Capítulo 4 La puerta de mi padre

VALERIA

Mi padre tenía dos maneras de convocarme a su despacho.

La primera era mediante Sandra, con una hora concreta, una agenda y alguna frase tranquilizadora sobre una reunión sin importancia. La segunda consistía en un mensaje de cuatro palabras que convertía el trayecto en ascensor en un interrogatorio anticipado.

Ven. Ahora. Y sola.

Cuando las puertas se abrieron en el piso cuarenta y dos, Ian seguía en mi cabeza aunque se hubiera quedado dos niveles más abajo, junto a un transmisor escondido entre orquídeas blancas.

El despacho de Arturo Lombardi ocupaba la esquina más silenciosa de la torre. Madera oscura, fotografías en blanco y negro de la primera fábrica, premios empresariales y una vista de la ciudad que siempre me había parecido demasiado grande para un solo hombre.

Mi padre estaba de pie junto al ventanal.

—Cierra la puerta, hija.

Lo hice.

Sobre su escritorio había un frasco de medicamentos que desapareció dentro de un cajón en cuanto me acerqué.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

—Eso no parece un medicamento para alguien perfectamente sano.

—Y tú no has venido para hacer de cardióloga.

Su sonrisa fue breve, cansada. Me dolió más de lo que quería admitir.

—Me dijiste que viniera.

Arturo señaló la silla frente a él.

—Quiero hablarte de Soler.

No me senté.

—Qué coincidencia. Yo quiero hablarte de San Jerónimo.

El nombre borró cualquier resto de sonrisa de su rostro.

Fue tan rápido que, de no haber pasado mi vida estudiando sus expresiones durante reuniones con bancos y sindicatos, quizá no lo habría notado.

Pero lo noté.

—¿Quién te habló de eso?

—Nadie. Llevo el apellido Lombardi. Se supone que puedo preguntar por una fábrica que perteneció a mi familia.

—Esa planta cerró hace tres años.

—Después de un incendio en el que murió gente.

—Lo sé.

—Entre ellos, Jaime Soler.

Mi padre se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

—Así que Ian ya empezó.

—¿Empezó qué?

—A utilizar el pasado para acercarse a ti.

La frase me irritó de inmediato.

—Ian no necesita inventar una tragedia para acercarse a mí. La tragedia ocurrió.

—No he dicho que la inventara.

—Entonces dime qué ocurrió el diecisiete de septiembre.

Arturo se quedó completamente inmóvil.

Ya no fue una sospecha. Fue una certeza pequeña y desagradable.

La fecha significaba algo.

—¿De dónde sacaste ese día?

—De los archivos.

Mentí sin pestañear.

Mi padre me sostuvo la mirada durante varios segundos.

—No tienes acceso a esos archivos.

—Soy vicepresidenta de la compañía.

—No tienes acceso a esos archivos —repitió.

—Eso ya lo sé. Tú lo bloqueaste después del incendio.

Arturo caminó despacio hasta el escritorio. Por primera vez reparé en que apoyó una mano en el borde antes de sentarse.

—El diecisiete de septiembre fue la fecha de una auditoría interna rutinaria.

—¿Qué auditaban?

—Seguridad industrial.

—¿Y el resultado?

—No lo recuerdo.

Solté una risa sin humor.

—Recuerdas la cotización de una tonelada de algodón en 1998, pero no recuerdas una auditoría realizada la víspera de un incendio que mató a seis trabajadores.

Sus ojos se endurecieron.

—No conviertas esto en un juicio, Valeria.

—Estoy haciendo una pregunta.

—Y yo estoy intentando protegerte.

Aquellas palabras me hicieron pensar en Ian.

Demasiados hombres parecían convencidos de que protegerme significaba decidir qué podía saber.

—¿De qué?

Mi padre abrió un cajón y sacó una carpeta delgada. La dejó frente a mí.

Dentro había recortes de prensa de tres años atrás. El incendio de San Jerónimo. Fotografías de la nave ennegrecida. Familiares detrás de las vallas. Un Ian más joven, con el rostro hundido por el cansancio, mirando a una cámara como si odiara al mundo entero.

Sentí una presión conocida bajo las costillas.

Yo recordaba ese día.

Recordaba haberlo visto desde el asiento trasero del coche de mi padre sin atreverme a bajar.

—Ian estaba convencido de que la empresa ignoró informes de riesgo —dijo Arturo—. Lo comprendo. Había perdido a su padre. Necesitaba a alguien a quien culpar.

—¿La empresa ignoró esos informes?

—La investigación oficial concluyó que no.

—No te he preguntado qué concluyó la investigación oficial.

Mi padre apretó la mandíbula.

—No.

—¿No qué?

—No se ignoró conscientemente ninguna advertencia que pusiera vidas en peligro.

La precisión de la frase me inquietó.

—Eso no es lo mismo que decir que nadie cometió un error.

—En una empresa con nueve mil empleados, siempre hay errores.

—Seis personas murieron.

Arturo cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, ya no era el presidente de Industrias Lombardi. Era mi padre, envejecido de repente.

—Y cargo con eso cada día.

Mi enojo perdió fuerza.

Me senté al fin.

—Entonces ayúdame a entenderlo.

—No ahora.

—¿Por qué?

—Porque estás comprometida con una fusión que puede salvar esta compañía, porque hay alguien intentando acceder a información restringida y porque Ian Soler ha regresado precisamente cuando estamos más vulnerables.

—Tú lo contrataste.

—Contraté a la empresa que dirigió una auditoría externa brillante. No conocía la dimensión de su... historia contigo.

El silencio cayó entre nosotros.

Mi corazón dio un golpe incómodo.

—¿Qué historia?

Arturo me miró con una tristeza que me dio más miedo que cualquier grito.

—Soy tu padre, Valeria. Tal vez no haya sabido todo lo que hacías a los veinticuatro años, pero sabía cuándo mi hija volvía a casa sonriendo por alguien.

Bajé la mirada a la carpeta.

—Nunca dijiste nada.

—Esperaba que se te pasara.

—Qué romántico.

—Esperaba que no tuvieras que elegir.

Aquello me hizo levantar la vista.

—¿Elegir entre qué?

Arturo abrió la boca y una tos seca interrumpió la respuesta. Se llevó un puño al pecho y respiró despacio hasta que pasó.

Me puse de pie.

—Voy a llamar al médico.

—No.

—Papá.

—Siéntate.

—Acabas de quedarte sin aire.

—Tengo una insuficiencia cardíaca controlada, no una sentencia de muerte.

Lo dijo con demasiada rapidez.

—¿Desde cuándo?

—No dramatices.

—¿Desde cuándo?

Su silencio respondió antes que él.

—Seis meses.

Me quedé mirándolo.

—Seis meses y no me lo dijiste.

—Había suficiente sobre tus hombros.

—Deja de decidir cuánto puedo soportar.

La frase salió más quebrada de lo que pretendía.

Arturo se levantó despacio y rodeó la mesa.

—Precisamente por eso necesito que la operación con De la Vega salga bien. Si yo falto, quiero dejarte una compañía estable. Sin acreedores en la puerta. Sin una guerra de accionistas. Sin fantasmas de hace tres años destruyendo lo que queda.

—Ian no es un fantasma.

—No. —Mi padre me miró con una seriedad absoluta—. Ese es exactamente el problema.

El teléfono de mi bolsillo vibró.

Ian.

No contesté.

Arturo observó la pantalla iluminada a través de la tela de mi pantalón.

—Ten cuidado con él.

—Podría decirte lo mismo de Ethan.

Aquello sí lo sorprendió.

—Ethan te ofrece un futuro.

—Ethan ofrece capital.

—A veces son la misma cosa.

Pensé en las orquídeas. En el micrófono. En el modo en que Ethan había aceptado mi negativa en la oficina con una sonrisa demasiado controlada.

—No siempre.

Guardé la fotografía de San Jerónimo dentro de la carpeta y me puse de pie.

—Quiero el informe de la auditoría del diecisiete de septiembre.

—No.

—Entonces lo encontraré yo.

—Valeria.

Me detuve con la mano en el picaporte.

—¿Sí?

—Si Soler te pregunta qué te he dicho, dile que nada.

Giré lentamente.

—¿Por qué?

Mi padre miró la fotografía de Ian joven entre los escombros.

—Porque hay cosas que un hombre puede sobrevivir una vez y no dos.

Salí del despacho con más preguntas que al entrar.

Ian estaba apoyado en la pared frente al ascensor.

—Te dije que no subieras.

—Y yo no subí. Estoy en el pasillo.

—Eso es una interpretación creativa de mi orden.

—Tú no puedes darme órdenes, ¿recuerdas?

Quise seguir enfadada.

No pude.

—¿Qué te dijo?

Las puertas del ascensor se abrieron.

Entré.

Ian me acompañó sin pedir permiso.

—Nada —respondí.

Él pulsó el botón del piso cuarenta.

—Mientes fatal cuando estás triste.

Lo miré.

—Y tú haces preguntas terribles para alguien que quiere recuperar mi confianza.

Durante el descenso no volvió a insistir.

Pero cuando las puertas se abrieron, Ian colocó una mano en el borde para impedir que saliera primero.

—Valeria.

—¿Qué?

—Sea lo que sea que te haya dicho Arturo, no voy a utilizarlo contra ti.

Su voz ya no tenía ironía.

Y por un instante, demasiado breve, recordé por qué tres años atrás había confiado en él más que en nadie.

Ese recuerdo fue mucho más peligroso que cualquier amenaza.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo