Capítulo 5 Una fotografía demasiado antigua
IAN
El fotógrafo del edificio de enfrente había cometido un error pequeño.
Había supuesto que nadie miraría hacia arriba.
La gente que vigila desde una distancia segura suele enamorarse de esa distancia. Les hace creer que son invisibles.
Marcus y yo cruzamos la calle veinte minutos después de que Valeria entrara al despacho de su padre. El piso desde el que había visto el reflejo de una lente pertenecía a una empresa de arquitectura que llevaba dos semanas vacía por reformas.
—Puerta sin forzar —murmuró Marcus al examinar la cerradura.
—Llave o copia.
—O alguien con modales.
Marcus siempre hacía chistes cuando estaba nervioso. Era una de las razones por las que llevaba seis años trabajando conmigo y todavía no lo había despedido.
Entramos.
El lugar olía a yeso, café viejo y pintura fresca. No había cámaras. No había ordenadores. Solo mesas cubiertas con plástico y una línea perfecta de visión hacia el despacho de Valeria.
En el suelo, junto al ventanal, encontré la marca circular de un trípode sobre el polvo.
—Profesional —dijo Marcus.
—O cuidadoso.
—Tú siempre haces que las palabras bonitas suenen mal.
Me agaché.
Una pequeña tapa negra había quedado atrapada entre el rodapié y el cristal. Protección de tarjeta de memoria.
Marcus la vio.
—Eso ya me gusta menos.
Revisamos el resto de la habitación. Nada.
En el pasillo había un contenedor de obra. Marcus hundió ambas manos enguantadas entre papeles, envases y restos de plástico mientras yo comprobaba la escalera de emergencia.
—Si alguien pregunta —dijo—, mi contrato no incluye buscar tesoros en basura de oficina.
—Te subiré el sueldo.
—Eso dijiste en Lisboa.
—Y lo hice.
—Tres por ciento.
—No seas codicioso.
—Encontré algo.
Sacó una tarjeta microSD metida dentro de un sobre de papel doblado.
Veinte minutos después la teníamos conectada a un ordenador aislado en nuestra unidad móvil.
Aparecieron ciento diecisiete fotografías.
Todas de Valeria.
Entrando a la torre. Saliendo de la mansión. En una cafetería con Sandra. En un acto benéfico. Con Ethan. Sola. Con su padre.
Las fechas cubrían cuatro meses.
Se me endureció el estómago.
—Esto no empezó anoche —dijo Marcus.
—No.
Pasé imagen tras imagen.
No había fotografías íntimas. Eso casi lo hacía peor. Era una vigilancia metódica, paciente, interesada en sus desplazamientos y rutinas.
Hasta que llegué a la carpeta final.
Solo contenía una imagen.
La fecha era de tres años atrás.
Valeria y yo estábamos sentados sobre el capó de mi viejo coche frente al río. Ella llevaba unos vaqueros que probablemente costaban más que el coche entero y una camiseta blanca robada de mi armario. Yo tenía un vaso de café en una mano. La otra estaba alrededor de su cintura.
Valeria se reía.
No sonreía para una cámara.
Se reía con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, completamente ajena a que alguien pudiera verla.
Yo la miraba a ella.
Tuve que apartar la vista del monitor.
—No sabía que existía esa foto —dijo Marcus con cuidado.
—Yo tampoco.
—¿Quién sabía lo de ustedes?
—Casi nadie.
—Eso reduce bastante la lista.
No respondí.
La mañana de aquella fotografía había sido absurda y perfecta. Valeria había aparecido en mi apartamento a las seis y media porque no podía dormir. Habíamos conducido sin rumbo, comprado café en un puesto que servía el peor espresso de la ciudad y terminado junto al río discutiendo sobre si era posible ser feliz sin decepcionar a alguien.
La había conocido seis meses antes, en una inspección de proveedores donde apareció con un casco blanco demasiado grande y zapatos que no sobrevivieron al barro. Yo pensé que era una consultora enviada desde la sede. Ella dejó que lo creyera durante cuarenta minutos, quizá porque le divertía que alguien le explicara la planta sin tratarla como a una heredera. Cuando descubrí su apellido discutimos. Luego discutimos otra vez en el estacionamiento. Dos días después me llamó para preguntarme si siempre era tan antipático.
—Solo con la gente que miente —le dije.
—No mentí. Omití información corporativa sensible.
Había sido nuestra primera broma privada.
Después llegaron los cafés, las caminatas, una cena en la que quemé la pasta y la primera vez que Valeria se quedó dormida en mi sofá con un informe financiero sobre el pecho. Ninguno de esos recuerdos tenía glamour suficiente para una revista. Precisamente por eso eran los que más dolían.
Ella había dicho que sí.
Yo había dicho que dependía de a quién estabas dispuesto a decepcionar.
Dos semanas después murió mi padre.
Y Valeria eligió.
—Ian.
Volví al presente.
Marcus señaló la pantalla.
—Hay metadatos.
—¿Ubicación?
—No. Pero la fotografía antigua fue escaneada hace apenas cinco meses. No es el archivo original.
Eso cambió todo.
Alguien no llevaba tres años siguiéndonos.
Alguien había ido a buscar el pasado después.
—Quiero saber de dónde salió.
—Necesitaré tiempo.
—No tenemos mucho.
—Tampoco tenemos magia.
Guardé una copia cifrada y desmonté la tarjeta.
—¿Se lo dirás a Valeria?
—Lo de las fotos actuales, sí.
—¿Y esa?
Miré otra vez la imagen del río.
La muchacha de la fotografía parecía tan segura de mí que sentí vergüenza.
—Todavía no.
Marcus soltó aire por la nariz.
—Eso tiene nombre.
—Prudencia.
—Secretos.
—Necesito saber quién tuvo acceso a una fotografía que ninguno de nosotros sabía que existía.
—Y no quieres que ella vea cómo la mirabas.
Lo observé.
Marcus levantó ambas manos.
—Prudencia. Entendido.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Valeria.
“¿Encontraste al fotógrafo?”
Escribí: “No. Encontré su tarjeta.”
La respuesta llegó de inmediato.
“Sube.”
Miré hacia la torre Lombardi.
—Me convoca la reina.
—La reina tiene nombre.
—Lo sé demasiado bien.
Cuando regresé, Valeria estaba sola en su despacho. Había dejado la chaqueta sobre una silla y llevaba las mangas de la blusa remangadas hasta los codos. Sobre la mesa había tres informes abiertos y una taza de café que ya debía de estar fría.
Aquella era la Valeria que casi nadie veía.
No la de las revistas.
La que trabajaba hasta olvidar comer. La que mordía la parte interior de su mejilla cuando los números no cerraban. La que se recogía el cabello con cualquier bolígrafo que tuviera a mano.
—¿Qué encontraste?
Le tendí una carpeta impresa con seis fotografías recientes.
Su rostro perdió color.
—¿Desde cuándo?
—Cuatro meses, al menos.
—Antes de que tú regresaras.
—Sí.
Sus ojos buscaron los míos.
Entendí lo que pensaba.
—No soy yo.
—No he dicho que lo seas.
—Lo pensaste.
—Durante medio segundo.
—Me ofende que necesitaras tanto tiempo.
La esquina de su boca se movió.
Duró poco.
—¿Quién las tomó?
—No lo sabemos.
—¿Ethan?
—No tenemos pruebas.
Agradecí que la pregunta hubiera salido de ella.
—Mi padre me advirtió sobre ti.
—Eso sí me sorprende exactamente cero.
—Dice que regresaste en el peor momento posible.
—Para él, probablemente.
—Ian.
Su voz tenía advertencia, pero no hostilidad.
Me apoyé contra el borde del escritorio.
—¿Te dio el informe?
—No.
—¿Reconoció la fecha?
Valeria dudó.
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que fue una auditoría de seguridad industrial.
Sentí una punzada de rabia antigua.
—Claro.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decidir que todo lo que dice mi padre es mentira antes de escucharlo.
—Yo estaba allí después del incendio.
—Yo también.
—No. Tú estabas detrás de una ventana polarizada.
En cuanto lo dije quise retirarlo.
Valeria se quedó quieta.
—Lo sé.
Dos palabras.
Ninguna defensa.
Eso me desarmó más que una discusión.
—Valeria...
—No bajé del coche —continuó—. Te vi detrás de la valla y no bajé. Mi padre me dijo que la prensa estaba esperando, que cualquier gesto podía interpretarse como admisión de responsabilidad y... le hice caso.
Apartó la vista.
—Me he odiado por eso durante tres años.
La rabia que había traído conmigo desde San Jerónimo no desapareció.
Pero ya no encontró dónde caer.
—Yo también estaba lleno de odio ese día.
—Tenías derecho.
—No a todo lo que te dije después.
Sus ojos volvieron a mí.
Ese era terreno peligroso.
Di un paso atrás.
—Voy a cambiar tus rutinas durante unos días.
Valeria soltó una risa pequeña.
—Ah. Volvemos al Ian profesional. Qué alivio.
—Es más sencillo.
—Cobarde.
La palabra no llevaba malicia.
Sonreí sin querer.
—Tu coche queda fuera de servicio hasta que lo revise mi equipo. Yo te llevaré.
—Tengo conductor.
—Ahora tienes dos.
—No pienso sentarme atrás mientras conduces como si me trasladaras entre embajadas.
—Puedes sentarte delante.
—Qué generoso.
Recogió la chaqueta.
—Tengo junta en veinte minutos.
—Lo sé.
—Por supuesto que lo sabes.
Caminó hacia la puerta y luego se volvió.
—Ian.
—¿Sí?
—Gracias por no mentirme sobre las fotografías.
Sentí el peso de la imagen que seguía guardada en mi bolsillo digital.
—De nada.
Fue la primera mentira que le dije desde que acordamos trabajar juntos.
Y me gustó todavía menos que las anteriores.
