Capítulo 1 El precio de la seda

Valeria

El Salón de Cristal de la mansión Lombardi olía a dinero viejo, gardenias blancas y miedo bien vestido.

A simple vista, nadie habría podido detectar el miedo.

Los camareros circulaban con bandejas de plata. La orquesta tocaba algo elegante y olvidable. Los accionistas sonreían bajo las lámparas de Baccarat mientras las cámaras de la prensa económica buscaban el ángulo exacto desde el que mi familia pareciera invencible.

Yo también sonreía.

Era lo que mejor sabía hacer.

—No mires la pantalla —murmuró Ethan de la Vega junto a mi oído.

Naturalmente, miré la pantalla.

En una de las columnas digitales instaladas para proyectar la historia de Industrias Lombardi, el video institucional había sido reemplazado durante menos de dos segundos por una gráfica roja. Una caída vertical. Nuestros bonos. La imagen desapareció enseguida y volvió la fotografía de mi abuelo inaugurando la primera planta textil cincuenta años atrás.

Dos segundos bastaban para hundir una empresa si la persona correcta estaba mirando.

Y la persona correcta estaba mirando.

Henderson, representante del fondo de inversión de Nueva York, había dejado de sonreír al otro lado del salón.

—¿Quién autorizó esa presentación? —pregunté sin mover los labios.

—No es el momento, Valeria.

La mano de Ethan descendió hasta mi cintura. Desde lejos habría parecido un gesto cariñoso. Yo sentí sus dedos cerrarse con fuerza sobre la seda verde de mi vestido.

—Precisamente por eso es el momento.

Me aparté antes de que pudiera detenerme y crucé el salón saludando a dos consejeros, una periodista y al ministro de Industria sin romper el ritmo de mi sonrisa. Si alguien advertía que acabábamos de tener una filtración de datos durante la fiesta del cincuentenario, la reunión de mañana con el fondo no llegaría a celebrarse.

Henderson me recibió con la copa suspendida a medio camino de los labios.

—Señorita Lombardi. Interesante elección de gráficos para una celebración.

—Lo sé. Nuestro equipo creativo está desesperado por convertir hasta la volatilidad del mercado en entretenimiento.

Sus cejas se elevaron.

—¿Volatilidad?

—El gráfico que vio mezclaba el precio intradía de nuestros bonos con la depreciación histórica del sector textil regional. Un borrador. Bastante poco elegante, si me permite. —Tomé una copa de una bandeja que pasaba y levanté la barbilla hacia la pantalla—. Mañana verá las cifras correctas. Y también verá por qué la deuda que hoy parece una debilidad es exactamente lo que hace atractiva nuestra reestructuración.

Henderson me estudió durante tres segundos demasiado largos.

—Confía mucho en esa reunión.

—Confío en mis números.

Eso sí era verdad.

Su sonrisa regresó, mínima.

—Entonces procuraré llegar sin prejuicios.

—Es todo lo que necesito.

Esperé a que se alejara antes de sacar el teléfono del pequeño bolso que llevaba colgado de la muñeca.

“Sandra: corta la señal de las pantallas del ala oeste. Llama a Sistemas. Nadie abandona la sala de control hasta que sepamos quién cargó ese archivo.”

La respuesta de mi secretaria llegó de inmediato.

“Entendido.”

Solo entonces respiré.

—Bonito rescate —dijo Ethan a mi espalda.

Me volví.

Mi prometido llevaba un esmoquin negro perfecto, una sonrisa perfecta y una irritación que únicamente yo sabía reconocer en la rigidez de su mandíbula.

—No estaba rescatando nada.

—Claro que sí. Es una de las cosas que más admiro de ti. Puedes sonreír mientras apagas un incendio.

—En mi familia es una habilidad básica de supervivencia.

Ethan alzó la mano y acomodó un mechón que no necesitaba ser acomodado detrás de mi oreja. El gesto fue suave. La advertencia, no.

—Dentro de veinte minutos tu padre anunciará el acuerdo preliminar de inversión. Esta noche debe parecer impecable.

—Lo sé.

—Entonces intenta no desaparecer otra vez para resolver personalmente cada crisis del edificio. Pronto habrá gente para eso.

—Ya tengo gente para eso.

—No suficiente.

Antes de que pudiera preguntarle qué significaba, alguien rio cerca de nosotros y Ethan cambió de expresión con la velocidad de un actor experto. Rodeó mi cintura y me acercó a su costado para una fotografía.

El flash me cegó.

Cuando recuperé la visión, lo vi.

No junto a la entrada principal, donde estaban los invitados.

En la puerta lateral reservada al personal de seguridad.

Ian Soler.

Durante tres años había aprendido a pronunciar su nombre únicamente dentro de mi cabeza.

No estaba preparada para verlo frente a mí.

Vestía de negro. No un esmoquin, sino el uniforme discreto de la empresa privada que protegía el evento. El cabello más corto que antes. Los hombros más anchos. Una cicatriz fina junto a la ceja derecha que yo no recordaba.

Los ojos eran los mismos.

Oscuros. Quietos. Imposibles de engañar.

Sentí que el salón se inclinaba.

La mano de Ethan seguía en mi cintura.

Ian bajó la mirada hasta ella.

No cambió de expresión, pero algo antiguo y peligroso pareció tensarse entre nosotros, como un cable enterrado que de pronto volvía a recibir corriente.

—Valeria.

La voz de Ethan llegó desde muy lejos.

—¿Qué?

—La foto.

El fotógrafo esperaba.

Volví el rostro hacia la cámara y sonreí.

No sé cómo.

—Perfecto —dijo el hombre—. Una más.

Otro flash.

Cuando volví a buscar a Ian, ya no estaba.

El pulso me golpeaba en la garganta.

—Necesito aire.

—Faltan quince minutos para el anuncio.

—Cinco me bastan.

—Voy contigo.

—No.

La palabra salió demasiado rápido.

Ethan me observó.

Sonreí de nuevo, esta vez para él.

—Si vienes conmigo, Henderson pensará que acabamos de discutir. Quédate. Recuérdale por qué su fondo quiere entrar en esta familia.

El orgullo pudo más que la sospecha.

—Cinco minutos.

—Cinco.

Crucé las puertas de cristal y salí a la terraza.

La noche estaba húmeda. Había llovido poco antes y las losas de piedra devolvían el brillo de las luces de la casa. Caminé más allá de las mesas vacías, hacia el jardín lateral, donde la música llegaba amortiguada por los setos.

No necesitaba buscarlo.

Sabía que vendría.

Ese conocimiento me enfureció casi tanto como el hecho de desear que fuera cierto.

—Sigues huyendo hacia lugares oscuros cuando no quieres que te vean temblar.

Me detuve.

La voz nació detrás de una columna.

Ian salió de la sombra con las manos vacías y la expresión impenetrable.

Tres años.

Tres años imaginando qué le diría si volvía a tenerlo enfrente.

No recordé una sola frase.

—No deberías estar aquí.

—Eso me dijeron la última vez.

—Hablo de esta casa.

—Yo también.

Se quedó a varios pasos de distancia.

Eso fue peor que si me hubiese tocado.

Lo recordaba impulsivo, incapaz de respetar un límite cuando estaba furioso. El hombre que tenía delante parecía haber aprendido a convertir la furia en algo mucho más preciso.

—¿Qué quieres? —pregunté.

—Trabajar.

Solté una risa sin humor.

—No juegues conmigo.

—No he venido a jugar contigo, Valeria.

Escuchar mi nombre en su voz me hizo odiar mi propia memoria.

—Entonces dime por qué estás aquí.

Sus ojos recorrieron mi rostro, no mi vestido, no mi cuerpo. Mi rostro. Como si buscara cambios que solo él supiera medir.

—Porque alguien está robando información de tu empresa.

La respuesta me descolocó.

—¿Qué?

—Y porque tu padre ha decidido que necesita profesionales en vez de hombres que le digan que todo está bien.

—Mi padre jamás te contrataría.

—Tu padre contrata a cualquiera que pueda mantenerlo vivo.

El golpe fue limpio.

—No hables de él.

—Tú puedes fingir que nada ocurrió. Yo no.

Ahí estaba. La grieta que ninguno de los dos podía cruzar.

La fábrica.

El fuego.

Una noche que había partido nuestras vidas en dos y dejado demasiadas preguntas enterradas bajo informes, abogados y silencio.

—No estoy fingiendo —dije.

—¿No?

Ian dio un paso.

Yo no retrocedí.

—Mírate —continuó—. Prometida con un De la Vega. Celebrando medio siglo de un apellido que hace tres años habría querido arrancarte de la piel.

—No sabes nada de mi vida.

—Sé suficiente.

—No. Sabes lo que decidiste creer.

Otro paso.

Ahora podía sentir el olor de la lluvia en su ropa.

Mi cuerpo recordó antes que mi cabeza. El calor de su pecho. La forma en que pronunciaba mi nombre cuando nadie más escuchaba. Un verano absurdo en el que habíamos creído que dos personas podían ser más fuertes que dos familias.

Ian se detuvo.

A menos de un brazo de distancia.

No me tocó.

—Dime que estás feliz —dijo.

—No es asunto tuyo.

—Dímelo y me voy.

Abrí la boca.

No salió nada.

Sus ojos descendieron un instante hacia mis labios.

El aire cambió.

Yo también miré su boca y me odié por hacerlo.

Ian levantó una mano.

Por un segundo pensé que me tocaría la cara.

La dejó caer antes de llegar.

—Eso creí.

La humillación me devolvió la voz.

—No confundas silencio con nostalgia.

—No lo hago.

—Y no confundas lo que ocurrió entre nosotros con una invitación a volver a mi vida.

Algo se endureció en su expresión.

—Tranquila. No volví por ti.

Aquello dolió más de lo que debería.

Ian metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un pequeño objeto metálico. Lo sostuvo entre dos dedos.

Era una insignia antigua de Industrias Lombardi. De las que se usaban en las plantas antes de que todo se digitalizara.

Estaba ennegrecida en un borde.

Quemada.

Mi estómago se contrajo.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Donde tu familia dejó demasiadas cosas sin enterrar.

—Ian...

—Pregúntale a tu padre por el informe del diecisiete de septiembre.

La fecha atravesó mi pecho.

—¿Qué informe?

Pero Ian ya había guardado la insignia.

—Cinco minutos, Valeria. Tu prometido debe estar impaciente.

—No puedes aparecer después de tres años, decirme esto y marcharte.

—Acabo de hacerlo.

Se volvió.

—Ian.

Se detuvo, sin mirarme.

—¿Me odias?

No sabía por qué había preguntado aquello. Quizá porque cualquier respuesta era mejor que la indiferencia.

Sus hombros se tensaron.

—Todavía no he decidido qué sería peor.

Se alejó por el sendero lateral.

Volví al salón con las piernas firmes únicamente por costumbre.

Ethan estaba junto al escenario. Mi padre también.

Arturo Lombardi parecía más pequeño de lo que recordaba bajo las luces. La enfermedad le había robado peso durante los últimos meses, pero no autoridad. Cuando me vio, extendió una mano.

—Justo a tiempo, hija.

Subí los dos escalones y me coloqué a su lado.

—¿Para qué?

—Para que conozcas oficialmente al hombre que va a resolver nuestro problema de seguridad.

El corazón me dio un golpe.

No.

Mi padre tomó el micrófono.

—Amigos, socios, familia. Durante cincuenta años hemos sobrevivido porque supimos reconocer cuándo era necesario cambiar. Esta noche damos un paso más.

La puerta lateral se abrió.

Ian entró en el salón.

Ya no llevaba el uniforme negro.

Vestía un traje oscuro de corte impecable.

No parecía un empleado.

Parecía alguien que hubiese esperado tres años para entrar por aquella puerta.

—Quiero presentarles al nuevo Director de Seguridad e Inteligencia de Industrias Lombardi —continuó mi padre—. El señor Ian Soler.

Los aplausos comenzaron.

Yo no podía moverme.

Ian subió al escenario.

Se detuvo frente a mí.

—Señorita Lombardi.

Me tendió la mano como si jamás nos hubiéramos besado, discutido, amado ni destruido.

La tomé.

Su pulgar rozó una sola vez el lateral de mi dedo.

Nadie más podía haber interpretado aquel contacto.

Yo sí.

Mi padre sonrió, satisfecho.

—Y hay algo más. Dadas las amenazas de las últimas semanas, Ian asumirá temporalmente tu seguridad personal hasta la boda.

El salón continuó aplaudiendo.

Yo miré a Ian.

Él sostuvo mi mirada sin sonreír.

Entonces comprendí que los cinco minutos de la terraza no habían sido un reencuentro.

Habían sido una advertencia.

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