Capítulo 2 Lo que vuelve con las cenizas

IAN

A las dos de la madrugada, la mansión Lombardi por fin dejó de fingir que era un palacio.

Sin músicos, sin fotógrafos y sin invitados, solo quedaban técnicos desmontando luces, camareros cansados y hombres de seguridad recorriendo pasillos demasiado grandes para una sola familia.

Era más fácil estudiar un imperio cuando se apagaban las lámparas.

—La sala de servidores está limpia —dijo Marcus por mi auricular—. Ninguna intrusión externa en las últimas seis horas.

Me detuve frente a una puerta de servicio y miré el plano digital en la tableta.

—Entonces la filtración salió desde dentro.

—Eso parece.

—No me gusta que “parezca”.

—A mí tampoco, jefe.

Marcus llevaba cuatro años trabajando conmigo y había aprendido que no necesitaba disculparse cuando no tenía una respuesta. Solo necesitaba encontrarla.

Seguí caminando hacia el ala administrativa.

Mi hombro rozó el marco de una puerta. El traje que Arturo Lombardi me había obligado a ponerme para la presentación olía a cigarro ajeno y a dinero. Tenía ganas de arrancármelo desde que había subido al escenario.

No lo hice.

Había aprendido a soportar uniformes peores.

—Revisa otra vez las credenciales utilizadas para cargar el archivo de los bonos —ordené—. Y no busques solo accesos. Quiero saber quién tenía permisos, quién pidió restauraciones de contraseña, quién entró a las oficinas aunque no haya tocado una terminal.

—Te envío el primer cruce en veinte minutos.

—Diez.

Marcus soltó una risa breve.

—Sigues de buen humor.

Corté la comunicación.

Buen humor.

Había vuelto a ver a Valeria Lombardi después de tres años y casi había olvidado por qué estaba allí.

Ese era exactamente el problema.

Abrí la puerta del despacho temporal que me habían asignado. Sobre la mesa me esperaba una carpeta gris que Arturo había mandado preparar: organigrama, accesos, amenazas recientes, fotografías de vehículos sospechosos cerca de la residencia y copias de dos correos anónimos enviados a Valeria durante el último mes.

El primero decía: SABEMOS LO QUE SU PADRE HIZO.

El segundo: LA DEUDA SE COBRA CON SANGRE.

Leí ambos otra vez.

No eran míos.

Eso complicaba las cosas.

Yo había llegado a Industrias Lombardi con un objetivo concreto: entrar donde los abogados de mi padre jamás habían podido entrar y encontrar el expediente original del incendio de la planta textil San Jerónimo.

Nada más.

No amenazar a Valeria.

No salvar a Valeria.

No volver a sentir cómo todo mi entrenamiento desaparecía cuando ella me miraba como en la terraza.

Tres años antes yo había aprendido que el amor podía convertirse en una debilidad operativa.

No pensaba repetir el error.

Abrí el expediente de amenazas.

Las fotografías habían sido tomadas desde distintos puntos de la ciudad. Valeria entrando al edificio central. Valeria saliendo de una clínica. Valeria junto a su padre. Una imagen de ella y Ethan en un restaurante.

Me fijé en algo.

Todas las fotografías estaban encuadradas desde arriba.

No desde un coche.

Desde edificios.

Profesionales.

Amplié una de las imágenes. Reflejada en la puerta de cristal del restaurante aparecía una silueta apenas visible. Gorra oscura. Cámara compacta.

—Mierda.

—Sabía que te encontraría trabajando.

Cerré la pantalla.

Roxy estaba apoyada contra el marco de la puerta.

Aún llevaba el uniforme negro del catering. Se había quitado el delantal y tenía el cabello recogido en una coleta mal hecha.

—¿Cómo entraste?

—Todavía recuerdo cómo caminar por un lugar rico sin que los ricos te vean.

—Eso no responde la pregunta.

—Y tú sigues sin saber conversar.

Roxy Vega no tenía relación con Ethan de la Vega. Compartían una parte del apellido y absolutamente nada más. Ella era hija de uno de los operarios que había perdido el trabajo después del incendio. Habíamos crecido a seis calles de distancia y aprendido demasiado pronto que la ciudad podía dividirse en barrios donde la gente heredaba empresas y barrios donde heredaba deudas.

Cerró la puerta detrás de sí.

—Te vi con ella.

—Trabajas en catering, Roxy. Ver gente es parte del empleo.

—No me hagas perder el tiempo, Ian.

Dejé la tableta sobre la mesa.

—Entonces no lo pierdas.

Roxy caminó hasta quedar frente a mí.

—Tres años buscando la forma de entrar aquí. Tres años repitiendo que cuando tuvieras acceso a los archivos no mirarías a nadie a la cara. Y la primera noche, ¿qué haces? Te vas al jardín detrás de Valeria Lombardi.

—No fui detrás de ella.

—Claro.

—¿Viniste para vigilarme?

—Vine porque alguien tenía que recordarte que tu padre murió esperando que esa familia admitiera lo que pasó.

El nombre de mi padre convirtió el aire en metal.

—No necesito que me recuerdes nada.

—Entonces compórtate como si lo recordaras.

Me acerqué un paso.

—No vuelvas a usarlo para decirme qué hacer.

Roxy sostuvo mi mirada. No retrocedió.

—Solo te digo una cosa: si Arturo Lombardi te ha abierto las puertas de su empresa tan fácilmente, pregúntate por qué.

—No fue fácil.

—Para un Lombardi, todo lo que no cuesta sangre es fácil.

Se volvió hacia la salida.

—Roxy.

La miré antes de que abriera.

—¿Tú enviaste los correos a Valeria?

Su expresión cambió apenas.

—No.

—¿Sabes quién lo hizo?

—No.

—¿Me estás mintiendo?

—Todavía no.

Salió.

Volví a mirar las fotografías.

Una cosa era infiltrarme en una empresa corrupta.

Otra, descubrir que alguien más había entrado antes que yo.

Mi teléfono vibró.

Marcus.

—Habla.

—Encontré la credencial utilizada para cargar la gráfica en la pantalla del salón.

—¿De quién?

Hubo un silencio.

—Arturo Lombardi.

Me incorporé.

—Imposible. Arturo estaba en el estrado cuando se cargó el archivo.

—Por eso te llamo. Su credencial maestra fue clonada o alguien tiene acceso físico a su dispositivo de respaldo. Pero hay algo peor.

—Dime.

—La misma credencial abrió hace cuatro días un archivo restringido del servidor histórico.

Sentí un tirón bajo las costillas.

—¿Qué archivo?

—No puedo ver el contenido. Está bajo una capa vieja de cifrado legal. Pero tengo el nombre del directorio.

Esperé.

—San Jerónimo.

Durante un segundo no escuché el aire acondicionado, ni los pasos de los técnicos en el corredor, ni mi propia respiración.

—Aísla ese servidor. Nadie toca nada hasta que yo llegue.

—Hay más. El acceso se hizo desde una terminal del piso cuarenta.

El piso ejecutivo.

—¿Qué oficina?

—La de Valeria Lombardi.

Miré la puerta cerrada.

La imagen de Valeria en la terraza regresó con una precisión irritante: su vestido verde, la rabia en sus ojos, la pregunta que no debió hacerme.

¿Me odias?

No sabía si Valeria había accedido al archivo.

No sabía si alguien había utilizado su oficina.

No sabía cuánto conocía realmente del incendio.

Pero a partir de ese momento sí sabía una cosa.

Mi trabajo como escolta personal acababa de volverse útil.

• • •

A las seis y media de la mañana, Arturo Lombardi ya estaba despierto.

Me recibió en su biblioteca privada con una bata de seda gris y una taza de café que no debía estar bebiendo según el informe de su cardiólogo.

—No esperaba verlo tan temprano, Soler.

—Yo no esperaba encontrar una brecha interna la primera noche.

Su expresión perdió sueño.

—¿Qué ocurrió?

No mencioné San Jerónimo.

Todavía no.

Le mostré las fotografías de vigilancia sobre la mesa.

—Quien está siguiendo a su hija no es un aficionado.

Arturo se sentó despacio.

—¿Está en peligro?

—No puedo responder sin saber quién la observa.

—Por eso lo contraté.

—Me contrató para proteger activos e información. Anoche me añadió una persona.

—Mi hija es el activo más importante que tengo.

Lo dijo demasiado rápido.

No “la persona más importante”.

El activo.

Lo anoté mentalmente.

—Necesito libertad operativa sobre su agenda.

—Concedida.

—Acceso a sus desplazamientos.

—Concedido.

—Y necesito que el señor De la Vega no interfiera con mi equipo.

Arturo me observó con cansancio.

—Ethan será mi yerno en menos de un mes.

—Eso no lo convierte en personal de seguridad.

—También será nuestro principal socio financiero.

—Eso tampoco.

Una sonrisa casi involuntaria apareció en el rostro del viejo.

—Ahora entiendo por qué mi hija lo detesta.

—Su hija no me detesta.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

Arturo levantó la vista.

Demasiado tarde para retirarla.

—¿Se conocían?

—Nos cruzamos hace años.

—Curioso. Ella nunca lo mencionó.

—Yo tampoco.

El teléfono de Arturo sonó sobre la mesa. La pantalla mostró el nombre de Ethan.

El viejo no respondió.

—Soler —dijo—. No sé qué ocurrió entre usted y mi hija, y no me interesa siempre que no afecte su trabajo. Valeria está bajo una presión que usted no comprende. La empresa necesita esta boda.

—¿Y ella?

Su mirada se endureció.

—Todos hacemos sacrificios por la familia.

Ahí estaba el idioma de los Lombardi.

Sacrificio era una palabra elegante para llamar inevitable a lo que beneficiaba al apellido.

Me puse de pie.

—A partir de las siete estaré con ella.

—Bien.

Llegué a la puerta.

—Soler.

Me volví.

—No permita que nada arruine esta boda.

Pensé en los correos anónimos.

En San Jerónimo.

En la terminal de Valeria.

En su silencio cuando le pedí que me dijera que era feliz.

—Mi trabajo es mantenerla viva, señor Lombardi. No mantenerla casada.

Cerré la puerta antes de que respondiera.

• • •

El ascensor privado se abrió en el piso cuarenta a las siete en punto.

La secretaria de Valeria levantó la vista y palideció ligeramente al verme.

—Señor Soler. La señorita Lombardi todavía no recibe a nadie.

—Ahora sí.

—Tengo instrucciones expresas...

La puerta del despacho se abrió al fondo.

Valeria apareció con un pantalón negro de cintura alta, una blusa blanca sin adornos y el cabello recogido. No llevaba joyas salvo un reloj fino.

Ni rastro de la mujer que había atravesado la gala cubierta de seda y diamantes.

Esta versión era más peligrosa.

—Déjalo pasar, Sandra.

Caminé hacia ella.

—Buenos días, señorita Lombardi.

Sus ojos se estrecharon.

—No tienen nada de buenos.

—Eso depende de cuánto le guste la compañía.

—En tu caso, muy poco.

—Perfecto. Vamos a entendernos.

Me hizo una seña seca para que entrara.

Antes de cruzar el umbral, vi algo reflejado en el cristal exterior del despacho.

Un punto rojo diminuto.

Desapareció.

Me detuve.

—¿Qué pasa?

No respondí.

Miré hacia la torre del edificio de enfrente.

Demasiado lejos para distinguir un rostro.

No demasiado lejos para una lente.

Alguien nos observaba.

Y acababa de confirmar que yo estaba junto a Valeria.

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