Capítulo 3 La solución

Diego:

Aunque distraído con mis pensamientos, escucho cómo Roberta intenta abrir la puerta, por lo que no dudo en acercarme a ayudarla con las bolsas del supermercado.

—¿Dónde está Marcus? —pregunto.

—Se quedó  en el patio, disfrutando de un helado.

—El día está agradable... —comento.

—Por cierto, ¿podemos hablar?

—Qué coincidencia, también quiero hablar contigo —confieso.

—¿Será algo negativo? —pregunta.

—No lo creo... ¿Qué deseas hablar conmigo?

—Aquí estoy muy bien, pero necesito ahorrar para ayudar a mi hermana enferma —dice, y me asusto pensando que se marchará por un mejor empleo, aunque le pago bien—. Necesito un trabajo extra.

—¿Entonces no te quieres ir...? —suelto un suspiro.

—¡No! —exclama, asustada.

—justo necesito a alguien de confianza para que cuide de Marcus.

—Yo le tengo mucho cariño...

«Ojalá su mamá pensara igual».

—Gracias por querer a mi hijo —digo caminando hacia la puerta para ocultar mis lágrimas—. Por cierto, lleva a tu hermana al hospital; allí le daremos el tratamiento y los medicamentos que necesite.

Me despido de Marcus y voy al trabajo con el conflicto a cuestas. Me duele este fracaso matrimonial y el deseo de huir, pero quiero a mi familia unida. Al pensar en mi hijo, dudo entre seguir luchando o protegerlo del abandono, aunque aún conservo la esperanza.

Antes de mis labores, paso por la consulta de Bernardo, mi mejor amigo y consejero. Aunque debo reconocer que nunca sigo sus consejos; prefiero aferrarme al compromiso que asumí con los míos, aunque este matrimonio vaya de mal en peor.

—Hola —saludo asomándome a su consulta, sabiendo que no tiene pacientes

—¡Pasa, hombre! —ordena Bernardo.

Sonrío con pereza. Me siento frente a su escritorio para desahogarme.

—¿Qué sucede ahora con Ambra?

—Lo de siempre —digo—, aunque creo que ahora es grave.

—No me asustes.

—Marcus sufre bullying en el colegio y ella no hizo nada. ¿Puedes creerlo?

—Es grave. Ella no debe pasar por alto algo así —comenta y, tras una pausa, prosigue—: Sigo creyendo que debes separarte y llevarte a Marcus lejos...

—Le di un ultimátum... —interrumpo, antes de que siga restregando en mi rostro mi verdad.

—Espero que ahora lo tome en serio, y tú también.

—He tomado una decisión con mucho pesar —confieso—. Será la última oportunidad1 para mi matrimonio; espero no equivocarme y que todo valga la pena.

—Espero lo mismo...

—Por cierto, necesito que veas a mis pacientes. Debo buscar un nuevo colegio para Marcus

—La novia de mi primo es dueña de un colegio pequeño; servirá porque tiene pocos alumnos por sala.

—Seria genial —comento.

—Lo llamaré ahora mismo.

Bernardo llama a su primo y responde de inmediato. Espero, con los dedos cruzados, que consiga un colegio adecuado para mi hijo. Tras unas breves palabras, anota una dirección y me la entrega con un gesto. Suspiro, agradezco con la mirada y salgo de su consulta rumbo a la mía.

Agendo la entrevista y llamo a Ambra para que se prepare sin excusas. Debe actuar como una madre responsable o este matrimonio, ya al borde del quiebre, se terminará sin retorno.

Llega el día de la entrevista y, como tengo pacientes, no sé si podré asistir. Le doy instrucciones a Ambra para que vaya con Marcus al colegio. Esta cita es una prueba: necesito saber si estamos en sintonía y evaluar el futuro de nuestra relación. Debe hacerse cargo de nuestro hijo y entender, por fin, que él es su prioridad.

Diez minutos antes de las dos termino con mi última paciente y agradezco que el hospital esté cerca del colegio. Salgo apurado, me despido de mi secretaria y voy al estacionamiento. Al llegar, veo el auto de Ambra en la vereda, sonrío satisfecho y entro al colegio.

Es una fachada blanca, con un gran letrero que dice "Colegio Umbral".

Entro a la oficina principal, donde una chica de ojos grandes y mejillas rojas me sonríe con cordialidad.

—Buenas tardes —saludo—. Con mi esposa tenemos una entrevista con la directora —digo, rogando haber llegado a tiempo.

—¿Usted es el padre de Marcus De Luca? —pregunta.

—Así es —respondo, haciendo un gesto de disculpa por el atraso.

—Pase, por favor, la entrevista comenzó hace diez minutos.

Abro la puerta y veo a Ambra erguida frente a una joven tras un escritorio. Marcus corre asustado a mis brazos y se alivia cuando le sonrío para darle calma.

—Disculpa por llegar atrasado, corrí para poder estar contigo —susurro en su oído, para luego besar su cabeza.

—Gracias por llegar, papá —dice él antes de que una mueca de Ambra lo obligue a soltarme y regresar cabizbajo a su asiento. Respiro con desesperación; no tolero que ella siga intimidando a nuestro hijo.

—Buenas tardes, soy el papá de Marcus, disculpe la tardanza —me excuso.

—No se preocupe, señor De Luca, solo estábamos en las presentaciones; luego la psicóloga lo evaluará.

—Entiendo —respondo—. ¿De eso depende que mi hijo sea admitido?

—Hay cupos, pero debe verlo la psicóloga —dice ella, mirando fijamente a Ambra y luego a Marcus.

—Claro... —respondo. Me pongo pálido al notar que la directora percibe la hostilidad de mi esposa y el miedo que Marcus le tiene.

—Dígame, señor De Luca. ¿A qué se debe el cambio de establecimiento a esta altura del año?

—Lamento decir que Marcus sufría de bullying, y la profesora nos recomendó cambiarlo a un colegio más pequeño, donde la clase sea con menos niños.

Miro a Ambra mientras la directora ofrece una solución:

—Hay una clase de catorce alumnos con una maestra excelente; lo recibirán bien. Si están de acuerdo, puede empezar el lunes. Ahora, iré con Marcus a ver a la psicóloga; no tardaremos.

La directora sale con Marcus, dejándome a solas con Ambra mientras esperamos que termine la entrevista. Miro los diplomas en la pared para evitar hablarle o mirarla; conozco su gesto de molestia y sé que no dudaría en armar un escándalo aquí mismo.

—¿Por qué has llegado tarde? —pregunta con reproche.

—¡Fueron diez minutos! —exclamo, sabiendo que para ella no hay diferencia—. Sabes bien que estaba trabajando  —le susurro molesto, intentando que nuestros problemas no salgan de casa.

—¿Crees que soy estúpida? —pregunta con sarcasmo—. Te demoras porque tu trabajo es tu diversión... ¡Ver vaginas! —exclama. Me río con pereza, intentando calmarme ante su estupidez—. ¿No dirás nada? Claro, tengo razón.

—No es el momento ni el lugar —digo entre dientes—. Vinimos por nuestro hijo; si no te parece, vete.

La observo deseando entender por qué su cabeza cambió tanto con la llegada de Marcus. Él es un buen chico y se suponía que nos haría más felices.

—Tienes razón, lo lamento —se disculpa, sorprendiéndome—. Vinimos por nuestro hijo, no debí decir eso de tu trabajo

La miro asombrado. Sus ojos celestes, los mismos que me encandilaron el primer día, me hacen rogar al cielo que nuestro matrimonio no esté perdido y que podamos ser felices con nuestro hijo.

«¿Podrá suceder algún día?».

La directora confirma que Marcus entrará el lunes y el optimismo me invade. Mientras termino mi jornada, decido que debemos retomar nuestra vida de pareja pa

ra salvar el matrimonio. Le pediré a Roberta que cuide a Marcus; quiero llevar a Ambra a cenar y terminar la noche en un hotel.

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