Capítulo 1
—William, cásate conmigo.
La voz cortó el aire solemne del funeral como una hoja de vidrio. Fría, firme y sin temblor, rompió los sollozos silenciosos que llenaban el salón.
Las cabezas se giraron. Los rostros surcados por lágrimas se congelaron en incredulidad. El peso del dolor quedó suspendido en el aire, reemplazado por el eco de esas palabras.
William Spencer se dio la vuelta. Sus ojos, ya enrojecidos, se fijaron en la chica que estaba en el centro de la multitud. —Dilo de nuevo.
Isabella Tudor se encontraba de pie con un vestido negro, su postura inquebrantable bajo la mirada de todos. Repitió, mecánica, sin emoción —Quiero que te cases conmigo.
La bofetada llegó antes de que la última sílaba se desvaneciera.
Su cabeza se giró hacia un lado, el escozor floreciendo en su mejilla. No se inmutó. No levantó la mano en defensa. Su mirada permaneció vacía.
Era el funeral de su hermana gemela. Y acababa de pedirle al prometido de su hermana que se casara con ella.
La mano de su madre temblaba. —¿Tienes alguna vergüenza? ¡Ese hombre era el prometido de tu hermana!
Su voz se rompió en un grito. —¡Me arrepiento de haberte dado a luz! ¿Por qué no fuiste tú? ¡¿Por qué?!
Un susurro de desprecio recorrió a los invitados.
—Su propia hermana murió y no derramó ni una lágrima. Fría como una piedra.
—No han pasado ni unos días y ya está tratando de quedarse con el hombre de su hermana.
Los puños de William se apretaron tanto que sus nudillos se pusieron blancos. Su voz era un gruñido. —Isabella, ¿acaso tienes corazón? Si no fuera por ti, hoy habría sido mi boda con Beatrice. ¿Por qué no fuiste tú la que murió?
'Sí… por qué no fui yo,' pensó.
Isabella se giró rígidamente hacia el altar. La fotografía de una chica que se parecía tanto a ella sonreía brillantemente, como si el incendio de hace tres noches no hubiera sido más que una pesadilla.
Hace tres noches.
El fuego llegó sin previo aviso, atrapándolas a ambas dentro. El humo llenó sus pulmones. Su visión se nubló. Se desplomó.
A través de la neblina, sintió algo presionado contra su cara. Beatrice estaba colocando la única máscara de gas sobre la boca de su gemela.
Trató de luchar, pero su garganta estaba en carne viva, su voz desaparecida, sus extremidades inútiles. Las lágrimas corrían por su rostro mientras negaba con la cabeza.
—No… por favor, Beatrice… no.
Beatrice solo sonrió, negando con la cabeza, como lo hacía cuando eran niñas. Tomó la mano de Isabella, su voz un susurro contra el rugido de las llamas.
—Isabella… vive por mí. Sé que tú también amas a William. Entonces ámalo… por mí.
Cuando despertó, le dijeron que Beatrice se había ido.
El dolor en su pecho era como mil agujas, cada respiración un desgarro en sus pulmones. Nadie volvería a tomar su mano y decir, No tengas miedo. Estoy aquí.
Ya no tenía hermana.
El dolor y la culpa crecieron hasta llenar sus costillas. Inhaló lentamente y repitió —William, cásate conmigo.
La mirada de William era hielo. La observó por un largo momento, luego su boca se curvó en una sonrisa que podría congelar los huesos.
—Si estás tan decidida… te concederé tu deseo.
Se acercó, su voz baja y venenosa. —Recuerda esto. Pase lo que pase a partir de ahora… tú te lo buscaste.
Su hombro chocó con el de ella al pasar. No miró atrás.
Isabella permaneció donde estaba.
El dolor en su hombro no era nada comparado con el peso sofocante que la envolvía como una red, robándole el aliento.
No sabía cuánto tiempo se quedó allí—durante la caída de la noche, hasta el pálido amanecer.
Una semana después, la boda que debería haber sido de William y Beatrice tuvo lugar… con una novia diferente.
Había solo un puñado de invitados. Incluso sus padres se mantuvieron alejados.
Sin flores. Sin música.
La lluvia caía en láminas, fría contra su piel.
No podía distinguir si la humedad en sus mejillas era lluvia o lágrimas. Llevando el vestido que Beatrice había elegido meses atrás, enderezó su espalda y caminó hacia adelante.
El primer huevo la golpeó sin previo aviso.
El líquido fétido se deslizó por su cabello, el hedor se elevaba en el aire.
Dudó por medio latido, apretó los dientes y siguió caminando. La lluvia lavaba la baba de su vestido.
—Asquerosa… robando al prometido de tu hermana.
—Ella murió salvándote, y no tienes vergüenza.
Más huevos la siguieron, cada impacto sordo contra su piel. Ya no los sentía. Caminó a lo largo del pasillo.
Sus labios se movieron sin sonido. —Sí, acepto.
En su mente, susurró, 'Beatrice… feliz día de boda. De ahora en adelante, viviré por ti.'
En casa, se quitó el vestido y lo lavó hasta que no quedó ninguna mancha. Desde las cinco de la tarde hasta la medianoche, se sentó en silencio, viendo el reloj avanzar.
Pasada la medianoche, William abrió la puerta de golpe, apestando a alcohol. Sus ojos se entrecerraron con disgusto. —¿Quién te dijo que podías estar aquí?
—Ahora soy tu esposa. —Bajó la mirada—. Hice sopa para la resaca. Bebe un poco.
Apenas había levantado el tazón cuando se volcó, el líquido caliente derramándose sobre ella, quemando su piel.
Su expresión no cambió.
Se arrodilló, recogiendo los pedazos de vidrio roto.
La risa de William fue cortante. —¿Duele? Beatrice sufrió mil veces más. Los doctores dijeron que estaba quemada por todo su cuerpo.
Cada palabra era una cuchilla.
Beatrice había amado la belleza toda su vida.
¿Cuánto dolor había sentido? ¿Cuánto miedo? Su piel destruida, mientras que la de Isabella permanecía intacta.
¿Qué había pensado en esos últimos momentos?
Isabella cerró los ojos. Las lágrimas resbalaron sin hacer ruido.
La ira de William aumentó. La pateó contra el vidrio.
Los fragmentos se clavaron en su piel, la sangre brotando en finas líneas. No se inmutó, solo continuó recogiendo los pedazos.
Sus dedos sangraban, pero se movía como si estuviera entumecida.
Su voz era hielo. —Ella te protegió hasta el final. Tu vida es suya. Recuerda—todo lo que sufres ahora… te lo mereces.
—Vive bien. Me aseguraré de que te arrepientas de haberte casado conmigo.
La levantó de un tirón, arrojándola sobre la cama, sus manos ásperas, su toque brutal.
El dolor desgarró su cuerpo. Sus ojos se abrieron, captando la fotografía en la mesita de noche—Beatrice, sonriendo.
El frío recorrió sus venas. Luchó, las lágrimas deslizándose por su rostro.
—No… ¡no!
Su estómago se revolvió. El dolor se extendió como fuego. Su rostro perdió color. Su grito se rompió en un jadeo hueco.
El agarre de William se torció en su cabello. —¿No es esto lo que querías?
Su sangre se heló. Un zumbido llenó sus oídos. Luego… nada.
Todos le preguntaban por qué no había sido ella quien murió.
Nadie sabía que ella se hacía la misma pregunta más que nadie.
'Beatrice… ¿por qué… por qué no fui yo?'
Una sola lágrima resbaló por su mejilla. Su cabeza cayó hacia adelante, su pecho vacío como si algo hubiera sido arrancado.
Si hubiera sido ella quien murió… cuánto más fácil habría sido.
