Capítulo 6 Entre la culpa y el deseo

Diego:

Dejo a Marcus en el piso, y Ambra aprovecha para acercarse más de lo normal, pasando su mano sobre mis pantalones, rozando mi miembro levemente. Arrugo la frente disgustado, pero no digo nada al estar Marcus presente.

—No tengo mucho tiempo, ¿vamos?

Nos sentamos a la mesa. Ambra a mi lado, y Marcus frente a ella, mirándola embobado, como si de un ángel se tratase. Roberta, en pleno silencio, sirve el almuerzo, y sé que debe ir a comer sola a la cocina, haciéndome sentir mal, pues no la considero una empleada, al contrario, es una persona muy especial para mí, una mujer que ha estado apoyándome todos estos años, desde que Ambra cambió.

—¡Roberta! —la nombro—. Siéntate a almorzar con nosotros, por favor —le invito.

—¿Qué? ¡Estás loco! —exclama Ambra totalmente indignada. Tomo aire y la miro con el ceño fruncido.

—Don Diego, no se preocupe, yo almorzaré en la cocina —dice regalándome una tierna sonrisa, mientras pienso que no debe ir a la cocina, pues no estamos en esclavitud, ella es tan digna como cualquiera, y si bien es cierto, soy un profesional, y vengo de una familia acomodada, yo no sería nada si no trabajara, pues no podría mantener a esta familia.

—Insisto, Roberta, tú eres un miembro muy especial de mi familia.

—¡Sí, Roberta! —exclama eufórico Marcus—. Puedes sentarte a mi lado.

—Gracias, Marcus —dice Roberta, pero sé que no aceptará y la comprendo. Yo tampoco me humillaría ante una mujer como mi esposa—. Se los agradezco, pero esta es la hora de la novela, y no me la perdería por nada en el mundo.

—Papá, hubiese sido lindo que Roberta se sentara a almorzar con nosotros, ¿verdad? —comenta Marcus al ver que Roberta desaparece del comedor.

—Sí, pero ya sabes lo fanática que es de las teleseries; para otra vez será —la excuso.

—¿¡Qué, ustedes están locos!? —grita Ambra furiosa, mientras Marcus me mira asustado, por lo que debo hacer un gesto para que no se preocupe—. ¡No sería lindo, y no habrá otra oportunidad!

Me levanto de la mesa, rogando que Roberta no haya escuchado sus gritos, y me posiciono muy cerca de Ambra, para aclarar cómo son las cosas aquí.

—Si yo digo que Roberta se sienta con nosotros, es porque así será, ¿entiendes? —Ambra agita la cabeza en afirmación y yo me pregunto: ¿Qué cara habré puesto?

Una vez que hemos terminado de almorzar, Ambra se levanta de la mesa y se va a la habitación, mientras que, con Marcus, empezamos a recoger los platos para llevarlos hacia la cocina.

—No era necesario que ustedes trajeran los platos —dice Roberta al vernos entrar a la cocina, levantándose de su asiento a toda prisa para recibir los platos que Marcus lleva en sus manos.

—No es ninguna molestia —digo—. Debo irme a la consulta y quiero pedirte un favor —hago un gesto de disculpa, mientras ella me mira con ternura esperando saber lo que necesito—. Necesito que cuides a Marcus, dudo que Ambra se haga cargo...

—No se preocupe, señor, yo me encargo de mi niño, además, es tan tranquilo que no molesta en nada.

—Gracias..., y por favor, disculpa lo de esta tarde —digo acercándome para besar su cabeza.

Al llegar a la consulta, empiezo inmediatamente a atender a algunas pacientes, lo que agradezco de corazón, pues necesito mantener mi mente ocupada. La tarde pasa más lenta de lo que quisiera, hasta que mi asistente me anuncia que la última paciente ha cambiado la hora, lo que me hace suspirar aliviado.

Me despido de mi secretaria, tomo unos archivos y me dirijo hacia la consulta de Bernardo. Voy algo distraído, con la mente en cualquier parte, menos en mi trabajo, lo que me hace tropezar con una chica. Los expedientes caen al piso, me inclino a recogerlos, pero la joven tiene la ocurrencia de ayudarme y chocamos las cabezas. Al subir la mirada, veo unos hermosos ojos verdes claros, lo que me hace esbozar una leve sonrisa. No alcanzo a agradecer el gesto, a pesar del incidente, y el doctor Brunetti la llama hacia su consulta, por lo que ella tímidamente se levanta y camina hacia su oficina, dejándome parado en el medio del pasillo.

—¿Puedo pasar? —pregunto al llegar a la consulta de Bernardo, asomando mi cabeza por la puerta como ya es costumbre.

—Te falta medio cuerpo y ya estás dentro —dice mientras termino entrando del todo, sentándome frente a él—. Déjame adivinar... Tienes un problema que empieza con A.

—Debes estar vacunado contra mi mal —bromeo.

—Pues sí, además, eres más que un amigo, yo diría que un hermano.

—Gracias... —digo pensando en que es el hermano que jamás tuve, lo que me hace estar agradecido por haberlo encontrado, y más, en estos años en que todo se me ha puesto cuesta arriba—. ¿Sabes? Tenía planeado ir este fin de semana a la casa de la playa, pero...

—¿Ambra lo arruinó? —pregunta, sabiendo la respuesta, lo que me hace mover la cabeza en afirmación, preguntándome qué es lo que tengo en la cabeza, sin poder entender el porqué de esta lucha constante, hasta el punto de tener algunas teorías. Creo que quiero una madre para Marcus, que él llegue a sentir el amor que le corresponde. Por otro lado, pienso en que quiero mi familia intacta, ya que mi infancia estuvo alejada de la felicidad, teniendo una madrastra que claramente no me toleraba, o simplemente, estoy embobado con el sexo que me regala Ambra.

—No sé cuánto durará esto —ogro decir.

—Te daría nuevamente un consejo, pero sé lo que dirás, por lo que propongo que salgamos un día. Nos vamos de copas, nos embriagamos y conversamos de todo, menos de ella.

—¿Para qué Ambra ponga el grito en el cielo? —pregunto, dando una carcajada que Bernardo logra sacar en mí.

—¡Para que Ambra reaccione! —exclama, claramente desesperado—. Además, ella será muy hermosa y fogosa, pero es tóxica.

—Tienes razón, además, cada vez que quiero alejarme me seduce —confieso—. Es tan jodidamente hermosa y ca... —me quedo abruptamente callado, pensando en que estoy hablando de mi esposa, madre de mi único hijo.

—A veces me pregunto si realmente la amas.

«¿La amo?»

Me quedo callado pensando si realmente sigo enamorado. Tal vez, si esta pregunta me la hubiera planteado el fin de semana, mi respuesta sería afirmativa, aunque ya no estoy seguro de nada, pues la constante decepción ha ahogado mis sentimientos.

—Te has demorado tanto en responder que creo que nos merecemos una salida, una buena salida. Este fin de semana me es imposible porque operaré a la señora Mc Hills, pero la próxima semana, sí o sí, saldremos los dos de copas, y mira que te lo estoy diciendo con una semana de anticipación, para que después no salgas con que no puedes.

—De acuerdo —digo luego de un suspiro—. ¡Trato hecho! —añado un tanto no convencido.

—Pero sellemos el trato con un apretón de manos —propone—.  Tu boca me dice "de acuerdo", pero tu rostro me dice "no iré a ninguna parte contigo".

«Ambra no se merece mi

remordimiento, además, ¿qué puede pasar en una simple salida entre amigos?».

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