Capítulo 6 El margen de error

VALERIA

La junta directiva estaba diseñada para que nadie olvidara quién tenía poder.

Yo había aprendido a entrar allí a los veintiséis años, cuando era la única mujer menor de cuarenta sentada a la mesa y tres consejeros me preguntaron si venía a tomar notas. Desde entonces convertí cada reunión en un ejercicio de paciencia. No levantar la voz. No pedir permiso para terminar una frase. No sonreír cuando alguien repetía cinco minutos después una idea que yo acababa de proponer.

Ese día, sin embargo, no solo estaba defendiendo una cláusula. Estaba comprobando si todavía podía confiar en mi propio criterio después de descubrir que alguien me vigilaba desde dentro de mi casa. Y saber que Ian estaba junto a la puerta, observando sin intentar salvarme, me daba una calma que me negaba a analizar demasiado.

Doce sillones de cuero, una mesa de nogal de casi ocho metros y un ventanal desde el que la ciudad parecía una maqueta privada. Mi padre ocupaba la cabecera. Ethan se sentaba a su derecha.

Yo a la izquierda.

Ian no tenía asiento.

Permanecía junto a la puerta con un traje oscuro, una tableta en una mano y esa capacidad insoportable de parecer presente sin intervenir. Dos consejeros lo habían confundido con un asistente hasta que Arturo lo presentó como nuevo director de Seguridad Global.

El error no volvió a repetirse.

—El punto tres —dijo Ethan— es esencial si queremos liberar la primera línea de crédito antes de fin de mes.

La propuesta de integración tecnológica apareció en las pantallas.

La misma carpeta que había dejado en mi despacho.

—Mi posición no ha cambiado —dije.

Ethan entrelazó las manos.

—Y yo he incorporado las salvaguardas que pediste.

—Pedí una auditoría independiente.

—La realizará nuestro equipo conjunto.

—Eso no es independiente.

Uno de los consejeros carraspeó.

—Valeria, quizá estamos siendo excesivamente prudentes. La liquidez...

—La liquidez no sirve de nada si entregamos acceso a datos estratégicos sin saber quién puede consultarlos.

Ethan giró hacia mí con paciencia impecable.

—Nadie está hablando de entregar el control.

—La cláusula siete autoriza acceso espejo a servidores contables, patentes en garantía y proyecciones de tesorería.

—Durante la transición.

—Sin fecha de cierre.

Silencio.

Ethan pasó una página.

—Puede añadirse una.

—También la cláusula once permite a Grupo De la Vega designar un supervisor de riesgo con poder de veto sobre operaciones superiores a cinco millones.

El consejero a mi lado dejó de mirar el documento y empezó a mirar a Ethan.

—Eso es habitual en rescates corporativos —respondió él.

—En rescates. No en alianzas entre iguales.

Mi padre se movió en su sillón.

—Valeria...

Lo miré.

Por un segundo vi al hombre del frasco de medicamentos, no al presidente.

Eso casi me hizo ceder.

Casi.

—Si necesitamos que los De la Vega nos rescaten, digámoslo con ese nombre y negociemos como una compañía en dificultades. Si estamos construyendo una alianza, no firmaré condiciones que nos conviertan en una filial antes de la boda.

Nadie habló.

Ethan me observó con una expresión que solo yo podía interpretar.

No era furia.

Era cálculo.

—Propongo entonces —dijo por fin— aplazar la votación cuarenta y ocho horas. Valeria nombrará al auditor externo y yo aceptaré sus conclusiones siempre que el proceso no retrase el calendario financiero.

Había cedido demasiado rápido.

Eso me preocupó más que si hubiera discutido.

—De acuerdo —respondí.

Mi padre sometió la moción a votación.

Aprobada.

Cuando terminó la reunión, los consejeros salieron en grupos pequeños. Ethan se acercó mientras yo guardaba mis papeles.

—Estuviste brillante.

—No necesitas halagarme porque perdieras una votación.

—No la perdí. Conseguí exactamente lo que quería: que la junta confíe en tu criterio.

Levanté la mirada.

—¿Y por qué querrías eso?

Ethan me acomodó suavemente el cuello de la chaqueta.

—Porque dentro de un mes serás mi esposa y quiero que nadie pueda decir que llegaste a la presidencia por mí.

La frase era bonita.

Debería haberme conmovido.

Sin embargo pensé en un transmisor negro escondido entre raíces de orquídeas.

—¿Tú enviaste personalmente las flores de esta mañana?

Su mano se detuvo.

—Las pidió mi asistente. ¿No te gustaron?

—Eran preciosas.

—Entonces mandaré más.

Sonrió, me besó la frente y se marchó.

Yo permanecí inmóvil hasta que Ian apareció a mi lado.

—No pongas esa cara —dije.

—¿Qué cara?

—La de “te lo dije”.

—Todavía no he dicho nada.

—Tus cejas hablan.

—Mis cejas son discretas.

Guardé el último informe.

—Necesito un auditor externo antes de mañana.

—Conozco tres.

—Yo conozco doce.

—Entonces ¿por qué me lo cuentas?

—Porque si elijo a uno de los míos, Ethan dirá que está condicionado por Lombardi. Si elijo a uno de los suyos, no dormiré.

Ian asintió.

—Te enviaré dos nombres sin relación conmigo ni con tu familia.

—Gracias.

Salimos hacia el ascensor privado.

—Por cierto —añadió—, estuviste brillante.

Lo miré.

—Ethan acaba de decirme exactamente lo mismo.

Ian pulsó el botón.

—Retiro el cumplido.

Me reí.

Fue un sonido espontáneo, breve.

Los dos nos quedamos quietos.

No porque fuera extraño reír.

Porque él reconoció la risa.

Yo reconocí la forma en que me miró al escucharla.

Las puertas se cerraron.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Mientes fatal cuando estás nostálgico.

Sus labios se curvaron.

—Eso no existe.

—Acabo de inventarlo.

El ascensor descendió tres pisos y se detuvo de golpe.

Las luces parpadearon.

Durante un segundo el espacio quedó completamente oscuro.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

El aire desapareció.

No por el ascensor.

Por el olor imaginario a humo.

Por una llamada de tres años atrás.

Por la voz de Ian diciéndome que su padre estaba dentro de San Jerónimo y nadie sabía cuántas personas habían salido.

La luz de emergencia se encendió.

—Ian.

Estoy segura de que apenas dije su nombre.

Él ya estaba frente a mí.

—Mírame.

Negué con la cabeza.

—Valeria, mírame.

Lo hice.

No me tocó.

Eso importó.

—La cabina está detenida entre dos pisos. Tenemos luz de emergencia y comunicación. No hay humo. No hay fuego.

Asentí, demasiado rápido.

—Respira conmigo.

—No estoy...

—Ya sé que no estás asustada.

La mentira amable me hizo concentrarme.

Inspiró lentamente.

Lo imité.

Otra vez.

El temblor de mis manos disminuyó.

—Nunca te gustaron los ascensores después de aquello —dijo.

—No me gustan los lugares donde no puedo abrir una puerta.

—Lo recuerdo.

Apreté los labios.

—Recuerdas demasiadas cosas.

—Ese es mi problema.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

El intercomunicador se activó.

—Señorita Lombardi, señor Soler, disculpen. Hubo una caída de energía en el sistema. Restablecemos en menos de dos minutos.

Ian respondió con calma y pidió el registro técnico.

Yo lo observé.

—¿Crees que esto fue intencional?

—Creo que no me gustan las coincidencias.

—A mí tampoco.

La cabina volvió a moverse.

Cuando las puertas se abrieron en el estacionamiento ejecutivo, Ian salió primero.

Se agachó junto a mi coche.

—¿Qué haces?

No contestó.

Pasó los dedos bajo el guardabarros trasero y retiró un pequeño objeto plateado.

Un rastreador.

Mi estómago se hundió.

—No subes a este coche.

—Eso no era una pregunta, ¿verdad?

—No.

—Nuestra alianza se está llenando de excepciones.

Ian guardó el dispositivo en una bolsa.

—Puedes discutir conmigo desde mi vehículo.

—Tengo una cena con Ethan a las ocho.

—La tendrás.

—Necesito pasar por casa.

—Pasaremos.

—Y no pienso viajar en el asiento trasero.

Ian me miró con una paciencia teatral.

—Lo superaré.

Su camioneta estaba estacionada dos filas más allá. No era el monstruo blindado de mis recuerdos recientes de él, sino un vehículo oscuro, sobrio.

Abrí la puerta del copiloto.

—¿Satisfecho?

—Muchísimo.

Me senté.

Ian rodeó el capó y ocupó el asiento del conductor.

Cuando encendió el motor, la pantalla del vehículo mostró una dirección que no era la de mi casa.

—Esa no es mi ruta.

—Lo sé.

—¿A dónde vamos?

—A esperar mientras revisan tu coche y tu residencia.

—Tengo poco tiempo.

—También lo sé.

Miré el nombre del destino en el navegador.

Se me detuvo el corazón por una razón completamente distinta.

Café Aurora.

El pequeño local junto al río donde tres años atrás nadie sabía que yo era una Lombardi.

—Ian.

Él mantuvo los ojos en la salida del estacionamiento.

—Es el único sitio cercano donde puedo vigilar dos accesos y donde el dueño no hace preguntas.

—Claro.

—Es seguridad.

—Por supuesto.

—No pongas esa cara.

Sonreí hacia la ventana.

—¿Qué cara?

—La de “te descubrí”.

Esta vez fue él quien me hizo reír.

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