Capítulo 3 La distancia exacta

VALERIA

Ian entró en mi despacho como si las puertas llevaran su nombre grabado desde siempre.

No pidió permiso. No miró los cuadros. No se detuvo ante la vista del piso cuarenta que solía impresionar a visitantes mucho más poderosos que él.

Miró las ventanas.

Después el techo.

Después mi teléfono.

—¿Vas a registrar también mis cajones? —pregunté.

—Si hace falta.

—No hace falta.

—Entonces será rápido.

Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

Había dormido dos horas. Las suficientes para cambiarme de ropa y para no dejar de pensar en una insignia quemada y una fecha: diecisiete de septiembre.

Había buscado en los archivos digitales de la empresa antes de venir.

No encontré ningún informe con esa fecha.

Eso me inquietaba más que haberlo encontrado.

Ian recorrió el despacho en silencio. Pasó un pequeño detector sobre el borde de la mesa, los enchufes, la consola de videoconferencia y la base de una lámpara.

—Mi oficina no es una escena del crimen.

—Todavía.

—Tu sentido del humor empeoró.

—El tuyo también.

Se agachó junto al aparador y revisó la parte inferior de la madera.

Lo odié un poco por la naturalidad con la que su presencia alteraba la habitación. Mi despacho era el único espacio del edificio que sentía verdaderamente mío. Allí no era hija de Arturo, prometida de Ethan ni rostro de una dinastía.

Era vicepresidenta financiera.

Ian lograba que volviera a sentirme como la muchacha de veinticuatro años que escondía zapatos de tacón en el maletero para caminar con él por los barrios del sur sin que nadie la reconociera.

—Terminaste de mirar mis muebles —dije—. Ahora vas a explicarme por qué anoche me mostraste una insignia de San Jerónimo.

Se incorporó.

—No.

—No era una pregunta.

—Qué coincidencia. Mi respuesta tampoco.

Me acerqué a la mesa.

—Tú no puedes venir a mi empresa, insinuar que mi padre escondió información sobre el incendio y luego negarte a hablar.

—Puedo si no sé todavía qué información tienes tú.

—¿Me estás interrogando?

—Estoy decidiendo si puedo confiar en ti.

Solté una risa breve.

—Tú entraste en mi edificio con un plan secreto y soy yo quien debe ganarse tu confianza.

—Correcto.

—Sigues siendo insoportable.

—Y tú sigues evitando responder.

Me quedé quieta.

—Pregunta.

Ian apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.

—¿Entraste al archivo histórico de San Jerónimo esta semana?

Sentí un frío inmediato en el estómago.

—No.

Él no parpadeó.

—¿Nunca?

—Hace tres años. Después del incendio. Quise leer el informe interno y mi padre bloqueó mi acceso.

La expresión de Ian cambió apenas. Suficiente.

—¿Qué?

—Anoche alguien utilizó una credencial de Arturo para entrar a ese archivo desde una terminal de esta oficina.

Lo miré.

—Eso es imposible.

—Es lo que dicen los registros.

—Yo no estaba aquí.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque estabas ocupada humillándome en una terraza.

El recuerdo me subió al rostro.

—Te lo ganaste.

—Probablemente.

Aquella admisión me dejó sin réplica.

Ian rodeó la mesa y se detuvo frente a mi ordenador.

—Necesito acceso al registro físico del piso. Cámaras, tarjetas, ascensores.

—Pídeselo a Sistemas.

—Ya lo hice.

—Entonces ¿qué haces aquí?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Alguien fotografió este despacho desde el edificio de enfrente hace menos de diez minutos.

El cansancio desapareció.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿A mí?

—A nosotros.

Me acerqué a la ventana por instinto.

Ian me sujetó del antebrazo antes de que llegara.

No con violencia.

Con rapidez.

—No te acerques al cristal.

Bajé la vista a su mano.

Él también.

Durante un segundo ninguno se movió.

El contacto era simple. Dos dedos y un pulgar sobre la manga de mi blusa.

Mi cuerpo lo reconoció de una forma que me enfureció.

Ian me soltó inmediatamente.

—Mantente fuera del ángulo hasta que mis hombres revisen el edificio.

—Esta es mi oficina.

—Y alguien la está usando como objetivo.

—No sabes si es una amenaza.

—La gente no alquila teleobjetivos para admirar arquitectura.

Caminó hacia la puerta.

—¿A dónde vas?

—A buscar al fotógrafo.

—Ian.

Se volvió.

—No me dejes aquí sin explicarme nada.

Algo en mi voz debió sonar distinto, porque su expresión perdió dureza.

Solo un poco.

—Cierra la puerta. No abras a nadie que no conozcas. Marcus llegará en cinco minutos.

—No necesito una niñera.

—Perfecto. Necesitas seguir viva. Es distinto.

Abrió.

En ese momento Sandra apareció detrás de él con un enorme arreglo de orquídeas blancas.

—Señorita Lombardi, el señor De la Vega está subiendo. Envió esto por delante.

Ian miró las flores.

Luego me miró a mí.

—No las pongas sobre el escritorio.

—¿Ahora también te molestan las plantas?

No respondió.

Tomó el jarrón de las manos de Sandra y lo dejó en una mesa lateral junto a la puerta.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Mi trabajo.

La puerta del ascensor se abrió antes de que pudiera discutir.

Ethan entró en el piso acompañado por su asistente y dos hombres de traje.

Sonrió al verme.

—Buenos días, mi vida.

Se acercó y me besó la mejilla.

Su mirada encontró a Ian sobre mi hombro.

No perdió la sonrisa.

—Soler. Empiezas temprano.

—La seguridad no suele respetar horario bancario.

Ethan rio como si aquello le hubiera parecido divertido.

—Me gusta. Un empleado con iniciativa.

Ian no corrigió la palabra.

Yo sí percibí la tensión en su mandíbula.

—¿A qué debo la visita? —pregunté.

Ethan hizo una seña a su asistente. El hombre dejó una carpeta azul sobre mi mesa.

—A una oportunidad.

Abrí la carpeta.

Era un borrador de acuerdo de integración tecnológica entre Industrias Lombardi y Grupo De la Vega.

—Esto no estaba en la agenda.

—Porque lo cerré anoche con tu padre.

Levanté la mirada.

—¿Sin mí?

—Es una propuesta preliminar.

—Que afecta los servidores financieros bajo mi responsabilidad.

—Por eso estoy aquí.

Su tono seguía siendo amable. Los dos hombres que lo acompañaban, en cambio, habían dejado de mirar a ninguna parte.

Ethan apoyó las yemas de los dedos sobre la carpeta.

—Si conectamos nuestros sistemas antes de la boda, el fondo de Nueva York tendrá acceso a métricas consolidadas y podremos acelerar el desembolso.

—No.

La palabra cayó limpia.

Ethan tardó un segundo en reaccionar.

—¿Perdón?

—No voy a abrir nuestros sistemas al Grupo De la Vega antes de una auditoría de seguridad independiente.

—Valeria, tu padre...

—Mi padre dirige la compañía. Yo respondo por sus finanzas y por la exposición de datos. Si alguien tiene acceso a nuestros servidores antes de que mi equipo valide el protocolo, será con mi firma. Y no voy a firmar esto hoy.

El silencio se volvió incómodo.

Ian permaneció junto a la puerta.

No dijo nada.

No necesitaba hacerlo.

Por primera vez desde que había regresado, sentí que me miraba sin compasión ni resentimiento.

Con atención.

Ethan cerró la carpeta despacio.

—Podrías haberme dicho que querías tiempo para revisarlo.

—Acabo de hacerlo.

—Delante de empleados.

—Entonces no traigas decisiones de junta a mi oficina delante de empleados.

Su sonrisa se hizo más delgada.

—Hablaremos de esto esta noche.

—Cuando quieras.

Ethan se inclinó y volvió a besarme la mejilla. Esta vez su mano se cerró sobre mi hombro durante un segundo más de lo necesario.

—No llegues tarde a la cena.

Se dirigió hacia la salida.

Al pasar junto a Ian, se detuvo.

—Un consejo, Soler. Valeria no necesita que la asustes con amenazas imaginarias. Lleva años viviendo entre empresarios. Tiene suficiente experiencia con depredadores.

Ian lo miró sin expresión.

—Entonces reconocerá uno cuando lo vea.

Los ojos de Ethan se enfriaron.

Después sonrió otra vez y salió.

Esperé a que el ascensor se cerrara.

—No vuelvas a provocar a mi prometido en mi oficina.

Ian seguía mirando las puertas.

—Acabas de decirle que no delante de tres testigos. Creo que puede sobrevivir a una frase mía.

—No sabes cómo funciona Ethan.

—Sé exactamente cómo funciona.

—Lo conociste anoche.

—Los hombres como él no son complicados.

—Qué tranquilizador escuchar eso de ti.

La respuesta le arrancó algo parecido a una sonrisa.

—Buen movimiento con el acuerdo.

Parpadeé.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te acostumbres.

—Pensaba que, según tú, yo solo sabía sonreír encima de una fortuna ajena.

Su expresión cambió.

—Nunca dije que fueras inútil.

—No. Solo me trataste como si hubiera elegido todo esto.

Ian se quedó callado.

Por primera vez, la conversación perdió filo.

Quise aprovecharlo.

—¿Qué pasó el diecisiete de septiembre?

La distancia volvió a sus ojos.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque cuando te lo diga quiero saber si vas a escucharme como Valeria o como una Lombardi.

—Son la misma persona.

—Eso está por verse.

Iba a contestar cuando Ian levantó una mano.

Silencio.

Sacó del bolsillo un pequeño dispositivo negro y caminó hacia las orquídeas.

—¿Qué haces ahora?

El aparato emitió un pitido breve.

Ian lo pasó alrededor de la base del jarrón.

Otro pitido.

Más fuerte.

Se agachó y separó con cuidado el envoltorio de musgo decorativo.

Encontró un pequeño disco negro adherido al interior del recipiente.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué es eso?

Ian no lo tocó con los dedos. Sacó una bolsa transparente del bolsillo y lo introdujo con unas pinzas.

—Un transmisor.

—No.

—Sí.

—Las flores las envió Ethan.

—Lo sé.

El despacho pareció perder temperatura.

—Podría haberlo puesto la floristería. Un proveedor. Cualquiera.

Ian me miró.

—Podría.

No dijo “no lo creo”.

No hacía falta.

Me apoyé en el borde de la mesa.

—¿Está activo?

—Lo estaba.

—Entonces nos ha escuchado.

—Parte de la conversación, probablemente.

—Dijiste delante de él...

—Nada que no quisiera que oyera.

Lo miré con incredulidad.

—¿Sabías que estaba aquí?

—Lo sospeché cuando vi el arreglo.

—¿Y me dejaste discutir con él al lado de un micrófono?

—Necesitaba ver si cambiaba su conducta cuando creía tener una ventaja.

La rabia me devolvió calor.

—No soy una pieza de tu operación.

Ian se acercó.

—No. Eres el objetivo alrededor del que gira.

—No sabes eso.

—Alguien usa tu oficina para entrar a archivos del incendio. Alguien te fotografía desde otro edificio. Alguien te manda amenazas. Y ahora aparece un micrófono en un regalo de tu prometido.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que cancele la boda porque tú has decidido que Ethan es culpable?

—Quiero que dejes de pensar que la boda es el centro del problema.

—Para mi familia lo es.

—Ese es el problema.

Se detuvo frente a mí.

Demasiado cerca para que aquella conversación siguiera siendo únicamente profesional.

—Escúchame bien, Valeria. No sé quién colocó ese transmisor. No sé quién accedió a San Jerónimo desde tu ordenador. Y no sé si las amenazas contra ti tienen que ver con lo que pasó hace tres años o con lo que está ocurriendo ahora en tu empresa.

—Pero crees que todo está conectado.

—Sí.

—¿Y esperas que confíe en ti?

—No.

La respuesta me sorprendió.

—Espero que seas lo bastante inteligente para trabajar conmigo aunque no confíes en mí.

Miré el dispositivo dentro de la bolsa.

Luego sus ojos.

—¿Qué quieres a cambio?

Ian tardó un segundo.

—Acceso a los movimientos de la junta relacionados con San Jerónimo.

—Mi padre los bloqueó.

—Entonces desbloquéalos.

—Podría perder mi puesto.

—Podrías descubrir por qué alguien está dispuesto a vigilarte para impedir que lo hagas.

Sentí el peso de la noche anterior, de la fecha, de los archivos vacíos, de la carpeta de Ethan y de aquellas flores demasiado blancas.

—Una condición.

—Dime.

—Nada de órdenes. Nada de decidir por mí qué puedo saber o dónde puedo ir.

Ian inclinó la cabeza.

—Soy tu jefe de seguridad.

—Eres mi empleado.

—Eso sonó muy Lombardi.

—Acostúmbrate.

Una chispa oscura apareció en sus ojos.

—Bien. Una condición mía.

—No abuses.

—Si detecto una amenaza real, haces lo que te diga hasta que estemos fuera de peligro.

—Lo decidiré cuando ocurra.

—Entonces todavía no tenemos acuerdo.

—Entonces puedes irte.

Nos quedamos mirándonos.

Ninguno se movió.

Ian fue el primero en extender la mano.

No hacia mi cintura.

No hacia mi rostro.

Una mano abierta entre nosotros.

—Alianza temporal —dijo—. Hasta descubrir quién está entrando en tus archivos y quién te está vigilando.

Miré su mano.

Tres años atrás habría dado cualquier cosa por volver a tocarla.

Ahora sabía que aceptar significaba abrir una puerta que quizá no podría cerrar.

Aun así, entrelacé mis dedos con los suyos.

Su piel estaba caliente.

El contacto duró apenas un instante, pero el pulso me traicionó.

Ian lo sintió.

Yo sentí el suyo.

Soltamos las manos al mismo tiempo.

—Temporal —repetí.

—Por supuesto.

—Y cuando esto termine, vuelves a salir de mi vida.

Su mirada descendió a mi boca durante una fracción de segundo.

—Eso dijiste la última vez.

El teléfono de mi escritorio vibró.

Un mensaje de mi padre.

“Ven a mi oficina. Ahora. Y no traigas a Soler.”

Leí la frase dos veces.

Ian observó mi rostro.

—¿Qué pasa?

Bloqueé la pantalla.

—Nada.

Su expresión me dijo que no me había creído.

—Primera regla de una alianza, Valeria: no me mientas cuando tu vida puede depender de ello.

Guardé el teléfono en el bolsillo.

—Tú llevas tres años haciéndolo.

Pasé junto a él y abrí la puerta.

—¿A dónde vas?

Lo miré por encima del hombro.

—A preguntarle a mi padre por el diecisiete de septiembre.

La mandíbula de Ian se tensó.

—No vayas sola.

—Acabamos de acordar que no das órdenes.

—Esto no es una orden.

—¿Entonces qué es?

Por primera vez desde que había vuelto, vi algo parecido al miedo en sus ojos.

—Una advertencia.

Salí del despacho.

Las puertas del ascensor se abrieron frente a mí.

Antes de entrar, escuché su voz a mi espalda.

—Valeria.

Me volví.

Ian permanecía inmóvil junto a las orquídeas intervenidas.

—Cuando le preguntes —dijo—, no menciones que yo te di la fecha.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabemos si tu padre intenta protegerte de la verdad...

Hizo una pausa.

—...o proteger la verdad de ti.

Las puertas se cerraron entre los dos.

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