoy mezclando las cosas. Son dos acuerdos distintos. Uno profesional. Otro… de conveniencia.
Me pasé la lengua por los labios, nerviosa, y odié que él lo notara.
—¿Cuánto? —pregunté en voz baja.
Él deslizó una hoja suelta hacia mí. El número estaba escrito con claridad. Lo miré una vez. Después otra. Era suficiente para pagar la deuda del departamento, cubrir los meses de atraso, estabilizar el estudio y todavía tener un colchón amplio. Más que amplio. Era el tipo de cifra que te obliga a considerar incluso las ideas que te parecen absurdas.
—Tres meses —repetí, más para mí que para él—. Viviendo aquí. Fingiendo.
—Sí.
—¿Y si alguien investiga? ¿Si alguien del pasado o del presente decide hablar?
—Por eso existe el acuerdo de confidencialidad. Y por eso yo me encargo de los detalles. Usted solo tiene que sostener la historia cuando estemos frente a otros. En privado puede detestarme todo lo que quiera.
Lo miré fijamente.
—No la detesto. Todavía no la conozco lo suficiente para eso.
—Entonces tiene tres meses para decidirlo —respondió sin inmutarse.
Me levanté de la silla porque necesitaba moverme. Caminé hasta el ventanal y miré la ciudad sin verla realmente. Tres meses. Un contrato. Dinero. Seguridad. Y un hombre que me miraba como si ya hubiera anticipado cada una de mis objeciones.
—Hay una condición mía —dije sin girarme—. Si acepto. Mateo no puede saber la verdad. Nadie de mi entorno cercano puede saberla. Para el mundo, y para él, seremos una pareja real. No pienso arrastrar a mi mejor amigo a esta mentira ni convertirlo en cómplice.
Hubo un silencio breve detrás de mí.
—Aceptable —dijo Alex—. Aunque me parece interesante que su primera preocupación sea lo que piense ese hombre.
Me giré entonces, molesta.
—Mi primera preocupación es no destruir una de las pocas relaciones honestas que me quedan. Si eso le resulta interesante, es su problema.
Él sostuvo mi mirada sin pestañear. Había algo en su expresión que no supe leer del todo. No era enfado. Tampoco indiferencia. Era una atención más afilada, como si acabara de confirmar una sospecha que todavía no me quería compartir.
—De acuerdo —cedió—. Mateo no sabrá nada. Nadie de su círculo sabrá nada. A cambio, usted no mencionará el contrato a nadie. Bajo ninguna circunstancia.
Asentí una sola vez.
—¿Cuánto tiempo tengo para decidir?
—Hasta mañana a las doce del mediodía. Si acepta, firmamos aquí mismo pasado mañana y usted se muda el domingo. Si rechaza, seguimos únicamente con el proyecto de diseño y no volvemos a hablar de esto.
Era un plazo corto a propósito. Lo sabía. Quería que la presión del dinero y del tiempo hicieran parte del trabajo por él.
Me acerqué de nuevo a la mesa, recogí mi portátil y guardé las cosas con movimientos calmos. No iba a darle el espectáculo de verme alterada. Cuando terminé, lo miré a los ojos.
—Lo pensaré.
—Eso espero.
Caminé hacia el ascensor. Esta vez él no me detuvo con ninguna frase ambigua. Solo me observó irme. Sentí su mirada en la espalda hasta que las puertas se cerraron.
En el auto de regreso no contesté mensajes. Ni siquiera abrí el de Mateo que decía “¿Ya saliste de la cueva del dragón?”. Me limité a mirar por la ventana y a repetir el número que había visto en esa hoja. Una y otra vez. Como si al memorizarlo pudiera volverse menos real.
En cuanto llegué a casa me quité los zapatos, me dejé caer en el sofá y me tapé la cara con las manos. La risa que me salió fue breve y descrída. Fingir ser la novia de un billonario. Mudarme a su penthouse. Dejar que me tocara en público lo justo para que nadie sospechara. Cobrar una fortuna. Y después desaparecer de su vida como si nada.
Sonaba simple en papel. En la práctica, olía a complicación por todos lados.
Me levanté, fui hasta la mesa y tomé el sobre de la inmobiliaria. Lo abrí otra vez. La fecha límite seguía ahí, improrrogable. Después abrí la aplicación del banco y miré el saldo. El adelanto del diseño ayudaría, sí. Pero no resolvería todo. No con la velocidad que necesitaba.
Tres meses.
Una mentira bien pagada.
Un hombre que me miraba demasiado.
Me dejé caer de nuevo en el sofá y cerré los ojos. La voz de Alex volvió con claridad perfecta: No me disgusta la idea de tenerla cerca.
Odié que esa frase se me hubiera quedado clavada. Odié todavía más que una parte de mí, pequeña y estúpida, hubiera sentido un tirón bajo el estómago cuando la pronunció.
Abrí los ojos y miré el techo.
Tenía hasta mañana al mediodía.
Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de cuál era la decisión correcta… solo de cuál era la más desesperada.
