Capítulo 7 La ruta equivocada
IAN
Había pasado tres años evitando el Café Aurora.
No por el café, que seguía siendo malo.
Por la mesa del fondo.
Valeria la vio en cuanto entramos.
No dijo nada. Yo tampoco.
El local apenas había cambiado. Las paredes de ladrillo seguían cubiertas de fotografías de la ciudad, el ventilador del techo seguía haciendo un ruido preocupante y Mateo, el dueño, seguía detrás de la barra con el mismo delantal gris.
Levantó los ojos.
Primero me reconoció a mí.
Después a Valeria.
Su expresión atravesó sorpresa, comprensión y una prudencia admirable en menos de dos segundos.
—Soler.
—Mateo.
—Mucho tiempo.
—Sí.
Valeria se quitó las gafas de sol.
—Hola, Mateo.
El hombre sonrió.
—Señorita “me llamo Vale y trabajo en contabilidad”.
Ella se tapó el rostro con una mano.
—Por favor, dime que no recuerdas eso.
—Recuerdo que corregiste mis cuentas del mes en una servilleta.
—Tenías los impuestos mal calculados.
—Me ahorraste una multa.
—Entonces merecía café gratis.
—Y te lo di.
Yo había olvidado lo fácil que le resultaba hablar allí.
En la torre Lombardi, Valeria medía cada palabra. En Aurora, el cuerpo se le relajó antes que la mente. Se quitó la chaqueta, dejó el bolso sobre la mesa y se sentó en el mismo rincón que usábamos antes.
—¿Lo de siempre? —preguntó Mateo.
Valeria abrió la boca.
—Americano, una cucharadita de azúcar, sin canela —dije.
Ella me miró.
Mateo también.
—Para él, doble espresso —continué—. Y algo de comer.
—No tengo hambre —dijo Valeria.
—No has almorzado.
—¿También vigilas mis comidas?
—Sandra habla demasiado.
Mateo se alejó sonriendo.
Valeria apoyó los brazos sobre la mesa.
—Sin canela.
—¿Qué?
—Te acordabas.
Me encogí de hombros.
—No es información clasificada.
—Hace tres años que no vienes conmigo aquí.
—Tengo memoria.
—Selectiva.
—Muy selectiva.
Aquello podía dirigirse a demasiados lugares.
Saqué el teléfono para revisar el informe del equipo que inspeccionaba su coche.
—El rastreador fue colocado en las últimas cuarenta y ocho horas.
El rostro de Valeria cambió.
—¿En la mansión o en la torre?
—Aún no sabemos.
—¿Y el ascensor?
—Falla técnica real, según los primeros registros.
—Entonces una coincidencia.
—Me cuesta decirlo, pero sí.
—Milagro.
Mateo dejó los cafés y dos tostadas sobre la mesa.
Valeria miró la suya.
—No pedí comida.
—Yo sí.
—Sigues intentando mandar.
—Y tú sigues intentando vivir de cafeína.
—Funcionó durante años.
—Discutible.
Tomó un trozo de tostada solo para demostrar que lo hacía por voluntad propia.
Me hizo gracia.
No debería haberme hecho gracia.
Durante mucho tiempo había sido más sencillo conservarla dentro de una categoría: Lombardi. Rica. Heredera. Parte de un sistema que había aplastado a mi familia.
El problema era que Valeria siempre había sido pésima permaneciendo dentro de categorías.
—¿Por qué aceptaste este trabajo? —preguntó.
La pregunta llegó sin aviso.
—Porque tu empresa necesitaba una auditoría seria.
—No te pregunté por qué aceptaste la auditoría. Te pregunté por qué aceptaste quedarte.
Bebí café.
Seguía siendo malo.
—Arturo me ofreció el puesto.
—Y tú odias a mi padre.
—No sé si lo odio.
—Eso es nuevo.
—Sé que no confío en él.
—Tampoco confías en mí.
—Eso está cambiando.
Valeria dejó la taza en el plato.
—¿Para bien?
La miré.
No tenía maquillaje de gala ni ejecutivos observando. Solo el cabello algo desordenado por el día y una pequeña mancha de café en el pulgar.
—Eso también es información clasificada.
Rodó los ojos.
—Insoportable.
—Arrogante.
—Paranoico.
—Mandona.
—Eso no es un defecto.
—Depende de a quién preguntes.
Se quedó sonriendo un segundo más de lo necesario.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Eso fue lo peligroso.
Tres años atrás habíamos llenado horas enteras con silencios así. Ella trabajando con hojas de cálculo en mi apartamento mientras yo preparaba informes. Yo reparando una motocicleta en el patio mientras ella leía en una silla plegable. Ninguno necesitaba entretener al otro.
Nuestra primera cita oficial había ocurrido en ese mismo café. Oficial según Valeria, porque yo insistía en que dos personas que ya se habían besado en un estacionamiento no necesitaban poner nombre a una taza de café. Ella llegó quince minutos tarde, pidió un americano y pasó la primera media hora preguntándome por mi trabajo. No por cuánto ganaba, ni por a quién conocía. Quería saber por qué había elegido seguridad industrial después de estudiar ingeniería mecánica.
Le conté que mi padre llevaba toda la vida arreglando máquinas ajenas y que yo me había cansado de ver empresas invertir millones en reparar daños que podían evitarse con miles. Ella escuchó sin mirar el teléfono una sola vez.
Después me confesó que odiaba los almuerzos de negocios y que a veces se sentaba en el coche durante diez minutos antes de entrar a la mansión solo para disfrutar de un lugar donde nadie le pedía nada.
Aquella noche comprendí que el dinero podía comprar privacidad, pero no necesariamente libertad. Tal vez por eso me enamoré de ella antes de admitir que estaba enamorándome.
Años después seguía recordando otro detalle: cuando llegó la cuenta, Valeria quiso pagar la mitad. Yo me burlé de ella por discutir cuarenta minutos sobre independencia para terminar peleando por tres cafés y una tostada. Ella respondió que no se trataba del dinero, sino de no acostumbrarse a que otro decidiera incluso los gestos pequeños. Debí entender entonces que amar a Valeria significaba no confundir nunca cuidar con elegir por ella. Había tardado tres años en aprenderlo de verdad.
Esa intimidad era lo que más había echado de menos.
No los besos.
No su cuerpo.
La tranquilidad.
Valeria apartó la mirada hacia el río.
—Mi padre está enfermo.
Me enderecé.
—¿Qué tiene?
—Insuficiencia cardíaca. Dice que está controlada.
—¿Desde cuándo?
—Seis meses. Lo descubrí hoy.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas.
—No te he pedido permiso.
Sonrió con tristeza.
—Por eso necesita tanto la inversión de Ethan. Tiene miedo de que la empresa quede vulnerable si él...
No terminó la frase.
—Si él falta —dije.
Asintió.
—Y tú vas a casarte para evitarlo.
Su espalda se tensó.
—No es tan simple.
—Nunca lo es contigo.
—Ethan no me está obligando a casarme.
—No he dicho eso.
—Lo piensas.
—Pienso que no pareces feliz.
Valeria jugueteó con la cucharilla.
—La felicidad es un lujo bastante caro cuando nueve mil familias dependen de tus decisiones.
—Eso suena a Arturo.
—Tal vez aprendí algo de él.
—También aprendiste a llevar toda la carga sola.
—¿Y tú qué aprendiste de tu padre?
La pregunta me atravesó.
Miré el café.
—A no prometer algo que no puedo cumplir.
—¿Qué le prometiste?
No respondí de inmediato.
—Que demostraría qué pasó en San Jerónimo.
Valeria tragó saliva.
—¿Y si descubres que mi padre no tuvo la culpa?
—Lo aceptaré.
—¿Y si descubres que sí?
Miré sus ojos.
—También.
Ella asintió despacio.
—Eso es lo que temo.
Mi teléfono vibró.
Marcus.
“El coche está limpio salvo el rastreador. Residencia revisada. Encontramos una cámara fuera del muro norte. No pertenece al sistema Lombardi.”
Le mostré el mensaje.
Valeria dejó de sonreír.
—¿Puedo ir a casa?
—Sí, pero desde hoy cambiaremos protocolo.
—¿Puedo elegir al menos la música del coche?
—Mientras no sea jazz.
—Te gustaba el jazz.
—Me gustabas tú. Hice sacrificios.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Valeria quedó inmóvil.
Yo también.
Mateo apareció desde la barra con una bolsa de papel.
—Les preparé unas empanadas para el camino.
Bendito Mateo.
Me puse de pie demasiado rápido.
—Gracias.
Valeria se levantó con más calma.
Cuando pasamos junto a mí, sus dedos rozaron apenas mi muñeca.
No fue accidente.
—A mí tampoco me gustaba tanto el jazz —murmuró.
Salió del café antes de que pudiera responder.
Me quedé mirándola a través del cristal.
Marcus me llamó en ese preciso momento.
—Dime.
—Tengo una mala noticia y una rara.
—Empieza por la mala.
—La cámara del muro norte transmitía a una cuenta privada imposible de rastrear todavía.
—¿Y la rara?
—El dispositivo fue instalado desde dentro de la propiedad.
Miré a Valeria esperando junto al coche.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Corté la llamada.
Alguien dentro del círculo de los Lombardi estaba vigilándola.
Y cada vez me gustaba menos la lista de personas que podían hacerlo.
